#LaPalabraPrecisa

#289

22/11/2019

 

El cumpleaños

Santiago Maisonnave

 

Hacía calor. Era casi verano: faltaban sólo unos días para las vacaciones. No había nadie cuando atravesamos la calle principal hacia la salida del pueblo. Un sábado, a esa hora, todo el mundo dormía la siesta. Esteban había pasado a buscarme. Tenía un plano hecho a mano que indicaba el camino. Yo ni siquiera conocía al chico que cumplía años. Iban a ir todos. Fui para no quedarme afuera.

La invitación había corrido de boca en boca esa semana, y cuando le presté atención me di cuenta de que la había pasado por alto varias veces antes. Me culpé por eso: ahora sentía que no tenía que ver conmigo, que era un intruso en la conversación. Me sorprendió que mis compañeros hablaran del festejo de uno de los de séptimo, más chico que nosotros, a quien yo apenas había visto en algún recreo. Me sorprendió su popularidad. Creo que me molestó un poco. Me preguntaron si iba a ir. Dije que no, que no lo conocía y no me había invitado. Me explicaron que todos estábamos invitados. Todo el colegio. Yo también.

Salimos del pueblo por atrás de la estación de trenes. Yo había vivido en un complejo de departamentos, en esa zona, hacía un par de años, y había cruzado mil veces el puente de la ruta, la cancha de fútbol, los cañaverales… Después del puente se abrían dos caminos. Esteban había escrito sus nombres en el plano dibujado. Nombres que no había oído antes y ya olvidé. El de la derecha, para mí, era el camino del lago. En verano, con mis amigos del complejo íbamos por ahí hasta un estanque, en el fondo de una casa alta, al que se llegaba después de pasar una barrera de plantas y una puerta de rejas que siempre estaba abierta. Nos gustaba mucho ir al lago: el agua limpia dejaba ver el fondo de piedras, era silencioso, y habíamos decidido que sería nuestro lugar secreto.

El camino de la izquierda después del puente era el más ancho, y el más árido. Habían hecho una rampa de ese lado, siguiendo el cauce del río. Era lisa y larga, y su inclinación suave permitía hacer eses con la bicicleta, aprovechando la inercia, sin peligro de caerse. Casi todo el año el río estaba seco, o tenía muy poca agua. Ahí abajo buscábamos ranas, y más de una vez encontramos culebras.  A mí este camino no me gustaba tanto como el de la derecha. Era más triste. Por él llegamos, Esteban y yo, a la casa de la fiesta.

Estaba en medio de nada. No había vecinos, y los baldíos de alrededor eran secos y amarillentos. Sonaban las chicharras. Doscientos metros más adelante pasaba la autopista, sobre un puente con pilares de hormigón. El tránsito de los autos llegaba con un zumbido intermitente e irregular. Salimos del camino asfaltado para llegar hasta la casa, que se levantaba sobre una especie de montículo. Paredes de piedras encastradas caían desde una pileta sin barandas. Me pareció que la construcción no estaba terminada.

Éramos los primeros del colegio. Desde lejos habíamos visto a cuatro o cinco adultos junto a la pileta, pero cuando llegamos después de rodear la casa sólo estaba la que supuse que sería la mamá, en short y bikini. Era alta y tenía los pómulos muy marcados. Estaba fumando, y apagó el cigarrillo mientras retenía la última bocanada de humo, mirándonos en silencio. Olía a bronceador. Desapareció por una puerta corrediza. Sobre una mesa había cientos de salchichas, panes y aderezos. También algunas papas fritas, gaseosas, y un par de cervezas a medio tomar. Junto a la mesa, una parrilla con rueditas. Imaginé el olor de las salchichas asadas. Unos minutos después salió el chico del cumpleaños en malla. “¡Al agua!”, dijo y se tiró a la pileta gritando. Nos apuramos a sacarnos las remeras y las zapatillas. Lo seguimos. Seguramente también gritamos. La mamá se quedó adentro de la casa; la puerta corrediza apenas abierta.

