#LaPalabraPrecisa

#315

22/05/2020

 

El cazador

Esther Cross

 

         “Plagas”, dijo mi viejo, apretando el vientre de la paloma con el taco de la bota.  Había olor a pólvora.  Levanté el cartucho  Orbea, vacío, para mi colección.  Marcaba con una cruz los que daban en el blanco. Dejaba sin marcar los pocos que habían fallado. La paloma era gorda, tenía el pecho claro y mullido como las palomas de  ciudad; enorme en comparación con las torcazas del campo,  pardas, chicas, con un borde negro en los ojos.  No sabíamos de dónde venían.   Del buche salieron granos  frescos, enteros; podías contarlos.

    La paloma se había llenado el buche  en el lote de al lado y había levantado vuelo hasta el monte. La vimos desde abajo.  La señalé con el dedo.   El tiro la alcanzó enseguida  y cayó temblando un poco.  Mi viejo se acercó, la dio vuelta con la punta de la bota, la pisó, nos explicó y siguió adelante,  con la Centauro  apuntando al suelo.  Mi hermano mayor le pasó dos cartuchos nuevos. Mi hermanito llevaba una rama larga en la mano y la arrastraba por el pasto.

       Dejábamos las palomas muertas tiradas en el monte.  Varias veces volvimos  a buscarlas. Las encontrábamos agusanadas o desinfladas.  Un par de veces nos encontramos, en cambio,  con que  ya no estaban.  Una tarde, vimos manchas de sangre que se perdían al llegar a un matorral.  Mi hermanito  y yo pensamos que la paloma agonizaba escondida entre las ramas.  Sentíamos su mirada clavada en nosotros. Mi hermano mayor pensó que un animal se la había llevado.  Otra vez, Athos, el gran danés, encontró la paloma muerta y la trajo para jugar.  Salimos corriendo espantados.  Más rápido corríamos, más rápido corría Athos  con la paloma en la boca.   Su carrera la daba un poco de coherencia a nuestra estupidez de trompo humano.  Estábamos dispuestos a cualquier cosa antes de que Athos nos tirara la paloma como hacía con la pelota en el jardín cuando le jugábamos.  No entendía que no queríamos jugar.

       Mi viejo a veces apuntaba con la escopeta para mostrarnos algo, sin tirar.  Pasaba una bandada de patos y la filmaba con la mira de su Centauro.  Una vez  fue una formación de flamencos.  Pero lo que más le gustaba  mostrarnos era el juego del chimango y la tijereta.  Volaban planeando en el aire.

      Señalábamos con el dedo  cuando veíamos algo entre las ramas de los árboles.  “Ahí,” y él tiraba.  Los eucaliptos eran tan viejos que en la inundación se caían solos porque las raíces  no prendían bien.  Habían crecido soltándose de la tierra.  Algunas tardes oíamos el silbido tétrico del árbol hamacándose en el viento y de pronto el golpe contra el agua.  Esa tarde mi viejo también mató un chimango que volaba cerca del alambrado, a unos metros de los gallineros.  “Esperaba el momento”, dijimos.

       Mi viejo caminaba con cuidado para no hacer ruido, con mis dos hermanos detrás, imitándolo.  Yo iba última, me demoraba  y los corría.  Después de pasar  el claro,  mi viejo  hizo una seña.  Se dio vuelta, apuntó con la escopeta.  Pero cuando disparó no oímos el ruido que hacen los cuerpos muertos al desplomarse. Vimos el pájaro cayendo y resistiendo a la vez, y corrimos a mirar.

      La paloma se golpeaba el cuerpo con las alas, en un vuelo raso y torpe. Cuando nos acercamos se nos vino encima.  Salió de la sombra que formaban unos arbustos. Después se quedó ahí, con las alas plegadas, los ojos negros abiertos, latiendo los ojos, se hinchaba y deshinchaba al respirar.  Mi viejo  la remató de un tiro.  La paloma cayó de costado.  Me quedé mirándola un rato. Dije: “Vamos”.  No me animaba a volver sola.

      Mi viejo encontró un pichón de paloma a unos metros.  Lo agarró con el sombrero.  Nos dijo que era un regalo y lo llevamos a casa entre los tres, haciendo planes.  Me guardé el cartucho que dio y no dio en el blanco, el que tendría que haber marcado y no tendría que haber marcado con una cruz.

 

EC. Del libro de cuentos Tres hermanos,  Tusquets, 2016

 

 

 

 

 

Esther Cross (Buenos Aires, 1961) es escritora y traductora.  Publicó varios libros de cuentos y novelas, entre ellos Kavanagh, Radiana, La señorita Porcel y La mujer que escribió Frankenstein. Editó y publicó un libro de entrevistas a Borges y otro a Bioy Casares, en colaboración con Félix della Paolera. Sus libros recibieron distintos premios en Argentina y el exterior, como el de la Fundación Fortabat, el Regional de Novela y el de Narrativa Siglo XXI. Recibió las becas Fulbright y Civitella Ranieri.  Su último libro es Tres hermanos.

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