#LaPalabraPrecisa

#369

03/06/2021

 

Cita en un bar

Daniel Moyano


Después de cinco años de fervor matrimonial Juan Tadeo descubrió que su mujer tenía un amante. Esa tarde, a las cinco en punto, debía encontrarse con él en un bar céntrico para aclarar el problema, ya que el amante, de nombre Héctor (Tadeo no pudo recordar nunca su apellido), ignoraba que ella fuese casada y lo había tomado a él, el pobre Juan Tadeo, como otro amante, argumentando,en la breve entrevista que tuvieron, que ella le pertenecía desde muchos años antes. La mujer se había quedado muda, mordiéndose los labios y fingiendo luego un desmayo, y Juan, asustado por el estado de su esposa, le dijo al otro que se verían al día siguiente en un bar. El otro se apresuró a aceptar esa proposición, de la que pensaba quizás obtener derechos aún mayores que los que ya poseía sobre la mujer, y después de dirigirle duras palabras de amenaza partió por la misma calle por donde había aparecido. Ante un breve deseo de la mujer, Juan la llevó a la casa de unos parientes y esa noche, en vez de acostarse, deambuló por la ciudad, cuyas calles, pasadas las doce de la noche, parecían acabarse en cada esquina, parecían volverse intransitables para impedirle que se evadiera de algún modo de la desgracia que acababa de ocurrirle. Con esta angustia que le producían las calles anduvo hasta el amanecer y, bien entrada la mañana, llegó a su casa y se acostó. Cuando se despertó sobresaltado, a las cuatro de la tarde, y sintió la inminencia del terrible compromiso que debía afrontar, pensó que, en el orden que le fabricaba su angustia, ese paseo de la noche, con sus calles cortadas, continuaría ahora, pero esta vez con un siniestro acompañante que no lo dejaría equivocarse.

Las dos avenidas se cortaban allí, en esa esquina, llenas de gente. Casi no se podía caminar. Cruzar la calle era una aventura. Tres de las esquinas estaban ocupadas por enormes rascacielos. En la cuarta se conservaba un viejo edificio de una sola planta, con un enorme salón donde funcionaba el bar fijado para la cita. A esa hora de la tarde, contrariamente a lo habitual, el bar estaba casi vacío. Sólo cinco o seis mesas estaban ocupadas por graves señores soñolientos. Los mozos, con sus trajes blancos arrugados, conversaban en voz baja apoyados al enorme mostrador. El cajero había dejado a un lado la revista de historietas y dormitaba. Un mozo,en una mesa vecina, dormitaba también conservando aún en la mano una franela grasienta.

Juan Tadeo, después de vacilar un instante en la esquina, miró su reloj y entró. Observó a los tres o cuatro sujetos que sorbían su café y fue resueltamente a sentarse a la mesa que previamente había elegido, de manera que le permitiera ver libremente hacia la calle por las dos grandes ventanas y la puerta. Mientras se dirigía a la mesa vio o vislumbró el fondo del salón, ausente y vacío. Se sentó de espaldas al resto del salón, mirando hacia la calle. Por instantes la gente parecía detenida, al no poder desplazarse con facilidad. Pidió un café con una seña y volvió a mirar el reloj. Eran las cinco menos cinco. Hacía años que no iba a un bar. El lugar le pareció extraño, inauténtico.

Había salido de su casa a las cinco menos veinte, con el tiempo justo para llegar puntualmente a la hora de la cita con Héctor, esa especie de marido de su mujer salido de la multitud. Miró el techo, las mesas, las ventanas, y pensó que todo ese ámbito pertenecía al hombre que esperaba. Había olvidado su apellido y apenas si recordaba los rasgos de su rostro, pues lo había conocido la noche anterior, y en una calle bastante oscura, pero Héctor sin duda lo recordaba a él y a las cinco en punto, que ya eran, no podrían dejar de reconocerse mutuamente.

En eso entró un hombre. Juan lo miró detenidamente. Tenía gruesos bigotes negros y cabello lacio, como Héctor. Pero no era él. El hombre se sentó a una mesa vecina y pidió un café, después consultó su reloj nerviosamente, controlándolo con el reloj de pared que pendía frente a ellos, y miró a Tadeo inquisitivamente.

