El lado oscuro del cuadrado

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Durante buena parte del paseo, Azul parece el sitio en el que ocurren los poemas de Borges de los años ´20.

 

Los proyectos edilicios de Salamone intervienen violentamente el espacio.

 

Es como si la ciudad fuese escrita por Borges y por Girondo al mismo tiempo.

 

La distancia simbólica que existe entre una y otra estética poética es la medida del extrañamiento que la ciudad le propone al visitante ocasional.

 

La imagen monumental del ángel que protege el cementerio provoca un shock, hay algo aterrador en esa imagen, como si estuviésemos ante el patovica total, uno que ya no te discrimina por negro o estar mal lookeado, sino que directamente deja afuera del boliche a todos los que están vivos.

 

No conocía la obra de Salamone, carezco de presupuestos intelectuales para describirla, y si los tuviese probablemente tampoco sabría qué decir.

 

Todos me dijeron que al no haber diagonales, es imposible perderse en Azul: “es un cuadrado”. Bien, creo que le encontré el lado oscuro al cuadrado, porque me perdí por lo menos dos veces por día.

 

Salamone provoca una subversión espacial, como si el solo hecho de ver las estatuas o el plano laberíntico de la Plaza tuviese un efecto narcótico que altera el eje de quien mira.

 

De esta manera intento responsabilizar a Salamone de mi absoluta falta de orientación en espacios reducidos.

 

Aunque se conocen las circunstancias políticas y sociales en las que Salamone craneó sus obras, las construcciones poseen un carácter inescrutable que hace pensar que detrás de todas las razones conocidas hay un secreto que se mantendrá oculto por el resto de la eternidad.

 

Pienso que todos los habitantes de Azul conocen el secreto pero se trata de esos conocimientos pre-empíricos, ineludibles para quienes los poseen pero imposibles de expresarse ante un recién llegado.

 

El paseo Salamone le otorga un plus de diferencia a la ciudad, aquí podría filmarse una película de David Lynch, esta ciudad también podría haber sido inventada por Roberto Bolaño.

 

Matías Jesús Almeyda es la celebridad deportiva más famosa de Azul y uno de los ídolos de mi infancia. Observando detenidamente la figura del ángel descubrí algo revelador: el ángel y Almeyda son exactamente idénticos. El físico bien trabajado, el mismo corte de pelo, en fin, ese aire de guerrero erótico a la Game Of Thrones que enamora a todas las mujeres. Pero hay una bonhomía en Almeyda que el ángel, tan temible, no representa. Y en ese punto ingresa la tradición cervantina de la ciudad: pocos jugadores más quijotescos que Almeyda.

 

Desde mi nacimiento nunca viví fuera de Mar del Plata. Una de las cuestiones que me inquietan cuando estoy de viaje es caminar y no encontrar el mar por ningún lado. El mar es el desintegrador más eficaz contra la vanidad, nadie que lo mire puede sentirse importante.

 

Luego de transitar la ruta Salamone se me ocurre que cuando los habitantes de Azul caminan por ciudades ajenas, lo que echan de menos no es la llanura, común a una extensa zona de la región pampeana, sino las irrupciones desconcertantes de Salamone. Entienden que sin esa escenografía sus vidas serían completamente diferentes.

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