#LaPalabraPrecisa

#277

30/08/2019

 

Vadaro

Silvia Catino

 

¿Sabés, Vadaro? Al principio me caías simpático, casi gracioso, para decirlo de algún modo. En la sala de profesores hablaban de vos todo el tiempo. Hasta te admiraba esa capacidad de atraer tanto la atención.

Ese Vadaro me tiene las bolas llenas - gritaba el de Geografía apenas terminaba de dar clases en tu curso – Encima  es tan inteligente que aunque me esfuerce en  prepararle  una evaluación difícil, solo para él, me caga siempre, nunca desaprueba.

Yo me reía  para mí desde un costado, me gustaba saber que era la única a la que no le habías hecho la vida imposible. Lo mantenía en secreto, un secreto que era solo para nosotros, Vadaro.

Nuestra complicidad era tan íntima que te animabas a hacerme alguna broma inocente como decir presente antes de que llegara a tu nombre en la lista. Apenas pronunciaba Olazabal ya te parabas con la mano en alto mientras decías “acá está su mejor alumno, profesora” Me gustaba que usaras el “su”, porque era verdad, solo para mí  mantenías  tu impertinencia controlada.

Me sé mayor pero bien conservada,  por eso,  cuando te parabas en la puerta achicándome el paso y tenía que entrar al curso casi rozándote con el cuerpo te veía mirándome desde allá arriba y sonriendo. Yo respondía  bajando la mirada a esa galantería inocente que solo nosotros conocíamos.

El inglés nunca fue un problema para vos. Que te quedaras un rato del recreo haciéndome preguntas sobre una canción de los Beatles era parte de nuestro vínculo, de las cosas que compartíamos porque nos gustaban, a los dos.

¿Sabés, Vadaro?  un día discutí fuerte con la vice directora que hablaba mal de vos  y estaba organizando informes sobre tu conducta y nos pedía que resaltáramos tu personalidad díscola y alejada de toda norma.

Es un buen chico – me animé a decir – Y para qué, ahí nomás me respondió en el medio de la sala de profesores que por docentes  contemplativos de lo incorrecto como yo teníamos a alumnos como Vadaro, que después no nos quejáramos cuando nos faltaran el respeto y nos dejaran mal parados frente al resto de los alumnos.

¿Falta de respeto? ¿Vos faltarme el respeto a mí, Vadaro? Ella no sabía lo que teníamos, lo que había entre nosotros. No tenía idea de cuánto me respetabas y me querías.

Cuando la pasaron a Laurita Nuñez del A al B me quejé porque treinta y tres alumnos ya eran muchos. Apenas podía hacer que recordaran el verbo to be, ni qué hablar de que pusieran la lengua en uso y esas incoherencias que pretende el Ministerio. Venía con tan buenos comentarios y notas que no bajaban del ocho que  después me sentí culpable. L e dije a la vice que estaba bien. Qué le hace una mancha más al tigre.

Al principio se sentó adelante, se la veía incómoda, como sintiendo que todas las miradas estaban sobre ella. Casi ni hablaba pobrecita. Me tenía que acercar hasta su banco para preguntarle si había entendido, si tenía alguna duda. Ella movía la cabeza afirmativamente  deseando que me fuera de su lado porque mi sola presencia atraía aún más la atención de sus compañeros.

Por suerte de a poquito se fue soltando. Levantaba la mano más seguido y respondía bien. Nadie podía burlarse de ella por eso. Podía ser tímida pero estudiaba. Por supuesto el grupo ya estaba conformado por lo que era entendible que le costara entablar conversaciones o abandonar el curso durante los recreos. Le aseguré que contaba conmigo para lo que necesitara y hablé con la Psicopedagoga del colegio para mantenerla al tanto. Me daba pena Laurita.

Por eso, cuando llegué esa mañana y la vi sentada a tu lado, Vadaro, sentí como un cariño especial. Comprendí que todos se habían equivocado con vos, que tenías un gesto de absoluta generosidad para con un ser tan tímido, tan desprovisto de personalidad y de vistosidad.

Te felicité. Me acerqué a tu banco, la miré y te guiñé un ojo para darte a entender mi complicidad y mi aprobación. Entre los dos sacaríamos a Laurita adelante. Le daríamos a esta institución tan orgullosa de sus ideales  morales y religiosos  un buen ejemplo de solidaridad humana.

