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Novela

22/01/2016

Silvia Mercado

El relato peronista (cap. 1)

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es periodista y docente universitaria. Actualmente trabaja en el portal de noticias Infobae y en Infobae TV. Además, acompaña como columnista a Román Lejtman en FM Milenium y conduce Operación Masacre en Radio Ciudad, un programa de libros de investigación periodística. Es coautora de Peronismo, la mayoría perdida (1985), Oscar Smith y el sindicalismo peronista ante sus límites (1987) y Querido Gordo Cardoso, biografía coral de un periodista extraordinario (2011). En 2013 publicó El inventor del peronismo. Raúl Apold, el cerebro oculto que cambió la política argentina, con gran éxito de ventas y crítica.

Perón no encontró nada moralmente repugnante en la Alemania nazi o en la Italia fascista. Lo dijo, textual, el norteamericano Joseph A. Page en su ya clásica biografía del líder, haciendo una notable síntesis del impacto que tuvo el viaje que comenzó unos meses antes de que empezara la Segunda guerra Mundial, cumpliendo tareas como parte de un equipo de oficiales de Inteligencia del Ejército, y que terminó dos años después, cuando Alemania parecía invencible.

 

Es increíble lo poco que se conoce ese viaje de características iniciáticas, donde Perón sentó las bases ideológicas de sus dos primeros gobiernos. En su vida, cumplió un rol similar a las recorridas que hizo Domingo Faustino Sarmiento por los Estados Unidos, cuando diseñó un nuevo sueño civilizatorio para la Argentina, que plasmó cuando llegó a la presidencia. Igual que Sarmiento al regresar de los Estados Unidos, Perón volvió fascinado de su viaje europeo, donde modeló el estado corporativo, dirigista y autoritario que lo tuvo como protagonista, organizado bajo su liderazgo único, donde funcionaba como el conductor que buscaba dominar sobre todos los aspectos de la vida, más o menos trascendentes.

 

Algunas cosas se saben de ese viaje.

 

Que Perón mismo gestionó su inclusión en el grupo de oficiales que se repartieron por Europa y que le pidió al responsable de la comitiva, el ministro de guerra, Carlos Márquez, que lo destinara a Italia.

 

Que salió a bordo del transatlántico italiano SS Conte Grande el 17 de febrero de 1939 hacia el puerto de Lisboa y que desde el 1º de julio de ese año, hasta el 31 de mayo de 1940 sirvió en varias unidades alpinas del ejército italiano. Que aprendió a esquiar en sus recorridas por Merano, en Tirol, la Montaña Pinerolo, en Chietti, que estuvo en Aosta y un batallón en Courmayeur, por el Piamonte.

 

Que en algún momento tomó un curso de economía política en la Universidad de Bolonia, donde compartió aula y trabó cierta amistad con giovanni B. Montini, futuro papa Pablo VI. Que se interesó por la cantidad de cursos sobre organización que se hacían en distintas casas de estudio de Italia.

 

Que durante su estancia alpina logró subirse a un blindado alemán y pudo ingresar en tierras de la Unión Soviética cuando Stalin era aliado de Hitler. Que esos meses también logró desplazarse a Budapest, Berlín, Albania y entró a Francia, luego de su rendición frente a Alemania.

Que a principios de junio del 40 dejó la montaña y sus paseos furtivos por roma para irse a instalar a esa ciudad, hasta diciembre de ese año, despertando la inquietud de la Inteligencia italiana, que empezó a sospechar que más que por asuntos militares, el joven oficial estaba interesado en cuestiones políticas.

 

Que vio el despliegue en materia de propaganda que realizaba Benito Mussolini, imitando a su vez el realizado por el Tercer reich, destinando fabulosas partidas presupuestarias para controlar la opinión pública, manejar los medios de comunicación, producir películas que reproducían la ideología oficial y montar grandes escenas callejeras que facilitaran la adoración del pueblo movilizado con recursos del Estado y la preeminencia de sus liderazgos por sobre cualquier otro dirigente, eliminando a simple vista cualquier sistema institucional o consensuado de sucesión. No está claro si se entrevistó con Mussolini. Él llegó a presumir en una oportunidad que sí, pero no repitió la anécdota ni existen testimonios fotográficos del supuesto encuentro. En cambio, a juzgar por la importancia que tuvieron sus discursos en la Plaza de Mayo, es más que probable que sea cierto, como él contó, que haya visto a Il Duce dirigirse a su pueblo desde el balcón del Palazzo Venezia.

