El suicida

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Puedo detectar a un suicida a distancia; en una multitud o en una habitación, lo reconozco con solo verlo un instante. Cuando vi al niño que asomaba la cabeza por la puerta hacia el pasillo común y me preguntó “¿Vos cómo te llamás?”, me descolocó. Sentí su mirada clavada en mis ojos a pesar del contraluz. La mirada de los niños nunca es tan intencional, y eso me extrañó. Le dije mi nombre y él lo repitió con un tono de pregunta, como si no fuera un nombre que le sonara familiar. Cerré la puerta y caminé por el corredor estrecho hacia la entrada del edificio; cuando pasé a su lado me cuidé de no rozarlo, y no le toqué la cabeza en gesto de simpatía, como hubiera hecho con cualquier otro chico. Desde el umbral dije “Chau” al aire y salí; él no se movió, por el rabillo del ojo pude ver que quedaba parado en el medio del corredor.

Cuando me mudé, la madre, una mujer joven, se mostró muy amable. Su ph era el único que no tenía terraza, me dijo, pero no me sonó a queja sino como una descripción, parecían estar contentos. Este chico era un bebé que empezaba a caminar y no lloraba, se lo oía comunicativo, emitía ruidos, gorjeos como los de los pájaros, algún gritito de excitación o euforia, los pasos previsibles del crecimiento. ¿Se puede decir que los niños son alegres? Este en particular no parecía alegre sino más bien alerta o a la defensiva, con necesidad de expresarse. Al menos hasta que nació la hermana, “para armar la parejita”, como me dijo la mamá cuando vi su panza enorme poco después de que el mayor dejara de ser un bebé.

Desde que llegó a la casa la beba lloraba con desesperación varias veces por día. Al principio pensé que sufría de un malestar físico porque nunca había oído llorar tanto a un bebito. Cuando me cruzaba con la madre y la beba en brazos, creía que vería alguna señal de ese desgarro, sin embargo no, una cara hermosa y pálida, de sonrisa dulce aparecía como si se abriera un capullo; ningún rastro de un ser arrebatado por el dolor, la irritación o la angustia.

 

Intentaba sosegarme pensando que ya iba a pasar, es algo pasajero, me repetía, seguramente tendrá gases o parásitos; pero con los meses el llanto no cedía, se desgañitaba con la fuerza y la desesperación de un chancho que enfrenta el degüello en el matadero. Y no exagero. Como me resultaba imposible distraerme, subía la música lo más alta posible pero no tanto como para ensordecerme. ¿Ahora intento justificar al suicida con el nacimiento demasiado temprano de su hermanita? ¿Fue eso lo que terminó de definir su temperamento alterado? De a poco su voz se hizo oír con más firmeza. El volumen aumentaba día a día; las frases altisonantes y contundentes se disparaban como truenos, dejaban una estela de temblor en el aire. El volumen del nene iba subiendo y el de la madre también. El nene mantenía el tono agudo propio de la edad pero con el tiempo la voz de la madre se transformó en un vozarrón.

En cuanto el chico se empacaba ella hacía sonar su modo estentóreo para imponer su autoridad. Buscaba orden y silencio y una armonía que no se conciliaba. Sin embargo él no se arredraba. En lugar de empequeñecerse, se agrandaba: empezaba a gritar desaforado mientras corría por la casa como un poseso. Lo imaginaba rebotando contra las paredes de un patio techado, sin ventanas al exterior, el ambiente que daba al pasillo común. Un chico que no podía escuchar ni detenerse ante nada, un desesperado. No había término medio, del silencio se pasaba al grito enloquecido y al bramido.

No se puede saber cómo son los vecinos hasta que es tarde para reconsiderar una decisión: se descubre cómo será esa convivencia cuando una está instalada en la nueva casa. Cada vez que he ido a ver un departamento o una casa para alquilar todo está en silencio, apenas se oyen algunas voces a la distancia, como si hubieran acordado mostrar una cordialidad sin esfuerzo. Los del ph del fondo no se hacían oír, caminaban con discreción por el pasillo común y si una quería podía no registrarlos; eran otra familia tipo, un matrimonio peruano con dos hijos preadolescentes, amables. Ellos no se enteraban de los tiroteos diarios de mis vecinos, mis paredes amortiguaban los sonidos.

