#LaPalabraPrecisa

#43

Bitácora

10/04/2015

Pedro Mairal

Babas del Diablo

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Nnació en Buenos Aires en 1970. Su novela "Una noche con Sabrina Love" recibió el Premio Clarín de Novela en 1998 y fue llevada al cine en 2000. Publicó además las novelas "El año del desierto" y "Salvatierra"; un volumen de cuentos, "Hoy temprano"; y dos libros de poesía, "Tigre como los pájaros" y "Consumidor final". Ha sido traducido y editado en Francia, Italia, España, Portugal, Polonia, Estados Unidos y Alemania. En 2007 fue incluido, por el jurado de Bogotá39, entre los mejores escritores jóvenes latinoamericanos. En 2011 condujo el programa de televisión sobre libros Impreso en Argentina. En 2013 publicó El gran surubí, una novela en sonetos, y El equilibrio, una recopilación de sus columnas.
Escribió la presente bitácora para el Filba Nacional de Azul. www.filba.org.ar

Me llevan a la Trapa, un monasterio donde me han dicho que los monjes se autofinancian, cultivan su comida, elaboran su propio vino y sobre todo hacen voto de silencio. Me recomendaron que comprara ese vino, y dulce y un licor muy bueno. Vamos en combi desde Azul, una ciudad al sur de la provincia de Buenos Aires. Por el camino veo un cartel que dice Zona militar, prohibido estacionar o detenerse. Es el Arsenal Naval Azopardo, donde estuvo presa Isabel Perón tras el golpe del 76. Vamos por la planicie entre maizales crocantes, listos para la cosecha de abril. Los camiones repletos de toneladas de semillas nos peinan a contramano.

 

Bajo un rato la cabeza para anotar estas cosas y cuando vuelvo a mirar estamos en otra geografía. Vamos entre piedras y un principio de montaña. ¿Cuándo pasamos de la pampa plana a esto? Hubo un salto en la continuidad. Entramos en el monasterio trapense por un largo camino de eucaliptus que sube hasta la cima de una sierra. En el estacionamiento hay un cartel: El monasterio es un lugar de oración. Ayúdenos a mantener un ambiente de paz y silencio. Nos recibe el hermano Maximiliano. Un chico sonriente con anteojos y hábito marrón con cinturón de cuero. El plan es dejarnos al poeta Roberto Glorioso y a mí en el monasterio hasta la noche. Los organizadores nos despiden con un abrazo como si fuéramos a ordenarnos. Vamos a la iglesia, al primer oficio.

 

Pasamos por dos grandes puertas que no hacen ni un solo ruidito. Las bisagras están ultra aceitadas y, según noto después, tienen unos cierra puertas neumáticos alemanes muy buenos que evitan el portazo. Un cartel dice: Por favor guarde silencio y escuche a Dios. La iglesia es imitación medieval pero de ladrillo y con grandes vigas de madera a la vista. Al fondo, un vitral de la Virgen. Los monjes en los coros laterales. Con nosotros, en los bancos de los fieles, hay cuatro monjas de hábito negro. No están sentadas juntas sino en formación aeronáutica.

 

Los monjes cantan sus salmos y callan. Finalmente, se hace silencio. Escucho a Dios: suena como un amplificador encendido. De hecho hay un amplificador encendido. Una vibración eléctrica en el aire. Detrás el zureo de las palomas. Enseguida noto nuestra incapacidad para hacer silencio. Roberto y yo, los únicos visitantes, sonamos incluso cuando estamos casi inmóviles. Nuestras camperas inflamables de 100% nylon y polyester suenan como Robocop cada vez que nos rascamos la nariz. Roberto saca un pañuelo de papel y el plástico del paquetito es el protagonista absoluto del instante. La ropa de algodón de los monjes no suena, aunque las suelas de goma de sus zapatillas un poco sí.

 

Almorzamos solos en un comedor de la portería al que llaman locutorio. Ahí dentro se puede hablar en voz baja. Sopa de zapallo, vino, ensalada y arroz. Los puros alimentos cultivados in situ. El vino episcopal. La vajilla es de plástico rojo. Le pregunto al hermano cómo hacen el vino. No hacemos el vino. ¿Pero cultivan verduras, zapallos? Tampoco. Es todo comprado. Nos cuenta que cultivan soja y maíz porque es mucho más favorable económicamente. Hago un esfuerzo y el vino de damajuana me sigue pareciendo bueno.

 

Salgo a caminar solo. Quiero rodear el monasterio pero no se puede. Leo 14 veces la frase “No pasar” en cartelitos de todos los tamaños. De la entrada de la iglesia y la portería salen hacia los costados dos alambrados tensos con alambre de púa arriba. Simulan ser alambrados para contener animales pero son para contener turistas. Después noto que más adelante el alambrado tiene un segundo alambre eléctrico un poco por detrás y carteles de Peligro con dibujos de rayos. Hay estrategias de silencio y estrategias de clausura. Alambrados, puertas con candado y llave, ligustros muy tupidos por donde no pasan ni los perros, y carteles verdes prolijos en letra de imprenta: Clausura, prohibida la entrada de vehículos y peatones. Monasterio trapense, lugar de silencio y oración. Pinar, ayúdenos a preservar el clima de oración. No es lugar para pic nic, ni tomar sol, ni jugar a la pelota. Gracias. Pinar, este lugar forma parte del ambiente religioso del monasterio. Prohibido el acceso a vehículos, excepto con ancianos impedidos.

