#LaPalabraPrecisa

#40

Cuento

20/03/2015

Carolina Bugnone

Marzo

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Nació en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, en 1974. Se licenció en Psicología por la Universidad Nacional de La Plata, donde fue docente. Estudió música en la Escuela de Música Celia Torrá (Entre Ríos). Obtuvo el primer premio en el Certamen Osvaldo Soriano en Cuento en 2010 (Mar del Plata), y menciones en diversos concursos literarios de narrativa. En 2013 editó un libro de cuentos, "Hasta las seis hay tiempo", en el marco del proyecto Exposición de la Actual Narrativa Rioplatense, que puede descargarse en forma gratuita. Algunos de sus cuentos y poemas fueron publicados en revistas literarias digitales y blogs. Participa activamente como música (flauta traversa), además de su trabajo como psicoanalista.

 

Beto no llegaba. En la ventanilla me habían dicho que a las nueve, nueve y cuarto, tenía que estar llegando a Mar del Plata. Yo ya había caminado de dársena a dársena, había mirado el quiosco de revistas, había ido al baño. Las sandalias me apretaban, siempre se me hinchan los pies. Retención de líquidos, parece. Menos mal que hicieron esta terminal que por lo menos puedo distraerme un poco con las vidrieras, dije en voz alta, no me di cuenta. A veces me pasa, digo lo que pienso en voz alta. Estás chapita mader me dice Tomi. Y yo me río, los chicos tienen cada salida. Este año  empieza la facultad.

 

Me estaba cansando, hacía casi media hora que daba vueltas y Beto no llegaba.

 

Esto de tener las vacaciones al revés… Beto se había ido a ver a la madre a Córdoba, este año no lo acompañé, mucho gasto. Increíble que se podía andar por la terminal sin chocarse turistas. Cada marzo me vuelvo a asombrar. Y como ya hacía cuarenta minutos que estaba ahí, sola, y no estaba Tomi ni nadie de la familia, pasé por un quiosco y compré puchos. Total si viene el colectivo de Beto lo tiro enseguida, me meto un chicle, ya está, pensé. O lo dije.

 

Y ahí estaba, sentada, con el jean que me apretaba porque engordé un poco este verano, las sandalias reventándome los dedos y el pucho en la mano. Si me hubiera visto  Tomi… Pero la culpa no me venció, terminé ese y me prendí otro. Me senté en uno de los bancos de afuera, estaba fresco pero igual me quedé. Una chica se me sentó al lado. Se ve que yo estaba en otra porque no me di cuenta enseguida. Mientras miraba las dársenas vacías se me iba la mente en millones de cosas: Tomi y la facultad, mi sobrino y si le habría rendido el chiringo en playa Varesse, mi suegra y su trombosis, mi papá, el geriátrico, las cuotas, Beto. Y en cómo me apretaba el jean, porque también pienso en eso. Desde la menopausia me siento un chancho.

 

En una de esas bajé la vista y vi las piernas flaquitas de la chica a mi lado, tenía un jean tipo elastizado, son dos palillos esas piernas, pensé. ¿Será anoréxica? Qué flagelo ése, dije en voz alta. La chica me miró y bajó los ojos enseguida. Me pidió un cigarrillo y le di. Tenía pinta de pobre piba, la ropa medio sucia, rota, los ojos tristes. Me acuerdo que pensé qué pena una chica tan joven con esas ojeras y esa facha. Y tan flaca. Comenté algo como que qué desastre estas empresas de colectivos, hacen lo que quieren, llegan a cualquier hora y lo que aumentaron, tendrían que hacer como el DNI cultural y cobrarnos menos a los que vivimos acá. La chica me miró de nuevo y no me dijo nada. Ahí, recién ahí, me di cuenta que se agarraba la panza; la pancita, en realidad.

 

¿Estás embarazada?, le dije. Pitó, miró para el costado, me hizo que sí con la cabeza. No me animé a decirle que no fumara, me mordí la lengua. Tomi me machaca que no puedo andar haciendo de madre con todo el mundo, debe tener razón. Pero después de cinco minutos en silencio, le dije. ¿Y no tendrías que dejar de fumar? Disculpá  que me meta, querida. La chica no reaccionó ni bien ni mal, no me dio pelota. Me pareció que estaba un poco ida. Dejé de pensar en Beto. Dejé de fumar por un momento. Pensé en la chica. Le clavé los ojos.

 

Me leyó el pensamiento, me miró de nuevo, me habló. ¿Vos tenés hijos? Sí, contesté automáticamente, rápido, no di tiempo a que quedara espacio entre su voz y la mía. Los hijos son lo mejor de la vida, agregué. Sonrió, pero sonrió feo. No se la veía contenta cuando sonrió. Capaz se rió de mí, ahora que lo pienso. No me puedo quedar callada, por qué habré dicho eso, andá a saber si quiere o no tener a su hijo, si tiene novio, marido, padres, pensé. No me contestó. Terminó el cigarrillo,  pisó la colilla, me pidió si le convidaba otro. Le mentí que no tenía más. Por el bebé.

 

Ya había empezado a hacer frío, acá empieza pronto el otoño, mucho antes del veintiuno de marzo. Se vacían las playas, la terminal y la temperatura. Me puse el chaleco sobre la remera manga larga, le dije si no tenía frío. Me dijo que un poco pero que no pasaba nada. Le pregunté si estaba esperando a alguien, o si se estaba por ir, aunque no tenía ninguna valija. Sin mirarme me dijo que no. Entendí que era un no a las dos cosas. Ah, contesté. Y me mordí la lengua para no seguir haciéndole preguntas. Me duró cinco minutos, al final le pregunté. ¿Estás sola vos? ¿El papá de la criatura? La chica volvió a sonreír feo. Seré pesada pero me doy cuenta cuando los gestos responden. Ya había entendido. ¿Te puedo preguntar qué hacés acá, querida? Nada. Voy a dormir acá.

 

Yo no sé si es que me estoy poniendo vieja o qué, pero la garganta se me cerró como cuando me dijeron que mamá se había muerto, o cuando decidimos con mi hermana que papá tenía que ir a un geriátrico. Por un momento me sentí una vieja tonta quejándose de boludeces. Sé que la chica se dio cuenta de que lagrimeé por cómo me miró, además a mí se me nota todo. Casi le digo de ir a dormir a casa. Pero Beto lo iba a tomar a mal, me iba a decir que era una loca arriesgada, metida en cosas ajenas, Tomi igual. Yo misma pensaba en la posibilidad de que la chica fuera una ladrona encubierta y aprovechara la oportunidad para robarme. La chica tosió, se rascó la cabeza, se quedó con los ojos sobre la dársena, no miraba nada.

 

De repente vi que el colectivo de Beto había entrado, estacionaba a unos pasos de donde lo estaba esperando. Eran las diez y media de la noche.

 

Con la garganta todavía cerrada, saqué el paquete de cigarrillos, se lo dejé en la falda, me paré y me fui. Suerte, fue lo único que me salió decirle. Sentí que el verano se estaba yendo y también se me estaba yendo alguna otra cosa.

 

Caminé hasta el colectivo, y mientras esperaba que Beto apareciera por la puerta, miré a la chica por última vez.

 

Se rascó la cabeza, miró para el costado, se agarró la panza  Se estaba prendiendo otro pucho.

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