 

Y se sabe que en enero de 1941 volvió desde Lisboa en el buque Serpa Pinto, propiedad de la Companhia Colonial de Navegacão portuguesa, previo paso por el sur de Francia y Madrid, donde se conmovió por la destrucción que dejó en España la guerra Civil.

 

o sea, Perón vio la Segunda guerra desde la perspectiva del Eje. Estaba en Italia cuando Alemania invadió Polonia, dando inicio for­mal al conflicto global y confortado —como tantos en esa época— de que la humanidad estuviera en los albores de una nueva era de orden y autoridad, conducida por la cultura de los ejércitos, y dominada por el alemán, al que creía por encima de todos.

 

Si consideramos la propia experiencia como el umbral formativo de las personalidades políticas, no se le puede quitar valor al hecho de que Perón entró y salió de los países en conflicto acompañado por oficiales nazis, que conducían a los grupos del ejército italiano, en tiempos en que Alemania sometía con su Blitzkrieg, o guerra relámpago, provocando la admiración de los expertos.

 

Es evidente que ese viaje operó como un antes y un después en la vida de Perón. Definitivamente, fue allí que imaginó posible gobernar el país donde había nacido y, observando cada detalle con su talento inusual, diseñó el cómo. Habiendo empatizado rápidamente con el lado Eje de Europa, imbuido por valores de la región que visitaba, estados que controlaban todos los aspectos de la vida, que imponían el orden y organización en una sociedad militarizada que solo aceptaba el sometimiento, que se consolidaba en forma interna implantando la persecución de la oposición hasta inutilizarla —ya estuviese integrada por comunistas, socialistas, o defensores de los valores liberales de la democracia—, y demonizando a una raza en particular, la judía, como la responsable de todos los males de la civilización aria, al punto que solo podía resolverse con la «solución final», lo que ahora conocemos como la Shoah.

 

No se conoce ninguna declaración de Perón condenando al Holocausto. Ni entonces, ni después. Aunque tuvo un secretario personal nazi, tampoco se enroló en el nazismo antisemita y, por cierto, no se le conocen prejuicios al respecto, además de que siempre estuvo rodeado de judíos. Pragmático hasta el punto de parecer un hombre carente de valores, cuando fue Presidente mandó al canciller a votar contra de la resolución de las Naciones Unidas que promovía la creación del Estado de Israel, pero fue el primero en reconocer al gobierno, cuando finalmente se instaló en mayo de 1948.

 

Lo concreto es que cuando Perón tuvo que volver de Europa no era un niño. Tenía 47 años y fue llamado por sus superiores. Si creyó que al llegar podría relatar su experiencia y transmitir las soluciones políticas y militares que se implementaban en los países que venían ganando, se frustró. La guerra ya estaba en pleno despliegue y la Argentina padecía una fenomenal inestabilidad, con un Presidente, roberto M. ortiz, obligado a renunciar por una enfermedad, que fue reemplazado por el vicepresidente, ramón Castillo, que reforzó la posición neutralista frente al conflicto, profundizando el cada vez más agrio debate que dividía a la sociedad entre aliadófilos y pro Eje. Igual inestabilidad se vivía en el Ejército. Pro aliados y filonazis o neutralistas buscaban controlar posiciones y dominar la fuerza. Perón volvió y a los pocos días le dieron su nuevo destino, que fue en el Centro de Instrucción Infantería de Montaña en Mendoza. Esperaba ser una fuente de consulta y respeto, pero lo mandaron lejos, a algo parecido a un exilio. El Ejército bullía en luchas internas y generales y coroneles estaban a los codazos para posicionarse frente a los tiempos por venir, que reclamaban mayor protagonismo de las fuerzas armadas, si esto aún fuera posible después del golpe del 30 que derrocó a Hipólito Yrigoyen y dio comienzo a lo que se conoce como la «Década Infame».

 

Se fue a Mendoza sin chistar, donde brindó instrucción de guerra de montaña y esquí durante un año y recibió su promoción a coronel. Allí también se encontró con dos hombres que serían claves en su vida, con el general Edelmiro Farrell y con el teniente coronel Domingo Mercante, tres años menor, pero a quien había conocido en un destino anterior. Poco tiempo después, Farrell, Mercante y él fueron a la Dirección general de la Inspección de Tropas de Montaña, ubicada en avenida Santa Fe 3117 de Capital.

