Cuatro noches

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El alojamiento que contratamos por una de esas plataformas virtuales era una oportunidad única. Amplio, limpio, bien ubicado, bien equipado y, además, a muy buen precio. No lo podíamos creer. Con mis amigos hacía mucho tiempo que estábamos con todas las alertas encendidas porque el destino que elegimos era muy solicitado en esa época y todo parecía carísimo.

Llegamos los cinco súper entusiasmados. Fue el 27 de enero, no me olvido más. Mariano fue el primero en adjudicarse la victoria, aunque yo tenía bien claro que el descubrimiento era todo mérito de Juan, que tenía la costumbre de tener las páginas abiertas durante las ocho horas de laburo y estaba todo el tiempo buscando. Y, además, era el más viajado, conocía todas las trampas de esas páginas que te meten impuestos y dólares por todos lados y al final uno nunca sabe qué está pagando.

La señora que nos recibió, Amalia, un amor desde el minuto uno. Su propia casa estaba conectada con el departamento por una puerta placa común y corriente. Lo lamenté por ella en cuanto lo entendí.

Nos mostró todas las dependencias, nos enseñó cómo encender las luces de todo el perímetro, nos contó que a las siete y media se encendían los aspersores, así que no teníamos que estar en el pasto a esa hora. 

Abrió la heladera y me guiñó un ojo cuando noté que había unas botellas de cerveza artesanal en los estantes de la puerta. Amalia contó que eran diferentes variedades que hacía su hijo, que ya no vivía con ella y que se dedicaba a eso. No lo podíamos creer.

Yo, al principio, estaba un poco confundido: era raro que una señora sola se animara a meter cinco flacos en su alojamiento, en lo que en algún momento había sido su quincho, se notaba por la distribución de los espacios y los muebles de viejita solitaria. Pero se ve que hacía sus buenos pesos con eso.

Lo que más nos atraía del destino era la noche, los boliches y la fama de joda plena que siempre había tenido. Y del alojamiento, pileta y parrilla a pocos metros del centro y en pleno enero. ¿Qué más podíamos pedir? Amalia lo entendía todo.

La primera noche compramos una carne para tirar a la parrilla. Fue idea de Diego, que además fue a comprar y volvió contento con todo lo que consiguió. El encargado del fuego era Leo, obvio. Tiene terrible mano: le gusta, se da maña, tiene paciencia para esperar los tiempos de cada corte y esa noche también estuvo a la altura. Comimos en la mesa del patio, entre el fernet y la birra artesanal, faltó poco para quebrar: estábamos oxidados después de dos años sin vacaciones ni mucha salida. Así que decidimos quedarnos a dormir.

La clave de esta escapada era que, como estábamos cerca de todo, no había que sacar el auto para salir y cada cual podía hacer lo que quisiera, total todos los bares y boliches estaban bastante cerca como para ir caminando. Así podíamos tomar todo lo que se nos cantara. Pero esa noche los cinco decidimos quedarnos.

Las habitaciones del alojamiento estaban al final de un pasillo que hacía una vuelta extraña – imagino que eludía un dormitorio en la casa de la propia Amalia-, de manera que desde mi cama se veía un pasillo largo que terminaba en una pared y una luz débil que iluminaba la curva.

Yo me fui a dormir a eso de las tres de la mañana. Estaba muy cansado. Había terminado en el estudio al mediodía, después me tocó manejar tres horas. Pero, además, el fernet, la cerveza artesanal y los chinchulines no habían sido una buena combinación. 

No sé cuánto tiempo habrá pasado, pero como a la mitad de la noche me desperté medio asustado y me pareció ver una figura doblando la esquina del pasillo. La luz que había quedado prendida era demasiado tenue y yo estaba decididamente roto. Supuse que los chicos se estaban yendo y me di la vuelta para dormir. En la ventana un extraño reflejo me quiso llamar la atención, pero cuando pude despabilarme y hacer foco no había nada. Me dormí de vuelta y soñé con Slash de los Guns N´ Roses. Me prestaba su galera, o algo así.

Dormimos hasta tarde los cinco. Yo me levanté con una resaca inexplicable. Los chicos me decían que la carne de la noche anterior debía estar en mal estado porque todos estaban más o menos igual. El peor era Mariano, como siempre: ojeroso, pálido y vomitando a cada rato. Diego ni se levantó. Tampoco lo esperábamos. Con Leo y Juan decidimos quedarnos a pasar el mal momento en reposo, total nos quedaban tres días más. 

A la noche estábamos más repuestos y pedimos pizza. Amalia, parece que nos olía: tuvo la espontánea amabilidad de pasarnos por whatsapp un delivery que ella conocía porque, nos explicó, en ese pueblo las apps de comida encarecían todo. Además, nos recibió el pedido antes de que cualquiera de nosotros pudiera reaccionar y nos lo pasó por la puerta que comunicaba con su casa. Me acuerdo que me pareció muy raro escuchar el sonido de la llave girando en la cerradura y tuve la sensación de que era más una cortina que una puerta.

Al otro día nos declaramos intoxicados. Yo mismo había tenido fiebre a la noche. Aluciné que alguien caminaba por el pasillo, que la puerta de Amalia se abría y se cerraba toda la noche, que ella llegaba con sus pasos suaves por el piso de granito y me miraba con ternura con esos ojos aguados mientras yo me retorcía en la cama. También soñé que me corría un lobo y me desperté todo transpirado.

Le conté a los chicos. Leo y Juan hablaban bajito, andaban con una taza en la mano cada uno, un té que les había pasado la dueña para que les alivie la panza. De todos, el peor seguía siendo Mariano, que ya estaba verde. Pero no era parámetro porque en él ningún malestar era raro, siempre encontraba la forma de estar peor que cualquiera. 

Me fui a dormir de nuevo. Llegó un momento en que perdí la noción del tiempo. No sabía si faltaba uno o dos días para volvernos. No había ido al boliche ni una sola vez y hasta hoy no me queda claro si alguno de los chicos logró ir en algún momento. La pileta estaba intacta, la parrilla seguía sucia como la dejamos la primera noche que comimos el asado. Y pensar que cuando llegamos había creído que los aspersores nos iban a encontrar todas las tardes tirados en el pasto, escuchando música al palo, tomando algo y enterándonos de alguna de esas locas anécdotas de Juan, que desde que lo conozco es una caja de sorpresas; o escuchando hasta tarde las carcajadas escandalosas de Leo.

La mañana del último día nos levantamos bastante mejor. La intoxicación estaba cediendo. A la hora de irnos le golpeamos la puerta a Amalia para despedirnos. Cuando contratamos  el alojamiento había imaginado que ese iba a ser un momento de disculpas por las molestias, el ruido, el desmadre, pero al final fue como si nunca hubiéramos pasado por ahí. Preferimos hacernos los giles y no decirle nada, total nos quedaba el contacto para el próximo verano y ya planeábamos la escapada de revancha. Ella se quedó con el primer round.

 

Triana Kossmann

Triana Kossmann
Triana Kossmann
Es comunicadora social. Nació en La Plata en 1981 y desde 2010 vive en Mar del Plata. Es co-fundadora de la plataforma digital www.revistaleemos.com, un portal periodístico dedicado íntegramente al mundo editorial. También trabaja en prensa institucional y realiza diferentes intervenciones radiales vinculadas con la literatura.

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