 

Basta que me digan que no puedo pasar para que me den unas ganas locas de saltar el alambrado. Yo podría recorrer todo en silencio total, podría no molestar. Mi cuerpo deambula buscando un hueco. Imposible. La oveja siempre queda dentro de los límites. Quiero ver la espalda de esto. El culo. Me empieza a agarrar bronca. La visita al monasterio trapense es la visita a la iglesia y al estacionamiento. Una prolijidad militar me empieza a poner nervioso. La grava. La poda. Las áreas restringidas.

 

A las 2 voy a otro oficio cantado. Un monje bosteza mucho. Me fijo cómo funciona ahora el intento de reducir al prójimo a su mínima expresión. No hay muecas, ni risas, ni llantos, ni comentarios. Son los extremistas del silencio. Salvo por los salmos. Si un monje es desentonado, ¿lo excomulgan, lo echan de la congregación? Ahora cantan: “Señor, recubre mi cabeza en el momento del combate. No satisfagas los deseos del malvado. Que se acumulen sobre ellos carbones encendidos, que caigan en lo profundo y no puedan levantarse. Que los difamadores no estén seguros en la tierra y la desgracia persiga a muerte al violento”. Copio estas líneas textuales del breviario. La salmodia es uniforme. No hay segundas voces. Hay tecladista de órgano sintetizado.

 

Terminan. Quedan las cuatro monjas en los bancos y un monje en el coro, sentado, orando. Ahora sí hay silencio. Por los vitrales se cuela una luz amarilla, oblicua. Y de golpe entran ellos. Los oigo primero. Susurran a los gritos. Sacan fotos con ese clic de obturador grabado de los celulares. Berta, Berta, grita uno en voz baja, Berta, sacale al techo, que no te vean. Quiero ver qué es ese ruido. Son tres parejas de motoqueros sesentones con ropa de Angeles del Infierno. Pantalones y camperas de cuero que crujen con cada paso, chillan en el roce, como una academia de globología en hora pico. Una de las monjitas sale del trance y se da vuelta espantada. Esto es cierto. Sucedió el 11 de abril del año 2014 a las 2:15 pm en el monasterio trapense Nuestra Señora de los Ángeles. Roberto Glorioso es testigo. Afuera los Ángeles del Infierno me piden que les saque fotos posando cada uno con su Harley Davidson y con el monasterio detrás.

 

Algo en mí ya se empieza a retorcer. Salgo por el camino. Hay sol y pasan lentas por el aire las telarañas. Las llaman babas del diablo. Los ángeles del infierno, las babas del diablo. Es eso. La verdad que no soy nada sin mi diablo, cantan los Babasónicos. A mí, al Señor de abajo, el que se hace el Whitman diciendo que contiene multitudes, a mí, que soy Legión, me vienen a someter a 8 horas de monasterio. En las arenas bailan los remolinos de mi demonio de Tasmania. Los alambres contienen a la bestia. La bestia turista. El turismo es pecado, dice Herzog y tiene razón. Quiero sentarme en una piedra. No se puede. Quiero caminar por la sierra. No se puede. Quiero verle el culo a la piedra. Pasa una mariposa color durazno. Y otra. Y otra. Pasa una oruga por las piedritas del camino. Quiero verle el culo a Dios. Pasa una mariposa blanca. ¿No ves que Dios está en todas partes, hijo mío? ¿No escuchas acaso el viento entre los árboles? Sí, pero quiero ver detrás de Dios. Quiero mirar el sol sin quedar ciego.

 

Llego a la ruta. Pienso en irme caminando hacia Azul. Que me encuentre la combi cuando nos venga a buscar. Hacerme el misterioso, el anacoreta que viaja a pie. Pero por ahí no me ven y alarmo a todos y me congelo en la ruta de noche. Me quiero ir de acá. ¿Por qué la bronca? ¿Qué te pasa? Hace casi 10 años que mi madre está en silencio. Su cerebro está en silencio. No sé dónde está. Le tengo rabia al silencio por lo mucho que perdí, dice Atahulapa, que no se quede callado quien quiera vivir feliz.

 

Vuelvo. Ya cae la noche. Estoy cansado. Quiero un dios que tenga culo. Los perros de la Trapa no ladran, me hace notar Roberto. Vemos el cielo rojo. Tomamos un té y entramos para el último oficio. Éste es a oscuras y es el más largo. Los monjes se congregan frente al vitral de la Virgen. Le cantan. Yo tenía hace tiempo una estampita de la Virgen Desatanudos con una errata. Decía, “Madre, desata los mudos”, con eme. La virgen de la errata. La Virgen Desata Mudos. Yo no quiero enmudecer como mi madre. Quiero decir y cantar. Podría creer en la Virgen, no en dios que me parece muy abstracto. El vitral de la Virgen es alto y rosado y amarillo. La Virgen sostiene a su hijo con un brazo y en la otra mano sostiene una luz o una flor. Los cánticos se elevan hacia ella. ¿Alguien sabe adónde está mi mamá?

 

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