A las dos semanas me di cuenta de que algo no estaba bien. Tocaba el timbre para que salieran al recreo y vos no te movías. Me demoraba guardando las cosas en mi maletín para ver si salías conmigo al patio pero ahí estabas, dado vuelta charlando con Laurita como si no existiera el timbre,  el recreo o yo.

Decía bien fuerte, para que me escucharas, “hasta mañana alumnos” pero nada, no apartabas los ojos de esa criatura.

Hasta ahí lo comprendo Vadaro: la juventud, la urgencia hormonal, la chica que no era una belleza pero tampoco estaba entre las más feas. Típico de la edad, esas cosas que van y vienen, que no tienen más duración que una buena primavera.

Lo doloroso fue descubrir que te hacías el vivo en la clase para llamar la atención de esa piba. Nunca un problema, nunca una interrupción innecesaria a mis claras explicaciones y ahora no podía decir un verso de Shakespeare completo sin verte por el rabillo del ojo haciendo morisquetas. Al principio traté de que te dieras cuenta que te estabas apartando del camino, que tu rol de payaso del curso era absolutamente innecesario, por lo que hacía silencio en medio de la lectura y te clavaba la vista sonriendo. Entonces reconocías el llamado de atención sutil (no quería exponerte frente al curso) y te callabas pidiendo unas disculpas silenciosas.

Se acercaba la fecha de exámenes y estaba preocupada. Te veía Vadaro, te veía reírte con ella, charlar con ella pero no estudiar. No podía imaginarme reprobándote en un examen. Fue por eso lo de las exposiciones orales, ¿te acordás? Me parecía que haciendo una tarea en equipo te podías sacar mejor nota y no llevarte la materia. Si hasta te di un tema que sé que te gustaba, tenías que exponer junto a Ferrari y Dominguez la historia de los Beatles, desde su origen en Liverpool hasta su separación en el 70.

Me pareció que era una ocasión ideal, que te daba la oportunidad de lucirte, de demostrarme cuánto valorabas nuestras charlas y esas letras que descubrimos juntos, porque algunas expresiones eran difíciles.

Ese día fui tranquila al aula, tu grupo era el primero y me parecía que iban a dejar la vara muy alta, como dando el ejemplo,¿ viste? Hasta habías traído unas láminas, nada muy elaborado,  unas imágenes bajadas de internet e impresas en el kiosco de la esquina. Pero todo suma ¿no es cierto?  Todo suma cuando alguien trata de aprobar la materia y demostrar cuánto ha aprovechado la clase.

Me paré al fondo, libreta en mano,  segura de que iba a verte desplegando todas tus armas de seducción porque el uso de la oralidad era lo tuyo, Vadaro.

¿Y qué hiciste? Apenas pasaste al frente te empezaste a hacer el vivo para que todos se rieran. Te vi Vadaro, te vi bien claro. La mirabas a ella que se reía tapándose la boca con la mano, diciéndote con ese gesto ingenuo e infantil que eras lo mejor que le había pasado, que te admiraba en toda tu estupidez. Reías, Vadaro,  con una risa ofensiva y ridícula.

Cuando  empezaste a desenrollar la cinta adhesiva entre tus manos fingiendo que se enredaba en ellas sin que pudieras evitarlo,  sentí que una fuerza incontrolable subía desde mis tobillos hasta mi sien.

Caminé hacia adelante  como disparada por un impulso que desconocía en mí, sujeté con  la mano derecha el rollo de cinta y le di violentas vueltas sobre tu boca, sobre tu rostro, cubriendo la cabeza entera.

Se hizo un silencio. Ahí estabas vos, cabeza encintada, ojos detenidos en los míos no sé si pidiendo explicaciones y del otro lado de tu vergüenza estaba yo, resoplando, aliviada de que ya no te rieras, de que no te rieras de mí con ella.

Al silencio inicial le sucedió un griterío de circo romano, de arenga callejera, de chiste al burlador burlado.

Me quedé parada, Vadaro. Aún me temblaban las piernas cuando la vice directora abrió la puerta del aula atraída por el bochinche y preguntó quién había sido.

Casi sin mirarla le dije:

Fue Vadaro. Amoneste también a Nuñez, por instigadora.

No acotó nada.  Como si hubiese estado esperando esas palabras desde hacía mucho  cerró la puerta con una semi sonrisa en la cara.

 

 

 

 

Silvia Catino, profesora de Literatura, coordina junto al licenciado Diego Rubiolo y Sebastián Lopizzo el taller de escritura creativa El Péndulo.

 

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