En Mercante. El corazón de Perón, la biografía escrita por Domingo Alfredo Mercante, el hijo del que sería el primer gobernador peronista de la provincia de Buenos Aires, se hace hincapié en la gran simpatía que generaba Perón, «protagonista de anécdotas y acontecimientos sorprendentes». «En sus conversaciones —que más bien eran exposiciones— mostraba dotes extraordinarias para atraer a cuanto oyente lo circundaba, especialmente a los oficiales de menor jerarquía, asombrándolos con su agudeza política y su facilidad de expresión», cuenta.

Y detalla el recuerdo del constante repiquetear de la máquina de escribir de Perón, que volcó al papel, en extensas carillas, la necesidad de crear un grupo de oficiales Unidos con la misión de organizar a los militares de todas las guarniciones para salvar al país de la corrupción dominante, que de no subsanarse, llevaría directamente a la anarquía o, peor, al comunismo.

«Mi padre se sintió profundamente atraído por la proposición» y se lo hizo saber a Perón inmediatamente, cuenta la biografía. «Bue­ no, Mercante, entonces usted es el primer enrolado y queda a cargo de esa misión», le dijo Perón, y rápidamente comenzó los contactos con oficiales de Capital, Campo de Mayo y guarniciones de todo el país para organizar el primer encuentro.

La anécdota es de gran trascendencia documental. Hasta hace pocos años todavía quedaban quienes tenían dudas de la existen­ cia misma del goU, del significado de su sigla, de si Perón lo ha­ bía integrado. Sobre todo, hay quienes que creyeron que Perón era un integrante más. Él mismo se encargó de ocultar todo lo que tuvie­ ra que ver con esta logia, de confundir aun a quienes la habían inte­ grado desde el comienzo.

Claro que hubo otras logias en la historia argentina. Lo intere­ sante del goU es que revela la fenomenal vocación de poder de Pe­ rón, por un lado, y su manera de alcanzarlo, oscura y cerrada, ne­ gando hasta entre los más cercanos lo que de verdad hacía, creando varias historias paralelas de lo mismo para evitar que se conocieran sus objetivos personales.

Domingo Mercante, que era lo opuesto, es decir absolutamente transparente en sus vínculos, se lo contó a su hijo para que él, años más tarde, lo cuente así:

 

Se constituyó formalmente el 10 de marzo de 1943 en una reunión convocada secretamente por Perón en el Hotel Conte, que daba frente a la Plaza de Mayo. Entre los miembros fundadores figuraba con el número 1 el teniente coronel Domingo A. Mercante, y el co­ ronel Perón se había reservado el último puesto, número 19, figu­ rando como miembro encargado de la coordinación. En la reunión se aceptó el borrador de la carta orgánica preparado por Perón, y se adoptó definitivamente el nombre de grupo de oficiales Unidos, afirmando su único interés el bienestar del ejército y de la Patria.

 

Años de mentiras, medias verdades, ocultamientos diversos en relación al goU, terminaron con el sencillo párrafo del sincero Mercante, nada afecto al rebuscado accionar de Perón, que logró confundir de tal modo al punto que muchos miembros de la logia murieron convencidos que Perón poco o nada había tenido que ver en su conformación.

 

Es el caso de Carlos gontrán de güemes,1 que en 1956, después de la revolución Libertadora, escribió Así se gestó la dictadura, considerada la fuente más fidedigna de lo que sucedió en las reuniones del goU, ya que pudo ser verificada con distintos participantes como los generales Humberto Sosa Molina, orlando Peluffo, el mismo Edelmiro Farrell, entre otros. Allí se asegura que la logia fue creada por los tenientes coronel Miguel Ángel Montes y Urbano de la Vega y que, entre los iniciadores, no figuraba Perón. «Fue invitado a incorporarse cuando ya estaban fijadas las primeras bases de la organización que, teóricamente, no conocía jefe alguno», dice gon­trán de güemes. Y detalla que la conducción estaba distribuida entre los diecisiete oficiales que formaban parte del grupo original.

