#LaPalabraPrecisa

#372

25/06/2021

 

La columna

Daniel Moyano


El niño trepó por la columna de la galería y sintió otra vez aquella sensación. Había advertido que a medida que subía, trepando como si sus manos y sus piernas fuesen una gran mano que se abre y se cierra, la sensación aumentaba. La había descubierto hacía pocos días, y era una sensación nueva, fuerte y desconocida. No se animaba a subir más allá de la mitad de la columna, dividida por un anillo metálico, porque, según aumentaba la sensación a medida que trepaba, allá arriba sería insoportable. Nacía en un punto fijo, entre las piernas, pero en realidad se extendía por todo el cuerpo como un temblor interno.

Ahora trepaba por la columna, un poco para provocar la sensación aquella y otro poco para ver algo de la calle por encima de la tapia, porque le habían prohibido salir a causa del peligro de los vehículos. Desde la mitad de la columna veía una parte de la calle, los automóviles de distintos colores, la esquina donde había una torre con un pararrayos. Desde el patio, en cambio, podía ver perfectamente el pararrayos pero no la torre que lo sustentaba. Y suponía que trepando hasta el cielorraso de la galería vería incluso el monumento de la plaza cercana, el caballo y el hombre saltando hacia la cordillera.

Pero había trepado también para olvidarse de la cara de Isidro y de los ojos huidizos de la madre.

Cuando sintió aquello por primera vez le hubiera preguntado a su madre para que le explicase qué era y por qué lo sentía, pero desde hacía un tiempo, desde la aparición de Isidro, la madre, cuando él le preguntaba alguna cosa, huía con los ojos. Quizás el talabartero que ocupaba el cuarto vecino pudiera revelarle el secreto; pero el hombre escondía siempre, cuando hablaba con él, detrás de una sonrisa siempre idéntica, todo lo que sin duda sabía. Isidro era adulto y sabía todas las cosas; pero jamás le hubiera preguntado nada a él.

Los ojos de la madre, cuando huían, se parecían a los de Isidro. Isidro no era un tío ni nada que se le pareciese; había aparecido no se sabía de dónde y, de vez en cuando, entraba en la pieza de la madre. Lo había visto entrar una vez. Isidro cerró la puerta y lo miró a él, que estaba en la galería, con los mismos ojos de su madre. Él se apoyó contra la columna. Era la siesta y había mucho silencio en la casa. El talabartero que pasaba, lo miró un instante, no sonrió y su cara tuvo el aspecto de sus manos. Sabía que también el talabartero había visto entrar a Isidro. Miró un rato la puerta hasta que se abrió para mostrar solo la mitad de su madre. Ella lo miró, aunque sus ojos parecían dirigidos a un punto fijo de la tapia de enfrente, y le dijo que si quería podía ir a la vereda, pero que no bajase a la calle. Desde el cuarto venía el rumor de un ventilador. La madre cerró otra vez la puerta y dio una vuelta a la llave.

Desde que Isidro empezó a entrar, él tuvo libertad para ir a la vereda a ver pasar los autos. Pero no lo hizo nunca porque tenía miedo de que los autos lo aplastaran como al perro del talabartero. Solamente la cabeza, con la boca abierta, coincidía con la imagen anterior del animal. El resto había mudado bruscamente descubriendo para él las cosas que hay adentro, sangre, huesos y visceras. “Es el estómago”, le dijo el talabartero cuando él le preguntó por esa especie de bolsa que parecía inflada. El basurero no pasaría hasta el lunes y el estómago se había inflado en el tacho. La cabeza identificable había quedado en el fondo del mismo, tapada con hojas y papeles, y los restos de las patas sobresalían por los bordes. El temor que sentía no era tanto por él sino por el perro. Si salía a la calle, el estómago del animal quedaría otra vez al aire libre, indefenso en medio del día hasta que lo llevase el basurero.

Cuando la madre cerró la puerta dejó de oír el rumor del ventilador y se paseó por la galería. No iría a la calle, el patio estaba desierto y la casa silenciosa. Caminó mucho, contó las baldosas y subió luego a la pileta de lavar para ver hacia la calle. Desde allí vio el dedo extendido del jinete del monumento y se dijo que trepando por la columna quizás pudiese ver mucho más. Cuando lo hizo descubrió la sensación.

Ahora la madre había cerrado otra vez la puerta y él tenía otra vez la posibilidad de ir a la vereda pero el miedo lo detenía. Sin embargo, su temor no era ahora por el perro sino por Isidro. Menos mal que el fantasma del hombre podía borrarse trepando a la columna para sentir aquello que aumentaba hacia arriba. Pensaba que Isidro, allá adentro le estaba hablando a su madre con la frente. No le gustaban los ojos de Isidro, pero no porque fuesen huidizos como los de la madre sino por la frente. Era una frente ancha, con un brillo opaco hacia la parte en que nacía el cabello. Tenía unas arrugas profundas, como labios, en el medio y cerca de las sienes. Pocas veces había oído hablar a Isidro, pero se le ocurría, recordando las palabras, que la voz brotaba de la frente, de las arrugas mientras la boca permanecía cerrada. El hombre tenía los ojos altos y costaba llegar a ellos porque parecía que allá los ojos tenían resplandores súbitos y desconocidos, quizás como la sensación multiplicada en lo alto de la columna. Hasta el anillo metálico, la sensación era más bien dulce, pero allá, creciendo, se volvía intolerable. Los ojos de Isidro también crecían.

