Cara a Cara (prólogo)

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“Todo el que quiere nacer debe antes destruir un mundo”.

La frase pertenece a Demian, libro de Hermann Hesse que leí en un viaje en tren a Mar del Plata cuando tenía catorce años y que concluí llorando. Hace poco encontré una edición nueva muy bella y tuve la tentación de volver a leerla, quizás intrigado por la causa de mi emoción temprana. No es aconsejable ir en busca de lo que nos conmovió hace mucho tiempo porque el destino suele ser el desengaño. No fue el caso; para mi sorpresa terminé llorando otra vez. Sospecho que por otros motivos. Y, aunque ya no soy quien era hace cuarenta años, me permito creer que es posible que las obras de arte también se modifiquen con el tiempo para acomodarse al alma del lector.

 

Lo cierto es que esa frase me hizo pensar que, tal vez, aquel chico intuía su futuro. Porque eso es lo que sabe un analista: para nacer hay que des- truir un mundo. De ese modo, el paciente renace sobre los cimientos de un pasado abolido, sobre los recuerdos, frescos a veces, de lo que ya no es. Obligado a caminar sobre sus propias ruinas sacude el polvo de su historia y mira, no sin temor, aquello por venir.

 

Las crisis suelen ser esos puntos de quiebre, de derrumbe, que obligan a un sujeto a replantear su vida y le imponen el desafío de volver a empezar; otra de las formas de renacer a pesar del dolor y los miedos, de la angustia y lo perdido, empujado por la fuerza del deseo que recorre su sangre y le murmura una verdad que aún no puede oír.

 

Analizarse es aceptar el reto de convertirse en un sujeto diferente; es un acto de vida que se pone en movimiento y también una elección. Y así como el nacimiento fue la culminación de un deseo ajeno que nos marcó sin pertenecernos, renacer en análisis es hacerse cargo del destino, tomar la decisión de no rendirse y poner en juego el deseo propio.

 

El Psicoanálisis es mucho más que una terapia. Mi compromiso ha sido siempre difundirlo, transmitir su eficacia y resaltar el misterio de su potencia: quien se haya analizado no volverá a ver el mundo de la misma manera y caminará la vida de un modo distinto. Por eso la idea me rondaba desde hace tiempo: escribir en un registro diferente. Ni casos ni ficción, tampoco teoría: algo nuevo. Quería un libro dialogado, charlado. Buscar ese desvío que suele tener la supuesta espontaneidad de un encuentro, esa zona en la que se sabe cómo empieza pero rara vez cómo termina para, de ahí, derivar. Un texto que dé cuenta de los enigmas que me recorren: la muerte, el deseo, el desamor, los hijos, la pasión, la felicidad, el recuerdo y el olvido, entre otros.

 

Para emprender esta aventura convoqué a Mariano Valerio, mi editor, y le propuse un juego que me resultó fascinante: obligarme a pensar a partir de sus preguntas y arrinconarme en cada espacio en el que intentara escapar de la honestidad intelectual. Nos conocemos desde hace casi una dé- cada y nos une la amistad. Aceptó y convinimos en tener algunas charlas.

Los encuentros sucedieron en un otoño al que le costaba llegar. El frío avanzaba con los días, de a poco, hasta que finalmente los árboles acusaron recibo. Esas mañanas nos envolvió el sabor del café, el piano al que nos sentamos cada tanto, y la referencia a los libros que curioseamos con cierta complicidad. Así transcurrieron aquellas jornadas: sin apuro y con el ánimo de que ningún tema quedara afuera. Ha sido un camino lleno de estímulos en donde me encontré por momentos conversando con el pasado, con mis maestros   y con aquellos que desde muy adentro forman parte de mí.

 

Este libro me ha llevado de la infancia al presente, de los temas más íntimos a la música y al cine, de la poesía a la calle, de la risa al silencio, del Psicoanálisis a la vida. La intención fue no dejar nada en el tintero: ir por todo –para menos siempre hay tiempo.

Pasado ya el disfrute de esas horas compartidas es momento de escribir. Y en este instante, al quedarme solo, me atrapa el silencio y empiezo a dialogar conmigo: es el analista que habla con el analista, el chico que fui que interpela al hombre que soy. No me gustan los que olvidan de dónde vienen, por eso agradezco este ejercicio de la memoria que me reinstala en quien siempre he sido. Esa es la dimensión humana del analista. Esa es también la gran aventura de este libro. El desafío: conservar la espontaneidad y calidez del  registro oral. Espero haberlo logrado.

Algunos inviernos suelen parecer más fríos que otros. El que se está yendo de a poco, entre nubes por la ventana, fue particularmente lluvioso y gris. Y ahora, justo ahora que estoy por terminar, y que entiendo que esta taza de café que humea en mi mano sea tal vez de las últimas que acompañen la escritura, aprovecho uno de esos silencios que se instalan cuando presentimos que algo se acaba y recuerdo una de las preguntas:“¿Hay que ser valiente para encarar un análisis?”.

 

Antes de responder me tomo unos segundos, desvío la vista hacia el techo, respiro profundo, asiento como para mí y escribo que sí, que hay que ser muy valiente. Porque el análisis es un camino hacia la verdad. Y la única manera de mirar esa verdad es cara a cara.

 

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