 

Mercante, que fue durante años la mano derecha de Perón, algo así como su secretario y su principal brazo ejecutor, destroza a través de su hijo esa hipótesis: no solo estuvo desde el primer día, sino que fue el verdadero impulsor. Perón no solo era extraordinariamente simpático, sino que tenía el talento para esconder sus propósitos, siguiendo esa táctica que hoy en política se puede resumir bajo la frase «que no te vean venir».

Ya empezaba a manipular a sus pares, los hacía actuar en un plan que había diseñado prolijamente, cuidando de no delatarse, promoviendo un golpe para evitar las elecciones próximas a realizarse, con la excusa de que serían fraudulentas, y navegando —o esquiando, que era lo que él había aprendido en los Alpes— en la compleja coyuntura, hasta llevar las cosas a donde quería: el poder para sí mismo.

 

En efecto, dos meses después del primer encuentro del goU, el 4 de junio de 1943, los militares aprovecharon que Castillo desplazó a su ministro de guerra, Pedro ramírez, para movilizar las tropas y pedir la renuncia del Presidente, para dar un golpe incruento. El ejército estaba muy dividido, pero todas las facciones estaban de acuerdo en terminar con la democracia fraudulenta, lo que les permitiría repartir dependencias entre nazis, aliadófilos y neutralistas, que eran mayoría. Por esa época, el Eje había tenido muchas derrotas en Europa del Este y perdía iniciativa, pero lejos de desalentarse, Perón logró ganar fortaleza con la debilidad de los sectores más vinculados a Alemania, y consolidarse para armar su propio camino hacia el poder.

 

El goU tenía un agente de unión, que era Mercante y un coordinador, que era Perón. Cada integrante inicial tenía como responsabilidad incorporar a otro, a su cargo, y así sucesivamente. Cada enrolado solo conocía a su responsable, o «camarada base», quien le informaba novedades y directivas, bajo un simple esquema piramidal, de eje único, que aún persiste en el Ejército argentino.

 

Las obsesiones de Perón desde que conoció Europa, y su pluma, se delataban sin vueltas en el primer documento del goU, escrito con esa máquina de escribir que repiqueteaba incesantemente, según contó Mercante en la biografía que escribió su hijo. «Para un militar no debe haber nada mejor que otro militar», pontifica el texto fundante, para luego explicar las obligaciones prioritarias de los miembros de la logia, que debían ser «la defensa del Ejército» y «la defensa contra la política». Decía:

 

Las derivaciones de la política moderna, con sus avances en el campo social e institucional, han traído como consecuencia la necesidad de que los ejércitos lleguen a penetrar más que la política misma los designios de los políticos, que ponen en peligro la existencia misma del Estado y del Ejército.

 

Explicando que esa es la obligación del militar moderno.

 

Con ello se hubiera evitado el comunismo en rusia y la guerra Civil en España. En ambas, los jefes y oficiales, como aquí, repetían a menudo: «Yo no me meto en política» y cerraban consciente o in­ conscientemente los ojos ante el peligro rojo que debía devorarlos.

 

Con un estilo casi spengleriano, ultracrítico de la democracia occidental, se quejó por «el concepto de respetuosidad exagerada a la ley» de parte de los militares hasta ese momento, mientras concebía como «necesario organizar un servicio secreto en cada unidad para saber lo que se piensa y lo que se dice en cada corrillo». No era nada liviano lo que estaban armando. Se trataba de una profunda transformación conceptual, un cambio sustancial de lo que era posible hacer con el poder de las armas, que empezaba a desconocer cualquier límite institucional.

 

Además, especificaba que, mientras durara el tiempo de organización y reclutamiento, el goU sería anónimo y no tendría jefe, pero en el momento de pasar a la acción, el jefe sería quien manejara el Ejército y si, «por cualquier circunstancia no pudiera ejercer el comando, habrá llegado el caso de que lo designemos nosotros». Ya dejaba abierto el paraguas para ponerse al frente en el momento en que fuera necesario.