Los sonidos de nuestras zambullidas y chapoteos golpeaban en las paredes de piedra de la casa, y volvían, mezclados con el zumbido lejano de los autos. Parecían los ruidos de otros; parecían de mentira. El chico sacudía la cabeza al salir del agua, y el flequillo mojado se deformaba hacia un costado. Empezamos a hacer lo mismo, al principio turnándonos y riéndonos en cada salida. En algún momento se rompió el orden, y los tres nos hundíamos y saltábamos, sin prestar atención a los demás. Después de un rato abrí los ojos. Esteban y el chico hablaban junto a la escalerita metálica. El chico estaba sentado en el primer escalón. Nadé hasta ellos y me puse a hacer formas con los dedos sobre el agua. Me preguntó mi nombre. Se lo dije y pregunté el suyo, pero me arrepentí en seguida, se suponía que tenía que saberlo.

-Sean-, respondió.

No parecía ofendido. Lo dijo varias veces y nos hizo repetirlo, mostrando cómo había que pronunciarlo. Su mamá era de Estados Unidos. Habían llegado al pueblo hacía menos de un año, y un par de meses después sus padres se habían separado. El papá se había ido.

-Esto no era para él-, dijo Sean, y no entendí a qué se refería.

Me quedé pensando en la mamá, y me pregunté si hablaría español.

-¿Saben fumar?-, preguntó el chico.

Su hermano le había enseñado a fumar. No era difícil. La primera vez había tosido mucho, pero después se había acostumbrado y ahora le gustaba. Cuando llegaran los demás podríamos ir al río y prender unos cigarrillos, si queríamos. Miré hacia la puerta corrediza.

-¿Comemos unas papas?, propuse.

-Después, así hay para todos.

Saltó desde la escalerita hacia delante y buceó todo el largo. Esteban lo siguió, pero no llegó al final. La sombra que proyectaba la casa sobre el agua ocupaba un tercio de pileta.

Hicimos carreras. Esteban nadaba con la cabeza afuera del agua, y salpicaba mucho. Perdió todas, incluso cuando lo dejamos salir con salto. Nos burlamos un poco de él, y cuando nos dimos cuenta de que le molestaba nos burlamos un poco más. Al terminar una de las carreras volví a mirar hacia la puerta corrediza. Estaba cerrada. En la mesa faltaban las botellas de cerveza. Quise entrar a la casa, y pensé en pasar al baño como excusa, pero me dio vergüenza.

Cuando nos cansamos de las carreras fui a sentarme en el borde. Esteban y Sean jugaban a ver quién aguantaba más sin salir del agua. Mientras los miraba, pensé en mi casa anterior, en su pileta enorme que en verano se llenaba de chicos. Venían casi siempre los mismos, y se había armado un grupo grande de amigos. Un vecino, mi hermana y yo éramos los únicos el resto del año, y esperábamos durante meses la llegada de los demás. En los primeros días sin clases pasábamos horas en el balcón, vigilando hasta que aparecía alguno. Así empezaban las vacaciones. Después de la mudanza había vuelto una vez, cuando ya estaban todos, pero había sido raro, como si yo fuera un extraño. No volví ese verano, ni el siguiente. Había dejado de ver a mis amigos de entonces.

- ¿Qué hora es?-, me sacó Sean de esos pensamientos, nadando hasta el borde.

Esteban había quedado boca abajo, con los brazos y las piernas abandonados. Parecía un muerto.

- No sé, él tiene reloj.

Sean lo miró como si fuese a llamarlo, pero no lo hizo. En cambio salió del agua y se sentó al lado mío. Nos quedamos en silencio, mirando a Esteban flotar.

-¿Vendrá Vanesa?-, me preguntó después de unos minutos.

Era una compañera nuestra. Ni la más linda, ni la más fea del curso. La pregunta me sorprendió.

-No sé-, dije-. Se supone que vienen todos.

Iba a preguntarle si le gustaba Vanesa, pero me pareció que él esperaba eso. No dije nada. Era la segunda chica que más me gustaba, y se me iba a notar. Esteban dejó de hacerse el muerto y se acercó hasta nosotros.

-Tengo hambre...

-¡Me regalaron una Etrusco!-, gritó Sean, como si acabara de acordarse, y sacó los pies del agua.

