Amelia y Papá Noel

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Mamá me lee un cuento en la cama. Uno que me gusta un montón. De un dragón chiquito y verde que se queda sin fuego para tirar por la boca y, al final, termina yendo con su mamá dragón a visitar a un viejo dentista que lo cura. Hace mucho que me lo lee. Porque nos gusta a las dos: a mí porque sí, porque me gusta, yo qué sé, y a ella porque el cuento logró que me lave los dientes todas las noches antes de acostarme. El viejo dentista lo cura cuando le regala un cepillo y la pasta y el dragón empieza a lavarse los dientes. Por ahí, si me los lavo bien, un día también yo puedo escupir fuego. Ojalá. Me encantaría quemarle los pelos a Amparo cada vez que me dice que soy tonta. No todos los días porque la quiero, es mi amiga, mi mejor amiga, sólo lo haría cuando se ríe y me grita que soy una tonta. No me gusta cuando hace eso, yo no soy ninguna tonta. Pero no quiero hablar de eso, quiero hablar de que mi mamá me está leyendo el cuento en la cama y, de repente, cierra el libro, me mira a los ojos y me dice que tiene que contarme algo muy importante. Muy pero muy. A mí me da un poco de rabia, ¿acaso no puede esperar a terminar el cuento para decirme lo que quiere decirme? ¿Tan importante puede ser? Entonces se lo digo. Le digo que si acaso no puede esperar y contármelo después, más tarde, apenas termine de leerme el cuento del dragón que se quedó sin fuego. Pero no. Me dice que no. Que es muy importante. Que Papá Noel me va a traer de regalo un hermanito.

No entiendo lo que me dice. Yo le había pedido la play. La verdad es que no entiendo. Por eso le explico lo más cariñosamente que puedo que yo le había pedido la play a Papá Noel, que estamos en invierno, que falta muchísimo para Navidad, que ya veré si quiero algo más cuando haga más calor y se acerque la fecha. Mi mamá se sonríe. Y me acaricia el pelo. Como quieras, Ame, pero cuando empiece a crecerme la panza no me digas que no te avisé. Por favor, la play también te la va a traer si es que te portás bien. Luego termina de leerme el cuento, me da varios besos con abrazo, me vuelve a acariciar el pelo y se va.

Eso fue anoche, claro.

Hoy a la mañana, en el jardín, lo primero que hice fue ir corriendo hasta donde estaba Amparo y contárselo. Aunque, claro, no le conté que me lavo los dientes a ver si algún día del futuro en que me diga tonta le puedo quemar el pelo. Eso no se lo conté. Mejor, que no se lo conté. Porque, mientras se reía, me aseguró a los gritos que Papá Noel no existía, que eran los padres y que yo era una tonta retonta requeterecontratonta por creérmelo. Entonces, tomé aire con todas mis fuerzas y le soplé la cabeza. Pero no me salió ningún fuego. Una pena. Una verdadera pena. ¿Cuánto tiempo habrá tardado el dragoncito en recuperar su fuego desde que empezó a lavarse los dientes? El cuento no lo dice. ¿Cuánto me faltará, todavía?

Por supuesto, como no me salió el fuego y no le pude quemar los pelos, le grité que la más architontísima era ella, que los padres no eran Papá Noel, que cuando le había pedido la play a mi mamá, mi mamá me había contestado que no podía comprármela, que era muy cara, que mejor si se la pedía a Papá Noel, que en una de esas tenía suerte y él, que tenía mucho mucho mucho más dinero que ella, me la traía.

En medio de la risa más horrorosa de todas las risas horrorosas que le he visto, Amparo se fue a jugar con otra nena y, desde lejos, me gritó que prefería no perder más el tiempo con alguien tan pero tan tonto como yo. Pero no me largué a llorar. No. Que dijera lo que quisiera. No me importaba. Volví a soplar con todas mis fuerzas hacia donde estaba jugando. Aunque, esta vez, tampoco me salió nada de fuego por la boca. Igual, a mí Papá Noel me va a traer la play. Y capaz que también me trae un hermanito. A ella, que se porta tan mal y dice tantas mentiras, seguro que no le trae nada. Además, si lo ayudo a mi hermano a lavarse los dientes desde chiquitito, por ahí, algún día, él puede ayudarme a quemarle todos los pelos a Amparo cuando me grita tonta.

Federico Jeanmaire
Federico Jeanmaire
Nació en Baradero, provincia de Buenos Aires, en 1957. Es licenciado en Letras y ha sido profesor en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado numerosas novelas, entre ellas, Desatando casi los nudos, Miguel, Montevideo, Una virgen peronista, Papá, Países Bajos, La patria, Fernández mata a Fernández, Tacos altos y Amores enanos. Con Mitre (1998), obtuvo el Premio Especial Ricardo Rojas. En 2008, ganó el Premio Emecé con Vida interior y en 2009, el Premio Clarín de Novela con Más liviano que el aire. Algunos de sus libros han sido traducidos al francés, al alemán, al griego, al árabe y al portugués. En septiembre apareció La creación de Eva, su última novela.

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