 

Lo curioso del golpe del 4 de junio es que los oficiales le dan el mando como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y, por lo tanto, como presidente, a Arturo rawson, vinculado a los Aliados, quien pretendía designar un gabinete con importantes aliadófilos, pero el sector que hegemonizaba el Ejército no avaló ese alineamiento, y lo hizo renunciar sin siquiera asumir. Así, ramírez dejó el Ministerio de guerra para asumir la presidencia y Edelmiro Farrell, el general más amigo de Perón, se hizo a su vez del Ministerio de guerra. La designación de Farrell fue clave, ya que el goU lo reconocía como su jefe natural, y desde ese Ministerio se tenía control de todas las designaciones y los destinos, o sea, de la vida y profesión de cada integrante de las Fuerzas Armadas. Allí, nombró a su casi mentor, el coronel Perón, jefe de la Secretaría del Ministerio. Y este, a su vez, al teniente coronel Mercante como oficial mayor de la Secretaría. El hoy juez de la Corte Suprema, Carlos Fayt, contó en un li­ bro apasionante y hoy poco conocido, La naturaleza del peronismo, que Perón había redactado la proclama revolucionaria del 4 de junio, pero no se lo vio en la Casa rosada hasta las 18, «interviniendo en las reuniones que dieron origen a la renuncia de rawson y a la constitución definitiva del gobierno provisional», que fue el 7 de junio. Fue cuando los militares se preguntaron, ¿y para qué hicimos esta revolución?, ¿qué vamos a hacer ahora? Eran oficiales del Ejército o la Marina, no sabían de qué se trataba gobernar.

Pero ahí estaba Perón, que por cierto tenía ideas para todo. Desde su despacho en la Secretaría de guerra empezó a convocar a lo más granado de la oficialidad, y con sus cada vez más conocidas dotes de simpatía y oratoria, examinaba las decisiones que adoptaba el gobierno, imaginaba otras e incluso «redactaba decretos que luego proponía a la aprobación y firma de las autoridades».

 

La actividad que Perón desplegaba en la Secretaría de guerra era imposible para cualquier otro. También oficiaba como jefe de prensa de Farrell, atendiendo a los periodistas, a quienes también empezó a frecuentar socialmente. Hasta dio quizás el único reportaje que se le conoce por mucho tiempo, realizado por el periodista chileno Abel Valdez, redactor del diario El Mercurio de Chile, publicado el 8 de noviembre de 1943.

La entrevista tiene especial valor porque el periodista pudo preguntar según el interés de la opinión pública de entonces, y no del entrevistado, que poco tiempo después se acostumbró a manipular de tal modo a la prensa que dejó de resultar una herramienta informativa, para transformarse en mera propaganda del poder.

Ante la pregunta de qué era el goU, Perón contestó:

 

Me habla de las fuerzas armadas argentinas. El Ejército argentino cuenta con más o menos 3.600 oficiales combatientes (en servicio activo). Pues bien, todos, con excepción de unos 300 que no nos interesan, estamos unidos y juramentados; todos tenemos firmadas ante el Ministerio de guerra las respectivas solicitudes de retiro. En mi fichero las tengo a todas. Los oficiales que no pertenecen a nuestra unión no nos interesan porque no son elementos que necesitamos para la obra en que estamos empeñados.

 

Pensemos que en la primera reunión del goU había 19 oficiales, incluyéndolo a Perón. Meses después, goU y Ejército ya eran sinónimos para él y es probable que así fuera. De hecho, nadie se le opuso en público, porque el Ejército es una organización vertical y él había tenido la habilidad de exhibirse como vocero del sector que hegemonizaba la fuerza. Si ya tenía opositores, lo que dos años después se hizo evidente, nadie se animaba a expresarlo, porque en «su fichero» los tenía apuntados.

 

Lo insólito es cómo termina el periodista el reportaje. Con poco miedo a equivocarse, escribió que «si la marea sigue como va y no hay complicaciones de orden internacional, el coronel Perón puede ser, a corto plazo, el caudillo máximo de la república Argentina, quién sabe por cuánto tiempo». Se puede suponer que «las complicaciones internacionales» que menciona están referidas a una victoria contundente de los Aliados, pero lo que impacta es cómo Perón tenía convencidas a muchas personas en este país y en el extranjero de que contaba con chances de ser el próximo presidente de la Argentina y que, de llegar, lo sería por mucho tiempo.

