Cinco Lectores

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Uno

La lectora entra en la confitería y elige una mesa junto a la ventana. Tiene que hacer tiempo, así que se ha llevado un libro. Como el mozo tarda en acercarse, abre su novela. Usa como señalador la cuenta de la luz. En las librerías siempre le dan señaladores, pero ella los pierde. Los personajes de la novela viven en las afueras de Londres, cometen, padecen o resuelven crímenes y toman té; por contagio, ella se pide un té también. Hay un asesinato y pronto hay otro, y los personajes siguen tomando té. El celular suena y cuando estira la mano hacia la cartera, la taza derrama un poco de líquido sobre el libro. Mientras habla por teléfono trata de secar las páginas con las servilletas de papel, pero es tarde. Los libros siempre tienen sed. Esta novela se la ha prestado una amiga. Dijo que era muy buena, insistió en que se la llevara, se la metió en la cartera…  Los libros despiertan a veces ese entusiasmo. ¿Cómo va a devolverlo ahora? No importa, se dice: compro otro. Pero ahora nota que el libro tiene una dedicatoria, con firma a primera vista ilegible. No lo puede reemplazar así nomás. ¿Va a disculparse? ¿Va a hacer como si nada hubiera pasado? Al leer de nuevo la dedicatoria descifra la firma. ¿Es él, su ex novio? No puede creerlo. ¿De donde ha sacado esas palabras tan apasionadas, tan cursis?  Ahora entiende: por eso su amiga insistió en que se lo llevara. Para que leyera la dedicatoria, no el libro. Para que se enterara. Qué lástima devolverlo en tal malas condiciones, piensa. Y derrama el resto del té sobre las páginas.

 

Dos

Ha buscado toda la tarde del sábado un libro en su biblioteca y no lo ha encontrado ni en los estantes ni en las columnas que trepan desde el suelo. Claro, descubre después: se lo prestó a un amigo. Piensa entonces en sus libros favoritos, y se da cuenta que no le queda ninguno: aquel de Salinger, Madre noche, de Vonnegut, los de Auster, todos prestados, todos perdidos. Ahora se da cuenta que tiene dos bibliotecas, una de libros reales, que le son un poco ajenos, y otra hecha solo de extravíos y pérdidas. Y con el tiempo le parece que esa biblioteca ausente es mucho más verdadera que la otra, y que sigue acumulando libros en sus estantes. Al menos los libros invisibles no juntan polvo.

 

Tres

Los vagones del subte A del subterráneo han sido siempre su lugar favorito  de lectura. Le gustaban los asientos de madera, la luz amable, el bamboleo. Recorrer los túneles de la ciudad era como atravesar una novela. Pero ahora, que ha pasado hace rato la línea de los cuarenta,  la luz le resulta insuficiente, y cuando los pasajeros de pie se interponen entre la lamparita y el libro, peor aún. Ya hace tiempo que no puede leer nada. Igual siempre lleva un libro, y lo abre. Espera que el subte tenga el gesto amable de viajar al pasado, aunque sea por un rato. Pero las letras no aparecen; en su lugar, sube al vagón un dúo, charango y quena,  que se dicen del Altiplano. Tocan un carnavalito y La Lambada. Los sigue de cerca un vendedor ambulante, simpático y de voz grave. ¿Qué trae hoy? ¿El yoyó musical, el auténtico Zippo, el llaverito de Pókemon?  No, la linterna sumergible. En vez de ir al oculista o de viajar al pasado, el lector compra una linterna. Y el libro, hasta entonces vacío, se llena de letras, todas ordenadas en fila india, y cada una con su traje de tinta.

 

Cuatro

Vive en un departamento en planta baja. Tiene un patio, y sufre a sus vecinos de arriba que tiran papeles, corchos, lamparitas quemadas. Pero con los del séptimo F es distinto. Cada dos o tres días se pelean (él llega tarde, da una excusa ridícula, ella no le cree) y por la ventana del dormitorio vuela algún libro. El habitante de la planta baja nunca fue muy lector, pero cuando cayó el primer libro, lo leyó. Después vinieron otros. Un poco de todo: novelas de espionaje, best sellers, libros de autoayuda. Los lee a todos por igual, ya que son un regalo del cielo.

Un día, sin embargo,  los libros dejan de caer. ¿Los del séptimo F se habrán ido de vacaciones? No, es algo mucho peor: el vecino de la planta baja los encuentra caminando por la calle y asiste con desagrado a los arrumacos y a las palabras cariñosas. Todo está perdido: triunfa el amor. Pasan los meses, sin peleas ni lecturas.  Un viernes, al llegar a su casa a las tres de la mañana, el vecino de la planta baja se cruza con el vecino del séptimo F, que vuelve de una noche agitada. Tiene el traje arrugado, una mancha de vino en la camisa, y mira con insistencia el reloj, como si sus ojos tuvieran el poder de hacer retroceder las agujas.  Lo oye cerrar el ascensor con extraordinaria suavidad: que nadie en el mundo se despierte. Pero el de la planta baja sabe que las esposas siempre se despiertan. El silencio perfecto aún no ha sido inventado. Saca entonces una silla al patio y mira hacia los cielos. Se oyen los primeros gritos. Pronto tendrá lectura para el fin de semana.

 

Cinco

Tiene diez años y está en la cama. Por la ventana se escucha el ruido de la lluvia. Le gustaría leer un poco en la cama pero ya es tarde y mañana tiene que ir al colegio. De pronto se acuerda que dejó el libro que estaba leyendo en el piso de la terraza. Era La isla misteriosa, de Julio Verne. Es tarde para rescatarlo. Los personajes se quejaban de que no llovía. ¿Querían lluvia? Ahí tienen. Pasan los minutos y no se duerme. La curiosidad puede más que el sueño. Sin hacer ruido sube la escalera y a través de la ventana mira la terraza inundada por la lluvia. Y en medio de la terraza La isla misteriosa, ya convertida en una isla de verdad.

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