Todavía desde el centro de su resistencia, Juan Tadeo se desesperaba no por los hechos ni los personajes sino por la trama misma. Había sido siempre un hombre muy individualista. Siempre había tenido una mujer, un hogar, una religión, y en el amor de su mujer, como en el resto de su patrimonio, se sentía diferenciado, separado de esa multitud anónima que siempre había odiado y que ahora parecía estar detenida entre esas dos avenidas por donde debía aparecer Héctor.

Otro hombre entró al bar. Juan lo miró fijamente. Tampoco era Héctor. El mozo le trajo el café que había pedido, volvió y trajo otro para el hombre de cabellos lacios y bigotes negros, que de vez en cuando miraba a Tadeo sosteniendo largamente la mirada que éste le devolvía.

Endulzó el café y miró bruscamente hacia afuera. En ese instante entraba un hombre que buscaba ubicación o quizás a alguien, con los ojos agudamente extendidos. Se miraron de frente, un instante solo. El hombre desvió los ojos y se fue hacia el fondo. Pensó que ese no podía ser. Héctor, recordaba, era morocho, y éste, en cambio, rubio. Sin embargo se parecía extraordinariamente a lo que él podía recordar de Héctor.

Mientras sorbía el café midió en toda su magnitud lo que tendría que afrontar cuando llegase el hombre. Le revelaría sin duda cosas monstruosas que ya le había insinuado aquella noche y que ahora explicaría con lujo de detalles. Por lo que había podido ver, era un hombre tosco, de expresiones directas y efectivas. Uno de esos pergeños de la multitud que él tanto había temido. Se acordaba ahora de una noche, cuando tenía diecisiete años, en que volvía de la academia donde estudiaba dactilografía. En un instante una patota de muchachos lo había rodeado. Él se detuvo sin decir nada. Los otros tampoco decían nada. El silencio parecía querer prolongarse indefinidamente. Al fin el que parecía menos importante de todos le pidió un cigarrillo. Cuando se lo estaba dando sintió que lo mojaban por atrás. Giró la cabeza y vio que un flaco, rubio y pálido, estaba orinándolo. Todos se echaron a reír y lo dejaron pasar. Lleno de humillación empezó a caminar, pero todos lo seguían. Entre ellos había un hombre bastante entrado en años. Un negrito bajo y desharrapado, con la barba muy crecida, corría suavemente delante de él, orinando. Una larga línea húmeda que absorbía la tierra quedaba a sus espaldas. Era increíble la cantidad de orina que el negrito había derramado.

En esa línea húmeda se detuvieron sus recuerdos. La hora de la cita pasaba velozmente y Tadeo pensó que quizás el hombre y su mujer se habían confabulado para ocultarle lo que le restaba por saber y privarlo así de toda participación en los hechos.

El hombre de cabellos lacios y bigotes negros que estaba próximo a él seguía mirándolo fijamente. Tadeo, que en el primer momento vio la posibilidad de que éste fuera el hombre que esperaba, tuvo de pronto la sensación violenta de que en verdad lo era. El rostro de Héctor se le desfiguraba, se iba de su mente, se perdía entre miles de rostros idénticos, pero he aquí que este hombre se lo restituía, violentamente, como una llama recibida de súbito en pleno rostro. Advirtió entonces que desde que entró tuvo intención de hablarlo, de preguntarle si él era Héctor, y no se explicaba por qué no lo había hecho ya. Ahora se daba cuenta de que entre él y este hombre había cierto tácito acercamiento. La actitud de espera y de nerviosismo que delataba era igual a la suya. Pero no se animaba a hablarle por temor de que fuera y no fuera elhombre que esperaba. El hombre hizo al fin un gesto de fastidio y llamó al mozo para pagarle. Tadeo pensó que no debía dejarlo ir. Titubeó un instante y quiso preguntarle por su identidad pero se sorprendió pidiéndole fuego. El otro, sin mirarlo casi, sacó un encendedor automático, al mismo tiempo que él sacaba los cigarrillos de un bolsillo interno. Al fin pudo hablar y le dijo, mientras el otro se paraba, le preguntó si por casualidad se llamaba Héctor. El hombre abrió los ojos lentamente, lo miró bien y le dijo no en voz baja.

