#LaPalabraPrecisa

#3

Cuento

04/07/2014

Rodolfo Braceli

Dios y el fútbol (o viceversa)

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Poeta, dramaturgo, ensayista, narrador, periodista. Es autor de una treintena de libros, algunos de ellos traducidos al inglés, italiano, francés, coreano, polaco y quechua.

A Dios, cuando hizo la Tierra, no se le pasó por la cabeza que iba a sucederle algo llamado fútbol.

Se distrajo durante la gestación, Dios. O bostezó más de la cuenta, Dios. Con el tiempo hubo de pagar las consecuencias de la distracción o del bostezo, Dios.

Si hubiera mirado para adelante, si se hubiera puesto a adivinar, Dios habría encontrado motivos para abstenerse. Y a Dios no le hubiera temblado el pulso para dejar de hacer, para omitir dentro de la creación a la Tierra.

La pregunta sobre la mesa: ¿hubiera hecho a la Tierra, Dios, de haber sabido lo que el fútbol significaría?

No. Seguro que no.

Pero, ¿por qué no?

Porque, por más que Dios sea divino, algunos rasgos, algunos síntomas humanos padece. Rastros de celos hace tiempo le fueron detectados en su sangre sin duda azul. Dado el tamaño inconmensurable de Dios imaginemos el tamaño de sus celos. Alguien tan vastamente celoso hubiera desistido de crear la Tierra de haber sabido a tiempo que en este mundo iba a suceder el fútbol. Porque el fútbol desplazó a Dios.

 

Esta exageración no es ninguna exageración. Un solo argumento para demostrarlo: cuando los Mundiales, los junio y julio cada cuatro años, Dios verdaderamente no existe. Está como vacante. Entonces el fútbol es la patria, el fútbol es la religión, el fútbol es la tristeza, el fútbol es la felicidad, el fútbol es el verbo.

Dios es un desaparecido porque, realmente, desaparece.

Por causa del fútbol, a Dios el mundo se le fue de madre. Y de padre. Pero no puede desdecirse. Ya es tarde para des–hacer este planeta, con su fauna, con su flora, y con sus hinchas.

A lo hecho, pecho –suele bramar Dios.

Comprendamos la cabrera magnitud de su cósmico bramido: a nadie le gusta ser eclipsado, a nadie le gusta desaparecer a manos de sus creados. Y mucho menos le gusta a ese Nadie que, por algo, se hace nombrar con mayúscula.

 

Dios cae en tentación

 

Es domingo también más arriba de los altos cielos. Dios depone su insomnio y se desliza y se entrega a una siesta. No diremos que ronca, porque eso supondría cataclismos, Apocalipsis sin retorno.

Duerme Dios como diosmanda.

Algo de pronto lo arranca de la cadencia de sus inmensos algodones. Despierta sobresaltado. Piensa lo peor: el sacudón de la tercera guerra mundial.

–¿Qué caraxus pasa? –pregunta.

Un ángel solícito lo apacigua, le explica:

–Nada del otro mundo, mi Dios.

–¿Cómo que nada? Las nubes me sacudieron los riñones. ¿Qué diablos está pasando allá abajo?

–Gol de Brasil, mi Dios.

–¿Pero es posible tanto alboroto? Es como si cien volcanes sacudieran sus entrañas.

–Es posible, mi Dios de las alturas. Cada vez que sucede un gol sucede por primera vez y por última vez.

–¡¡¡Caraxus!!! ¡¡¿Y eso?!!

–Gol de Argentinal, mi Dios.

–Esto es inconcebible –dice Dios con furia de temer.

–Pero fue concebido, mi Dios. Con todo respeto –le dice el ángel, tranquilizador pero atrevido.

–Concebido ¿por quién?

–Por Usted.

–A ver si me explicas.

–Usted hizo la Tierra. Usted hizo el mundo de los hombres. Usted hizo los hombres con pies. Usted hizo lo redondo. Usted hizo la esfera. Usted hizo el aire que va adentro de la esfera. Usted hiz...

–Me atosigas, como Borges con la incesante enumeración... Sí, de acuerdo, Yo hice todo. Y ya es tarde para volverme atrás. Sobre todo hice a los hombres con pies, y al aire para remontar los balones.

–No esté triste, mi Dios. Son cosas que pasan.

–Tarde, demasiado tarde para impedir que suceda lo que está sucediendo.

–No esté triste, mi Dios. Son cosas que pasan.

–Uno les da una mano y se toman el codo.

–No esté triste, mi Dios. Son cosas que pasan.

–Decididamente: se me fue la mano con la libertad.

En esas cavilaciones estaba Dios con su ángel secretario cuando, otra vez, el aire del cosmos se estremeció de alaridos. Sintió que las barbas se le agitaban, sintió que Su nube por poco lo alzaba. Y cayó Dios

–¿Gol de quién? –preguntó.

 

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