Miró la puerta cerrada, detrás de la cual sin duda, estaba la frente de Isidro. El recuerdo de la sensación aquella volvió otra vez y tomó la columna con ambas manos, como vacilando. Se dijo, para evitar la certeza de que trepaba solamente en procura de aquella sensación, que aunque contase con la autorización de la madre para salir a la vereda y ver la calle, prefería hacerlo desde la mitad de la columna, como otras veces, para salvar al perro del tarro de la basura y permitir que su estómago siguiese tibio y abrigado debajo de la piel salvadora. Alzó los pies y comenzó a trepar dejando que la columna, presionada, se deslizase entre sus piernas. La sensación llegó como un viento cálido al lugar que se sabía y él tuvo miedo de sentirla con ese miedo morosamente perseguido, buscado, acosado. La sensación aumentó hasta la mitad de la columna. Allí se detuvo, para que no creciera. En ese instante apareció el talabartero con su delantal de cuero y sus manos como inútiles, parecidas por el color al cuero del delantal. Él permanecía aferrado a la columna, objeto de su secreto placer, y se avergonzaba de que el hombre lo mirase y descubriese lo que estaba sintiendo. “Estoy mirando la calle”, dijo, y el hombre sonrió y él vio que en su sonrisa no había conocimiento de lo que él sentía, porque si lo hubiera sabido sin duda se lo habría reprobado según la vieja costumbre de los adultos, que por razones incomprensibles prohibían todo lo que significase placer. Bajó en un solo deslizamiento y mirando al talabartero le dijo que no tenía la frente como Isidro. El hombre sonrió, hizo un guiño y le dijo que tenía que quererlo a Isidro. Cuando él dijo que jamás lo haría, el hombre afirmó que de todos modos tendría que quererlo porque desde ahora el hombre era el padre. El niño sonrió ante la ingenuidad del talabartero, que creía que un hombre salido hacía poco de la multitud podía ser su padre. Él había oído decir un día que su padre no valía nada, que estaba muy lejos afortunadamente y que lo mejor que podían hacer con él, si volvía, era tirarlo al tarro de la basura. Entonces el talabartero antes de que la sonrisa del niño cesase en su rostro, le dijo que sabía perfectamente que no era su padre, pero que en todo caso era como su padre. Cuando cesó la sonrisa, el talabartero había desaparecido por la puerta que daba a la calle.

Miró otra vez la puerta de la pieza de la madre y no supo en qué pensó primero: si en la sensación interrumpida por el talabartero o en el dedo del jinete extendido hacia las nieves lejanas. Tomó otra vez la columna y trepó hasta la mitad. La sensación fue dulce y violenta. Se dijo que si alcanzaba a ver al caballo y al jinete plenamente, desde lo más alto, la sensación lo destrozaría. Pasó sobre el anillo metálico que dividía la columna y trepó un poco más. La sensación se hizo más violenta y se sintió desfallecer. Cuando viera al jinete, sin duda moriría. Hizo un nuevo esfuerzo y alcanzó la parte final de la columna, sintiendo sobre su cabeza la proximidad del cielorraso de madera. Vio los increíbles dibujos de las vetas y el paso fugaz de una araña. Se aferró fuertemente a la columna poniendo todo su cuerpo contra ella para apurar quién sabe hasta dónde aquella horrible e inevitable sensación. Y en vez de mirar hacia la estatua, que había comenzado ya a mostrarle el caballo y parte del jinete, miró hacia la habitación de la madre, por la banderola abierta. El ventilador giraba enloquecido. Ella estaba desnuda, boca arriba, con los ojos cerrados y un sudor en la frente que le daba un brillo similar a la frente de Isidro. Este, con los ojos abiertos, a su lado y desnudo también, parecía estar mirando hacia la banderola

La visión duró un instante. Sus manos y sus piernas abandonaron súbitamente la columna. Se deslizaba hacia el suelo viendo que se agrandaban los cuadros de las baldosas. El caballo y el jinete habían desaparecido. El estómago del perro volvió a la memoria y parecía inflarse, una y otra vez dentro de su cabeza.

 

Este cuento pertenece a Mi música es para esta gente. Cuentos Completos, publicado por Caballo Negro Editora. Agradecemos al hijo del autor, Ricardo Moyano.

 

 

 

 

 

 

 

Daniel Moyano nació en Buenos Aires el 6 de octubre de 1930. Murió en Madrid, el 1 de julio de 1992. Pasó su infancia en la ciudad de Córdoba y luego se radicó en la provincia de La Rioja, donde ejerció como profesor de música e integró el Cuarteto de Cuerdas de la Dirección de Cultura de esa provincia. Allí formó su familia y escribió gran parte de su obra literaria. Durante la última dictadura militar argentina fue encarcelado en La Rioja. Una vez liberado, se exilió en España, donde vivió hasta su muerte. Allí fue obrero en una fábrica de maquetación y, posteriormente, ejerció la crítica literaria para el diario El Mundo.

Sin duda, la suya es una de las obras más originales de la narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX. Sus ocho libros de cuentos y siete novelas contienen una reflexión, dinámica, no cerrada en sí misma, sobre la condición humana, sobre la entidad de la realidad y las posibilidades del lenguaje para dar cuenta de ella.

 

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