#LaPalabraPrecisa

#302

21/02/2020

 

Manco

Mariano Quirós

 

Amanecía en Paso de la Patria y en la arena de la playa los ánimos venían mal dispuestos. Hacía dos horas, no mucho más, que Luis había subido hasta el parador diciendo que un grupo de correntinos lo estaba buscando. En ese momento no le di más importancia de la que merecía. Luis es un chico complicado, vive metiéndose en problemas, y si alguien lo estaba buscando era posible que lo hubiese merecido.

Quedáte por acá, le dije. En ningún otro lugar podría estar más seguro. El parador, si bien caótico y sucio, ofrecía margen para escabullirse si las cosas se ponían difíciles. Pero no era un refugio lo que Luis estaba buscando. Habíamos bebido demasiado —durante todas esas vacaciones habíamos bebido demasiado, como tarambanas— y tarde o temprano acabaríamos peleando.

Después de hablar conmigo, Luis siguió su recorrida por el parador, advirtiendo a todo aquel que quisiera escucharlo que un grupo de correntinos lo estaba buscando.

Lo único que yo quería en ese momento era que bajaran un poco la música. Había conseguido que un par de chicas me prestara atención, pero el volumen tan alto me obligaba a gritar y la voz me salía distorsionada y un tanto aguda. De todos modos, las chicas estaban aún más borrachas que yo y no parecía que anduvieran detrás de alguien que les hablara. Se reían y daban grititos, como si todo alrededor les resultara excitante.

Creo que nunca en mi vida transpiré tanto, dijo una.

Nunca en mi vida vi tanta gente metida en un mismo lugar, dijo la otra.

Vamos al agua, dijeron casi en simultáneo y comenzaron a bajar del parador arrastrándome con ellas. No tenía ganas de ir al agua y, a los gritos, conseguí decirles que fueran ellas, que yo buscaba un par de cervezas y después las seguía. No tardé en perderlas de vista.

Ya en la barra pedí otra lata de cerveza y me acodé en un rincón, lejos de los bafles y mirando hacia el río. El Paraná se veía aceitoso, como invadido por manchones de petróleo. Esforcé un poco la vista y distinguí a las dos chicas que hasta hacía un minuto hablaban conmigo: se habían quitado la ropa y corrían por la arena, al borde del agua, en bombacha y corpiño. Un grupo de muchachos les festejaba la aparente audacia, sin animarse a ser partícipe de aquella extraña alegría.

Al rato empezó la pelea. De pronto quienes corrían por la arena ya no eran las chicas, eran, en principio, formas extrañas y más bien tumultuosas. Por mera intuición reconocí a Luis en medio de ese escándalo. Lata en mano, caminé un par de metros hacia la orillla. A medida que avanzaba, las imágenes iban adquieriemdo nitidez. No pasó un minuto que ya era un buen grupo el que corría de una punta a la otra de la playa. Parecían perros que jugaban así, al tuntún, como juegan los perros cuando los llevan a la playa. Alguna gente que se mantenía en el parador pese al lío allá abajo empezó a inquietarse. ¿Quiénes son? ¿Qué pasó? ¿Por qué corren?

Busqué alguna otra cara conocida, alguien más confiable que Luis, pero de momento debí conformarme con reconocer la situación, la trifulca inminente. Los gritos, que sonaban en tono amenazante, no eran en realidad más que onomatopeyas. Eran gritos incomprensibles, gritos de pelea.

Por algún sentido de responsabilidad me moví hacia el tumulto y entonces sí pude reconocer otros rostros familiares. Luis y un par de amigos más —digamos, dos o tres amigos más— habían encontrado al fin a su grupo de correntinos. Alguien, uno de mis amigos, gritó mi nombre y ese grito bastó para meterme en la pelea.

Semejante revelación me limpió parte de la borrachera. Hice un paneo rápido y deduje que, con mi intervención, la contienda se haría un tanto más equilibrada. No quiero decir que yo fuese buen peleador, pero al menos podía sumar en cantidad.

El asunto es que ahora estábamos esparcidos en la arena, un grupo revoltoso pero de alguna manera bien ordenado. Tardé en darme cuenta de que todavía tenía la lata de cerveza apretada en una mano. Apuré un trago lo más hondo posible, tiré la lata y después improvisé una especie de guardia.

Estudié por última vez el panorama y apunté al único de los correntinos que había quedado libre. Antes, sin embargo, de iniciar mi arremetida descubrí que el tipo era manco. Me frené en seco, aturdido. El correntino, un muchacho alto y fibroso, con cara de policía, me miró y me señaló con el dedo índice de su única mano, la derecha.

Yo había quedado de espaldas al río y lo lamenté. Me gusta el Paraná, me gusta mirarlo, me gusta cómo es un río distinto a cada hora del día. Qué tipo de río era el Paraná en aquel momento.

Por detrás del manco apenas si podía verse el sol asomando. Sentí ardor en los ojos y la segurtidad de que sería un día de calor insoportable. Yo no tenía ganas de pelear, y de hecho parecía que todo el bochinche alrededor se hubiera terminado. Alguien me saludó: era una de las chicas, seguía de bombacha y corpiño aunque ahora se la veía más tranquila. Devolví el saludo con un guiño.

El manco y yo éramos el centro de atención, y no había indicios de que pudiéramos evitar la pelea. En todo caso, el manco no mostraba deseos de evitarla. Dibujó con su brazo una forma extraña en el aire y, sin darme tiempo a reaccionar o a saber al menos de qué venía la cuestión, me pegó dos fuertes y certeros puñetazos en el pómulo izquierdo. Caí redondo, como un paquete, sobre la arena y allí me quedé. La cabeza me daba vueltas, como si alguien se hubiera metido dentro y no hiciera más que gritar.

Los amigos del manco, o al menos todos aquellos que apostaban por él, gritaron eufóricos y celebraron mi caída como fanáticos. Alguno aprovechó también para soltarme alguna patada en las costillas o en la cabeza. Pero por suerte no tardaron en olvidarse de mí.

Desde el piso vi que mi lata de cerveza, la que recién había tirado, giraba como loca por la playa, arrastrada por el viento apenas leve. Otra vez pensé en los perros, en esa manera tonta que tienen de andar.

 

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Mariano Quirós (1979) nació en Resistencia, provincia del Chaco, Argentina. Es autor de las novelas Robles, Torrente, Río Negro, Tanto correr (Premio Francisco Casavella), No llores, hombre duro (Premio Festival Azabache; Memorial Silverio Cañada, Semana Negra de Gijón) y Una casa junto al Tragadero (Premio Tusquets 2017). Es autor además de los libros de cuentos La luz mala dentro de mí (Premio del Fondo Nacional de las Artes) y Campo del Cielo. Junto a Germán Parmetler y Pablo Black, publicó el libro de cuentos Cuatro perras noches, ilustrado por Luciano Acosta..

 

 

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