 

El asunto adquiere fatal relevancia porque supone varias cosas. La más importante, es que cada paso que dio Perón desde que decidió constituir el goU, fue para hacerse del poder. Y por esos días, ya asumido el gobierno militar, cuando empezaba a circular su nombre como «el coronel salvador» dispuesto a resolver todos los problemas de la Argentina en medio de la guerra, su vocación de ir por todo empezaba a generarle algunos enemigos. Convocó a otra reunión del goU que fue contada por gontrán de güemes, donde Perón se apuró a tomar la palabra para decir lo siguiente:

 

La situación es grave, pero de ninguna manera desesperada, mis camaradas amigos. A mí no me preocupa que se haga girar mi nombre y que en él se concentren todas las intrigas. No me preocupa personalmente, pero conviene indagar los porqués que impulsan a los opositores a ensañarse tanto con mi modesta persona. En mi opi­ nión, a quien quieren destruir es al goU, pero como este se les escapa de entre los dedos, se vuelven contra mí. Por razones circunstanciales yo he estado sacando la cara últimamente por ustedes. Es lógico entonces que ellos enfoquen sus armas en mi dirección. Y vuelvo a repetir. Yo no estoy preocupado personalmente. Pero si es por el asunto sería muy fácil. Mi renuncia también está allí. Y la voy a presentar, pero cuando salvemos la situación…

 

¿Por qué era grave la situación? Porque se manejaba su nombre para salir de la crisis, cuando aún no tenía dominado a todo el Ejército. Por eso les aseguró, con falsa entrega, que estaba dispuesto a alejarse del poder, apenas se resolviera la inestabilidad del gobierno. Pocos años después volvería a repetir una estrategia similar, cuando fue confinado por un par de días en la isla Martín garcía. Hacer creer que no tenía aspiraciones y que apenas se resolviera la crisis se apartaría humildemente a una vida sin aspiraciones. Pero conozcamos mejor su especial aporte en este momento de la Historia.

 

Se nos está atacando en todos los frentes. Nosotros no podemos rebajarnos a contestarles en la misma forma. En mi opinión, sugiero que lo que hay que hacer es apelar a la publicidad. Esta es el arma que debemos empuñar. Si se intensifica la diatriba, se intensifica la publicidad. La propaganda es una poderosa arma, sobre todo cuando se dispone de todos los medios.

 

gntorán de     güemes dice que la idea prendió inmediatamente entre los presentes, que se apuraron por darle la razón. El control que ejercía en ese grupo ya era definitivo. Se trataba, entonces, de organizar un plan para la propaganda. Dijo Perón:

 

Ahora tenemos que pensar cómo vamos a encararlo. En primer término, al goU no le podemos hacer publicidad. El goU es una institución eminentemente castrense, que no va a entrar nunca en la mente de los civiles, por más propaganda que gastemos en él. Te­ nemos que elegir un hombre de los nuestros, y enfocar sobre él los reflectores. El trabajo siguiente es hacerlo simpático. Eso es muy fácil: basta que su firma aparezca respaldando todas las disposiciones que repercuten favorablemente en lo popular.

 

Y preguntó: «¿A ustedes no les parece lo mismo?» obviamente, nadie objetó la más mínima parte del plan. Solo uno se atrevió a preguntar a quién convenía elegir.

 

«Siempre hemos tomado las decisiones por mayoría, esta vez no tenemos por qué cambiar», dijo Perón. Cada uno escribió en secreto el nombre propuesto y todos tenían su nombre, claro, salvo uno, seguramente el elegido por él, que llevaba el apellido del general Perlinger. Hasta cuidó ese detalle, de nominar a un superior, que ocupaba el cargo de ministro del Interior. A partir de ese momento, LrA, radio del Estado y la cadena de radiodifusión, estuvieron a su disposición. Pocos días después, el 31 de diciembre de 1943, el gobierno de ramírez dio a conocer tres decretos. Uno, disolviendo los partidos políticos, otro estableciendo la enseñanza religiosa en las escuelas, el tercero, imponiendo restricciones a la radio y a la libertad de prensa.

 

Perón colocó a su propio equipo en la Subsecretaría de Informaciones y Prensa, dependiente de la Presidencia de la Nación, comandado por el periodista oscar Lomuto. Y a la noche habló por la cadena de radiodifusión.

 

Impacta la claridad que Perón tenía de la comunicación a la hora de construir su ascenso al poder. No solo era único en ese sentido entre los militares. Ningún político se le asemejaba. Lo máximo que hacían era atender a los periodistas de los diarios y las radios, y realizar muy de vez en cuando una conferencia de prensa. En este tiempo, no hacían nada, porque los partidos políticos estaban prohibidos por un decreto elaborado por el mismísimo Perón.