Varias veces, al borde del desquicio, estuve a punto de advertirles, decirles sin vueltas ni eufemismos lo insoportable que era vivir a su lado, pero enseguida me pareció peor pasar a ser el blanco de esa mujer si redirigía su intemperancia hacia mí. No me los cruzaba, creo que evitaba cruzarlos. Los oía. Cada día a la mañana, a la tarde, al anochecer y antes de dormir, se repetía el episodio de confrontación: la madre se empeñaba en el vozarrón que hacía temblar las paredes como el soplido del lobo que derriba la casa de los tres chanchitos en el cuento famoso. Pero el enojo de la madre no conseguía callar al hijo. ¿Qué decía esta desobediencia? En mi adolescencia anotaba en una libreta frases ingeniosas o mordaces y después las reproducía en letra diversa con marcadores de colores flúo y las pegaba en la puerta del armario de mi cuarto. Una que recordaba bien, “Gritar solo demuestra la potencia de la voz”, se actualizaba ahora: mientras la madre engrosaba y cargaba el tono él se especializaba en ignorarla. Por un momento me dio miedo la falta de miedo de ese niño. El combate no se presentaba para nada desigual. ¿Qué pensaría él? ¿O solo se registra en los niños los gestos, las gracias, que agradan a los mayores? Este era un pequeño Mussolini, un tirano que alzaba la voz desde la primera hora de la mañana y marcaba el paso. Actuaba sin mediaciones. ¿Cómo se forja el carácter autoritario? ¿Y la madre? Nunca la oía salir con ellos, permanecían en la casa día y noche, encerrados, como si algo los retuviera ahí, o los frenara de tomar el aire, pasear, jugar con otros de su edad. ¿Seguía empollando su familia tipo? Esta desobediencia apartaba al hijo de su compuesta previsión. El padre sí debía salir porque no se lo oía durante el día, a la noche intentaba apaciguar la virulencia con un medio tono bajo, nunca llegué a escuchar qué decía.

Me refugiaba en el dormitorio (el ambiente más alejado de la medianera que compartíamos) y permanecía ahí horas desde antes de la cena hasta pasada la medianoche; los oía lejos pero no dejaba de oírlos, me impresionaba su persistencia más allá de los horarios habilitados en general a los infantes. Entonces me ponía a cantar, tarareaba estribillos pegadizos para distraerme, me esforzaba en sacarme de la idea fija de hacerlo callar. Ese pensamiento se hizo cada día más fuerte y empecé a desear que se callara para siempre.

Pensé en la expresión “escalada de violencia”.

Una tarde al volver a casa los reconocí a media cuadra: el padre abría la puerta del edificio y se apartaba para que la madre entrara con la beba en brazos; el chico llegaba más rezagado, sin apuro. Lo vi más alto. Entonces noté que tenía un yeso en el brazo, un yeso inmaculado. Me ilusioné: tal vez representaría una advertencia, o al menos lo obligaría a frenar. El padre lo llamó para que acelerara el paso, parecía un poco cansado o vencido.

Caminé más lento para no encontrármelos en el pasillo.

Esa noche estalló el bombardeo. Algo pesado cayó en el centro de la casa y se rompió; la madre aulló y por un segundo imaginé que alguien había muerto porque el silencio que siguió duró unos minutos. Y enseguida los gritos de siempre, reproches, zarandeos, y el chico que corría mientras reproducía con toda la fuerza de sus pulmones el sonido de un motor de auto de carrera en su máxima performance en pista. Más gritos de la madre y, de pronto, nada. Sentí que había pasado un huracán. Me levanté de la silla y fui directo a tocarles la puerta. Se asomó el padre con una media sonrisa tímida y la beba en brazos. Ella alzó hacia mí la cara pálida e iluminada; vi que desde el fondo la madre me miraba de refilón mientras se escurría de la cocina al dormitorio sin saludar. Vi que el chico se sentaba en unos escalones bajos al lado de la puerta y me observaba expectante. Miré hacia abajo para hablarle y me frenó el espanto. No tenía ojos. Las cuencas como dos huecos negros sin globo ocular ni párpados. Digo negros pero tal vez no tenían color, eran un vacío oscuro, seco, que se hundía, se perdía, no había nada ahí. Algo que nunca había visto antes. ¿Entonces era ciego? Me he cruzado con niños ciegos que entrecierran los ojos o los cierran y lo que uno ve en esas caras atentas o tensas es los párpados cerrados. Este no era así, no tenía ojos. Las cejas eran el marco de esa ausencia. El chico me miraba pero no me veía, la boca semi abierta no rompió el silencio. Solo atiné a decir: “Creí que había pasado algo. Oí un ruido y me asusté”.

