El gorro de piel

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   Si hay pan en la mesa y somos muchos, que en muchos se parta el pan y dios. Era la frase del padre villero cuando llegaba al merendero y bendecía la comida. Carmen lo escuchaba  con resignación o incredulidad.

   Esa tarde Carmen entró al negocio de lotería

─ ¿Nación o Provincia?

─ En las dos.

─ También está Mendoza.

─ En las tres.

─ ¡A la mierda que estás dulce, Carmen!

─ Mire Don es hoy o nunca.

   Al día siguiente Carmen tuvo en sus arruinadas manos una suma desconocida de dinero, abultaba su bolsa, se sentía importante como nunca antes, era poderosa, la cabeza le iba a una velocidad increíble, nunca dejó tan apurada a sus chicos en la escuela.

   Caminó mucho, no tomó colectivo, limpió pisos, baldeó veredas, trapeó baños, se sumergió en lugares fantásticos tantas veces soñados, recorrió las dos casas donde limpiaba sobre una nube de deseos, se vio más allá de lo terrenal, caminaba con ímpetu demoliendo baldosas. Sabía que si se apresuraba la plata se escurriría así de rápido como había llegado, pensaba el modo de gastar mejor el dinero. Pero fue en las horas de la noche donde Carmen encontró la calma; la ayudaron a dilucidar y a escucharse: yo quiero un dios que me perdone… y si rezo que me escuche.

   Ese día después de dejar el merendero y acompañar a sus chicos a la escuela, siguió camino; Avellaneda fue su destino, la calle estaba desbordante de compradores para pequeños negocios o gente como ella que buscaba ofertas. A sus varones les hacía falta camperas, pantalones; para la nena vio tantas cosas lindas que Carmen comenzó a hacer cuentas; mentalmente iba sumando, también tendría que agregar las zapatillas que le había pedido el chiquito y medias para los tres, cuántas cosa necesitaban sus hijos -pensaba la mujer mientras caminaba y miraba vidrieras de ofertas, había mucho. A veces recordaba con su hermana los años en que estuvo mejor, pero le duraba poco porque el futuro la atemorizaba tanto que no podía disfrutar nada.

   La Avenida Avellaneda a la altura de Flores era la calle de las gangas, decía Carmen, pero encontró una hermosa galería que la tentó, entró y fue directo al negocio de cueros. Una colección de gorros de piel decoraba todo un mostrador de punta a punta, los había de todos colores, los imaginó en su figura, palpó su cabeza, las manos se le iban, los ojos tan fijos  que la vendedora le habló: “¡anímese!, tengo de todas las medidas y colores, puede agarrar  cualquiera”. Carmen fue por el negro, lo tocó, comprobó la suavidad de la piel, sintió escalofrío como nunca antes,  leyó la oferta.

─ ¿Quiere probarlo?

─ Sí, por favor, número 60.

─ ¡Pero le va a quedar grande!

─ ¿Y…vio? Mi vecina cuando me teje los gorros me dice ¡qué marote tenés Carmen!

   Causó risa a la empleada que buscó en los estantes el gorro de piel. La mujer lo probó, metió hasta las orejas en él, se miró al espejo con una sonrisa aprobadora, pagó y tiró el paquete al fondo de su bolsa.

   Carmen no siguió mirando ofertas, ni llevaba a cabo un análisis minucioso ya, cuando entró de súbito a una marroquinería. Esto es un muestreo de linduras, hablaba en voz baja hasta que la escuchó un empleado.

─ ¿Le gusta alguna?

─ ¡Todas! 

─ Agarre la que quiera, señora.

─ ¿Sabe? Mi patrona dice que a una mujer no le debe faltar la cartera negra.

─ ¿Le traigo la negra?

─ A mí me gusta la violeta.

─ Se la alcanzo.

   Así terminó Carmen frente al espejo con dos carteras de varios colores en cada brazo.     Llevó la negra, metió la bolsa en la cartera y se puso el gorro de piel. Caminó unas cuantas cuadras, no hacía más cuentas, se iba deslizando por el tobogán sin culpas y decía, yo quiero un Dios que me perdone y no mienta. Pensaba en eso cuando se encontró adentro de un negocio en la esquina de Avellaneda y Nazca, el corazón de Floresta. Era la zapatería más linda que Carmen cruzó; se detuvo en  la vidriera en donde las luces daban vida a los zapatos, le gustaban todos así que entró decidida al local por unos negros que harían juego con lo demás. Mientras la vendedora iba por los pares la mujer se sacó las zapatillas y guardó las medias en la cartera. Comenzó a pedir modelos diferentes, la empleada iba y venía con cajas apiladas. Cada vez más pretenciosa Carmen se miraba los pies de tobillos anchos y empeine gordo, esperaba sentada los pares hasta que unos de punta cuadrada dejaron acomodar sus dedos.

─ ¡Ahora sí! ¿Cómo hacen para meter los pies en esos puntudos?

─ No los guarde que los llevo puestos ¡meto las zapatillas en la caja  y chau!

   Había otros lugares donde gastar, tenía hambre y no esperaría llegar a su casa por la merienda como hacía siempre, así que entró a un café y pidió té con leche y dos medialunas, le dio alegría.

   Esperó el colectivo, se sentó frente a una chica que, después de mirar su gorro, clavó la vista en las manos de Carmen, callosas, trabajosas de trapo y cloro. Esos ojos inquisidores y despiadados la asustaron, yo quiero un dios que me escuche rezaba la mujer, si no está en todos lados que diga estoy acá, seguía rezando. Fue sacándose el gorro de piel, los zapatos, extrajo la bolsa de la cartera y todo, absolutamente todo fue a parar allí.

                                                                                     

Liliana Irigoin

Liliana Irigoin
Liliana Irigoinhttp://Irigoin
nació en Mercedes, Provincia de Buenos Aires el 28 de octubre de 1952. Es Profesora de Letras. Ejerció la docencia en la cuidad de Rio Gallegos, Santa Cruz y en la ciudad de Mar del Plata donde reside desde 1989. Amante de la lectura, concurrió al taller literario El péndulo donde inició su escritura de cuentos y poesías. Ganadora del primer premio “Certamen de Poesía Letras Marina de la ciudad de Mar del Plata” en el año 2019. En el año 2020 publico su primer libro de cuentos El cuaderno de notas y otros cuentos.

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