 

En cambio, él ya era secretario de Trabajo y desde esa área, que nada tenía que ver con las tareas solidarias, se ocupó personalmente de la atención de las víctimas del terremoto de San Juan, convocando a figuras públicas, sobre todo artistas, en esos esfuerzos de alto impacto para el gran público, el alejado de las cuestiones políticas, la gente sencilla y desideologizada, que le permitieron adueñarse de la ayuda y desplazar a ramírez de la primera plana de los acontecimientos. Mark Healey, experto en historia latinoamericana y autor de una valiosa investigación sobre el terremoto, reconoce que se trató de un momento clave «para el proyecto que Perón estaba gestando». Cuando se produjo, dominaba la crítica de un amplio espectro político contra la «mentalidad europea de Buenos Aires», alejada de «la Argentina profunda», y la tragedia natural parecía una oportunidad para «reorientar el imaginario nacional».

 

En los días previos, Perón había sido el funcionario designado para dirigirse a la población para saludar por las fiestas de fin de año (atención, no había sido el presidente ramírez, sino él, Perón, el responsable de ese mensaje dirigido a las familias). Dijo:

 

Llegan días en que parecerán absurdas y lejanas pesadillas el recuerdo del desamparo, de injusticia, de sueldos insuficientes, de la imposibilidad de soportar una familia con dignidad.

 

En palabras de Healey:

Ahora tenía la oportunidad de cumplir con su promesa mucho antes de lo esperado. Ante la amarga evidencia del costo de la indiferencia, los militares podrían demostrar su capacidad y proveer su proyecto de «justicia social» por la vía autoritaria. Desde su puesto estratégico, actuó con rapidez y despachó los primeros trenes de médicos desde Buenos Aires, diez horas después del terremoto.

 

Dos días después, el 17 de enero de 1944, ramírez viajó a San Juan y se hizo fotografiar entre escombros. Pero cuando volvió a Buenos Aires, Perón ya había convocado a una gran colecta pública en el centro de la ciudad que se realizó el 22 de enero, en colaboración con artistas de cine, teatro, radio y una compañía de cadetes del Colegio Militar.

 

La capacidad del todavía coronel para despertar el interés del pueblo era inédita. Declaró ilegales todas las colectas solidarias, apartó a las organizaciones benéficas habituales, centralizó la ayuda en la Secretaría que él conducía y encomendó la supervisión a miembros del Ejército vinculados al goU. «Confiarle la colecta a oficiales militares en lugar de a las damas de la sociedad significó una ruptura con las tradiciones liberales que la prensa no criticó», dice Healey. Y agrega: «Este silencio se debe sin duda a la censura, pero también al descrédito del orden previo y a la esperanza que despertaron las acciones de Perón en todo el espectro político».

 

Lo más importante es que «la colecta solidaria fue el lanzamiento público de la STP». Diariamente se despacharon 500 toneladas de donaciones, y tanto en los vagones de los trenes que llevaban la ayuda, como en las cajas que las transportaban, se exhibía muy claramente, a modo publicitario, la leyenda de la Secretaría de Trabajo y Previsión. Además, se ocupó de que se pegaran a lo largo y a lo ancho del país afiches convocando a la solidaridad, se hicieron estampillas alusivas, mientras se publicaban en todos los diarios fotos con gran cantidad de personajes más o menos famosos colaborando «espontáneamente» en la colecta para los damnificados.

 

Perón, por supuesto, fue el centro de toda esa comunicación. Desde fotos donde se lo veía despidiendo los trenes, hasta otras en las que participaba de una especie de termómetro que se había colocado en el obelisco para «medir» las contribuciones del día (que totalizaron 28 millones en efectivo y mercaderías hasta que un viento se llevó el dispositivo, según esa curiosa contabilidad), el coronel logró llevar adelante la colecta más exitosa de la historia argentina.

 

La coronación de esa fenomenal estrategia fue el festival en el Luna Park donde supuestamente conoció a Eva Duarte, la actriz que años más tarde sería su esposa, un momento que pasaría a la historia del relato peronista como el primer gran momento excelso de la patria de la felicidad.

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