De pronto entraron cinco o seis más. Los miró uno por uno. Ninguno de ellos era el hombre, se dijo, y sin embargo se le parecían. Luego pensó que nadie quizás se parecía a Héctor sino que él había perdido los rasgos en su memoria. Sin embargo lo recordaba: la frente, el ángulo facial, la boca, las cejas pobladas. Cerró los ojos. Ahora todos se le parecían nuevamente. Adjudicó a su nerviosidad esta propensión a confundirlos. Sin duda cuando realmente llegara, se reconocerían en el acto. Pero eran ya las seis menos veinte y no llegaba. Cada vez entraba más gente, lo cual lo obligaba a rápidas apreciaciones fisonómicas que sus nervios no querían tolerar. No podía mirarlos detenidamente, escasamente lograba distinguirlos y muchos de los que apenas podía advertir se parecían realmente al hombre que esperaba. Miró hacia atrás; muchas mesas estaban ocupadas. La gente seguía entrando. Al rato estaba colmado casi todo el salón y quedaban muy pocas mesas disponibles. Miró hacia la calle. La multitud parecía girar interminablemente en una gran curva que él desconocía. Alguno de estos debía ser Héctor, allí o en cualquier parte. “Dios mío”, dijo, y sintió asco, de todos y de sí mismo. Miraba los pantalones, los zapatos, las manos de los que pasaban, y veía en ellos una amenaza terrible, se sentía inauténtico y como aplastado por esa multitud que colmaba las calles.

Pidió otro café, lo bebió lentamente, fumó otro cigarrillo. Eran las seis de la tarde y sin duda el otro ya no vendría. Tenía sueño. Se sorprendió cerrando los ojos. Pero aunque los ojos se cerrasen, la mente no dejaba un instante de trabajar, de mostrarle vericuetos y callejones sin salida. Miró otra vez hacia el fondo. El salón estaba completamente lleno y un rumor denso, opaco, inexpresivo, llenaba el ámbito. Estuvo un rato mirando hacia adentro. Creyó que todos lo miraban a él, como si todos ellos fuesen Héctor y le reclamaran la hora de la cita para contarle, por turno, monstruosos detalles que jamás se hubiera atrevido a imaginar. Volvió espantado el rostro hacia la puerta y se levantó. Miró hacia la calle. La gente seguía entrando. Se paró en la puerta. Los que entraban, presurosos, consultando sus relojes, lo miraban un instante. Tadeo pensó que se debía a que él molestaba parado allí,en medio de la puerta. Cuando por fin salió y se encontró en la calle sintió que esa multitud de seres activos, conscientes, que vivían y sufrían, que fornicaban unos con otros, sin distinción y sin piedad, lo incluían ahora a él mismo en ese éxodo doloroso, y le pareció que iba hacia un pozo del cual ya nadie podría salvarlo. Pensó que tendría que hacerse otro hombre, otra vez hombre, pertenecer a esa multitud que hacía el mal y sufría y mirarse desde ella, el hombre que ahora era, mirarse con tristeza y con odio. Metió las manos, ya inútiles, en los bolsillos, y, con este pensamiento apretado entre los dientes, empezó a caminar.


Este cuento pertenece al libro Mi música es para esta gente. Cuentos Completos. Publicado por Caballo Negro Editora.

Agradecemos a Ricardo Moyano, hijo del autor.

 

 

 

Daniel Moyano nació en Buenos Aires el 6 de octubre de 1930. Murió en Madrid, el 1 de julio de 1992. Pasó su infancia en la ciudad de Córdoba y luego se radicó en la provincia de La Rioja, donde ejerció como profesor de música e integró el Cuarteto de Cuerdas de la Dirección de Cultura de esa provincia. Allí formó su familia y escribió gran parte de su obra literaria. Durante la última dictadura militar argentina fue encarcelado en La Rioja. Una vez liberado, se exilió en España, donde vivió hasta su muerte. Allí fue obrero en una fábrica de maquetación y, posteriormente, ejerció la crítica literaria para el diario El Mundo.

Sin duda, la suya es una de las obras más originales de la narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX. Sus ocho libros de cuentos y siete novelas contienen una reflexión, dinámica, no cerrada en sí misma, sobre la condición humana, sobre la entidad de la realidad y las posibilidades del lenguaje para dar cuenta de ella.

 

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