Sin secarse cruzó la puerta corrediza y volvió enseguida con la pelota de fútbol en las manos. Los gajos negros y blancos brillaban. Nos dijo que no quería mojarla y salimos del agua para verla de cerca. Se la dio a Esteban, que estuvo dándole vueltas y comentando algo sobre su peso. Me la pasó a mí, y yo la sostuve, mirándola sin saber qué decir. Podíamos jugar a los penales. Con dos toallas armamos un arco chiquito a un costado de la pileta y Sean se ofreció a atajar para que nosotros pateáramos.

-Así la prueban-, dijo.

No nos opusimos. En uno de los tiros la pelota se fue hacia el camino por el que habíamos llegado, lejos. Sean saltó la pared de piedras y fue a buscarla. Por el asfalto no venía nadie. Esteban me miró y levantó los hombros. Sean volvió con la pelota, y seguimos con los penales un poco más. Esteban le preguntó si quería que atajara. Él insistió en que pateáramos nosotros. Estábamos descalzos, y después de un rato se me fue poniendo el pie colorado. El empeine de Esteban estaba igual, así que dejamos los penales. Nos sentamos los tres junto al agua, y estuvimos moviendo los pies adentro, mirando el fondo.

-Más tarde podemos hacer partido en el baldío de al lado. Si somos muchos armamos varios equipos y el que gana queda... aunque a lo mejor alguien trae otra pelota, y jugamos todos-, dijo  Sean.

Nos quedamos en silencio. No podría decir cuánto tiempo. La sombra cubría casi toda la pileta cuando Sean se levantó y se metió en la casa. Esteban miró su reloj y después a mí. El agua pasaba entre los dedos siguiendo el movimiento de mi pie. Las palmas de las manos, que había tenido debajo de los muslos, estaban marcadas por la rugosidad del borde.

Sean salió de la casa vestido con una remera y una bermuda, y las zapatillas puestas.

-Vamos al río, cuando vengan los otros mi mamá los manda para allá.

Volvimos sobre el camino que habíamos recorrido para llegar. A lo lejos se veía el perfil del pueblo, y la cúpula de la iglesia vieja, en la parte más alta. En la punta, el complejo en el que había vivido antes. Los dos bloques de departamentos escalonados parecían máquinas de escribir.

Llegamos hasta donde empezaba la rampa junto al cauce, y bajamos por ella frenando el impulso con un trotecito suave. Sólo se oían los autos –más lejanos- y los movimientos de Sean y Esteban entre las cañas. Yo tiré cantos rodados hacia el hilo de agua que corría por el canal. Olía a musgo podrido. El entrechocar de piedras sonaba seco alrededor. Caminamos siguiendo la dirección del río, separados por un par de metros. Sean iba adelante, golpeando con un tramo de caña entre sus pies. Al rato se apartó del cauce y caminó hasta sentarse en la rampa. Lo seguimos. Sacó un paquete de cigarrillos, se puso uno en los labios y estiró el resto hacia nosotros; después empezó a hurgar en el paquete. No tenía encendedor. Me preguntó si yo tenía uno, a pesar de que había rechazado los cigarrillos. Esteban tampoco tenía. Volvió a guardar los cigarros en el paquete y éste en el bolsillo.

-Habrán entendido que era mañana-, dijo.

No contestamos. Después de unos minutos se paró y trepó la rampa. Lo seguimos. El sol no se veía, tapado por el puente de la autopista.

Ya no había papas, ni salchichas, ni gaseosas sobre la mesa. La puerta corrediza estaba cerrada. No vi a la mamá, ni a nadie más. Saludamos a Sean.

-Nos vemos en el colegio-, dijo.

Volvimos al asfalto, y por éste al pueblo. Al pasar por mi antigua casa miré un momento hacia adentro. “A lo mejor ya llegó alguien”, pensé, pero seguí caminando.

 

 

 

 

Santiago Maisonnave nació en Barcelona, Cataluña, en 1977. Comunicador social egresado en La Plata, se desempeñó en los campos de la docencia, el periodismo, la historieta y el teatro. Sus trabajos se publicaron en distintos medios y antologías de Argentina y España (Revista Ñ, Fierro, La Vanguardia, Malinche, Letra Sudaca). Publicó el libro de relatos gráficos policiales Negro el 10 (Manoescrita, 2010), en co-autoría con Iñaki Echeverría. Actualmente combina la docencia universitaria con proyectos de escritura y teatro en Mar del Plata, ciudad en la que vive desde 2008.

 

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