Los gritos y las discusiones se atenuaron los días que siguieron. No sé si lo imaginaba pero me pareció que se habían calmado. La cara del niño sin ojos volvía en el día y en la noche con una tristeza inédita.

Cerca de fin de año un amigo me invitó a pasar unos días en su casa de las afueras y acepté enseguida. No comentaba con nadie esta situación con los vecinos, no quería obsesionarme.

Volví decidida a extremar mi paciencia o a cancelar el alquiler y mudarme. Al entrar noté que la ventana de la cocina que daba al pasillo estaba cerrada y las cortinas también. Hubo silencio ese día y el siguiente y el siguiente: seguramente se habían ido de vacaciones. Un sueño hecho realidad. Me repantigué en el sofá, escuché música sin interferencias, leí sin necesitar música de fondo como velo, comí en silencio, dormí sin sobresaltos.

Volvieron a la madrugada del lunes siguiente. No podía durar. Cuando me desperté oí la voz de la madre irrumpir con un agudo en la armonía del amanecer. Volvía a las andadas la voz imperiosa: las vacaciones no habían traído alegría o resuello, no habían mitigado la crispación, se volvía a la carga como si nada. Sin embargo, no oí la voz del niño en todo el día. Lo intempestivo era la beba que lloraba y la madre que quería callarla pero con ese vozarrón no iba a lograrlo. La beba se desgañitaba sin consuelo ni fin, perforaba las paredes sin que el hermano se hiciera eco para montar su número diario. Los días siguientes fueron iguales: el niño no estaba ahí, no había vuelto de vacaciones. ¿Tal vez pasaba una temporada con los abuelos?

A fines de enero fui a pasar una semana a la casa de mi amigo en las afueras. Volví a la tarde cuando el sol había bajado y al poner la llave en la cerradura no logré que girara, saqué la llave y la metí de nuevo con suavidad, cuando vi que cruzaba la calle la mujer del fondo. Me reconoció y nos saludamos. En ese momento se abrió la puerta de mi vecina y vi a través del vidrio que avanzaba con la beba y el cochecito. La peruana abrió y las dos nos apartamos para facilitarle la salida. No nos miró, solo dijo “Buenas tardes” con un modo seco; la beba iba seria. Las vimos alejarse y estuve tentada de hacer algún comentario sobre Mussolini —como había bautizado al hijo— y su madre. Pero ella se adelantó:

—Pobre mujer . —La miré sin entender y ella arremetió—: Ah, ¿usted no estaba? Se había ido de vacaciones, creo.

—¿Cuándo?

—En diciembre, a fin de mes.

—Me fui unos días.

—Ellos se fueron a la playa a pasar las fiestas y el nene se ahogó.

—¿Cómo?

—No sé. Ella no me dijo nada. Fue el abuelo el que me lo contó, el papá de ella, cuando lo encontré acá hace unas semanas. Estaba desesperado. Él sacaba a pasear al nieto de vez en cuando, ¿nunca lo vio? —Mi expresión de perplejidad la alentó—: No tenía consuelo el hombre, y solo dijo eso, que el nene se metió en el mar ¡y se ahogó! Y que ella no quiere hablar del accidente.

—¿El chico estaba solo en el mar? ¿Sabía nadar? —no podía creer lo que oía.

—No sé, no sé. Solo dijo que había mucha gente y no había bañero. Se dice guardavidas, ¿no?

Durante días me resultó difícil conciliar el sueño, la escena escueta relatada por el abuelo reaparecía en mi imaginación con ferocidad; intenté atar cabos con aquel momento en que lo vi por primera vez a contraluz en el pasillo y tiempo después en su casa.

Un niño sin ojos, con agujeros en lugar de ojos, que se mete en el mar y nadie lo ve.

 

Paula Perez Alonso

Paula Perez Alonso
Paula Perez Alonso
(Buenos Aires), estudió periodismo y letras en Buenos Aires y Londres. Participó del volumen colectivo El mundo de la edición de libros (2002) y de la antología de cuentos Terror (2013). Es autora de las novelas No sé si casarme o comprarme un perro (1995, 2016), El agua en el agua (2001), Frágil (2008), El gran plan (2016) y Kaidú (2021). Es editora de ficción y no ficción en Editorial Planeta Argentina.

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