De profesión: Guardavidas

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Hoy llegué a la playa y la encontré vacía. A pesar del día impecable, la temperatura justa, el oleaje perfecto, estaba vacía. La temporada (si es que tal cosa existe) había terminado.

 

No pude más que pensar qué nos pasa a los locales cuando la temporada estival termina, cuando uno a uno los marcianos que amistosamente nos invaden en enero, febrero y un pedacito de marzo juntan uno a uno sus pertrechos y se van…

 

Ante todo, dejamos de compartir el mar. Y eso en sí es un alivio. Porque inevitablemente nuestra profesión está íntimamente ligada a ese turista bonachón que viene de tierra adentro a olvidar sus cuitas por quince días y de paso se olvida que el mar tiene conciencia propia y no hace caso y va y se mete contra toda recomendación y buen juicio en el peor de los lugares y mientras cree que juega con las olas no ve el pequeño monstruo que lo espera tras la rompiente. Y entonces existe, como razón de ser de la desobediencia misma, el plus salarial por actividad riesgosa: un manguito más, un par de fideos extra para la olla que nos dan a los guardavidas por esa malsana costumbre de arriesgar hasta la vida en el desempeño del día a día. Como si por el simple hecho del mango extra, cada bañista tuviera el derecho inalienable de probar suerte más allá de la rompiente, para ver qué pasa, para después tener una anécdota que contar. Y allá vamos, torpedo en mano, uno, dos, tres compañeros a socorrer al desorejado de turno.

 

Mucho peor si el imprudente llega con su tablita al hombro y esa inconfundible sonrisa de  surfista citadino: cartón lleno. Estos, cornalos por definición, merecen un párrafo aparte: turistas que asumen la práctica del surf como una moda, algo que hacer para seducir a la señorita de turno o para comentar en el trabajo, jóvenes a veces no tan jóvenes que se contonean orgullosos de sus tablas modernas y sus trajes relucientes por el poco uso, y al momento de meterse al agua, nos complican a todos. Imprudentes y poco conocedores del mar se adentran a más no poder para luego correr todos los riesgos posibles: los propios y los ajenos. Y ahí vamos otra vez, torpedo a un lado, a tratar de ayudar a quien en el afán de mandarse la parte, se metió pegado a la escollera y el oleaje amenaza hacerlo picadillo de atún contra las filosas aristas de los mejillones adheridos a las rocas.

 

El otro día tuve un rescate de esos: un gordito cuarentón, una tabla de surf y una ola de dos metros que se empeñaba con reventarnos contra la bendita escollera en T. El pobre se metió sin mirar y la canaleta se lo llevó derecho contra las rocas. Atrás fuimos nosotros, pique corto, una, dos zambullidas pegados a la escollera y a bracear como locos para que la resaca de la ola no nos tirara contra las rocas. No es del todo cierto aquello de que cuando te vas a morir rememoras tu vida entera. Mientras la ola se cerraba y el espumón me mandaba al fondo y contra las piedras, no pude más que pensar en el infeliz de mi hermano que me hacía señas desde la escollera. En una de esas se le ocurría meterse y nos ahogábamos los dos juntos.

 

El tipo salió ileso. La canaleta lo llevó contra las rocas y centímetros antes lo derivó mar afuera sin que sufriera un rasguño. Nosotros, casi no contamos el cuento.

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