#LaPalabraPrecisa

#276

23/08/2019

 

Gatos con bigotes en las orejas

Sebastián Chilano

 

A veces no se necesitan excusas para escribir, pero sí se necesitan recuerdos. Cuando te vi cruzar a la plaza, supe que tenía que corregir estas líneas que hace años escribo para vos. Te miraba por la ventana –vos no me viste– mientras cruzabas, apurada, esquivando autos y bicicletas, y supe que estaba creando este recuerdo. En un momento te detuviste como si hubieras olvidado algo. Retrocediste dos pasos. Dudaste. Entonces sentí que no habías olvidado nada, algo te detenía. Era como si pisaras la plaza –nuestra plaza– por primera vez. Y aunque siempre hay una primera vez, lo que más valoramos al crecer son los momentos en que recordamos un instante, por pequeño que sea, de la primera vez que hicimos algo nuevo. Vos no podés saberlo –no creo habértelo contado– pero me asomé a esta plaza hace más de treinta años, cuando era fácil cruzar la calle. Y verte ahí, parada, sin saber a dónde ir, me hizo recordar cuando la plaza era un mundo enorme para mí, un mundo donde los dedos de una mano eran más que mi edad. Mirá de lo que me acordé: la plaza –mi plaza– tenía el edificio más alto del planeta en el medio, y al subirme al último peldaño del tobogán despintado, mi madre me prometía que, si era tan valiente de tirarme, al caer me encontraría con otro mundo, un mundo de gente de tres brazos o gatos con bigotes en las orejas. De más está decirte que nunca encontré ese mundo por más que me tiré una y otra vez del tobogán.

Ahora –no lo sabés– estás parada donde hace muchos años había un subibaja inalcanzable de no ser por los brazos de mi madre. Las sonrisas entonces pecaban solo por ser sinceras, el perfume de las hojas de tilo se confundía en la alergia que prometía ser severa –la próxima vez– y la vehemente noción de las hamacas resaltaba la fragilidad de mi cuerpo y de todos los cuerpos: subir y bajar, para mí, y para cualquiera de mis amigos, era dar la vuelta al mundo y volver para contarlo; tenía el mismo sabor de triunfo que ir a la guardia por un ataque de asma y volver para mostrar los pinchazos de las vacunas que habíamos soportado. Cuando me sentía enfermo era el último en esconderme y el primero en perder la paciencia en la sala de espera de mis espasmos. No lo sabés –nunca te lo dije– pero siempre miré con tristeza a las enfermeras que en otoño sostenían el nebulizador para que no me cansara, enfermeras que adoraba cuando antes de irme me secaban con eso algodones enormes el ardor de la nebulización que me quemaba en los labios. El último ataque de asma lo tuve en la infancia, para las fiestas de fin de año. Mamá quería llevarles un pan dulce de regalo, pero papá no quiso comprar nada. Fue él mismo y les dejó unos pesos para que se compraran lo que ellas quisieran. Estaban juntos mis padres entonces. La plaza los unía. La plaza unía a las familias en cada nueva fiesta de fin de año. A mí y a mi mamá nos maravillaban las luces de colores que teñían el cielo y también las estrellas falsas inventadas por unos hombres lejanos y de ojos rasgados –según decía mi abuelo, el que no llegaste a conocer– que poblaban la tierra del lado del revés. Ese mismo abuelo, después del artificio de los fuegos, se disfrazaba de Papá Noel y todos los chicos olvidábamos los regalos para mirarlo. Su existencia era el más hermoso milagro.

Después de las fiestas, a mis brazos les crecían camiones y autos, soldaditos de plomo y guerras de agua siempre ganadas. En tu recuerdo, me dijiste alguna vez, no habían camiones ni autos, quizás hubo un vestido y muñecas, pero más que nada había gente triste, silenciosa, huraña. ¿Por eso estás parada tan quieta, ahora, en la plaza, mirando el pino que la municipalidad mandó adornar como si fuera un árbol de Navidad? ¿Por eso te detuviste? ¿Qué te hace acordar? A mi hace acordar que cuando llegaba el momento de desarmar el árbol también llegaban los reyes magos. Vos me contaste que estirabas el sueño lo más cerca del amanecer porque querías descubrir los secretos que traían los reyes tras su larga peregrinación pero siempre terminabas por dormirte y a la mañana encontrabas un regalo simple junto a tus ojotas también simples. Un enero me regalaron una linterna y otro un triciclo. Teníamos poco o lo teníamos todo. ¿Te acordás?

Parece que fueras a correr. Estás parada, mirando hacia casa. No me ves. No podés verme detrás de la ventana. ¿Vas a correr? Tus rodillas están ligeramente flexionadas, tu espalda está tensa –esa espalda que conozco de tantas maneras– y se curva hacia adelante. Al final te vas lentamente, como se alejan mis recuerdos de la infancia. La enumeración sería eterna –no te gustan las listas, siempre decís que mis enumeraciones son listas de supermercado que ordenan la memoria– y ya no me alcanzan los dedos de ambas manos para contar los años que tengo. La plaza también envejeció. Todos envejecieron. Mis listas de supermercado se hicieron melancólicas: Mi primer perro murió y con su muerte entendí que las cosas queridas también se pueden ir para siempre de nuestras vidas; mi papá también murió, pero de un divorcio del que no regresa más que en postales de cumpleaños impresas; mi mamá cambió su pelo negro por una dignidad de tintura eterna; los amigos formaron y deformaron sus familias; y tu amor juega un juego que es distinto al de todos los amores que lo precedieron.

Vos y yo nos conocemos hace mucho. Nos prometimos no prometernos nada. Nos prometimos no debernos más que el presente, no querernos más que en los viajes proscriptos, no recordarnos nunca en un vestido de novia marchito. Vivamos los mandamientos pero dados vuelta, me dijiste una vez. No santifiquemos las fiestas, no honremos a tu padre ni a mi madre, tomemos en vano el santo nombre de las personas que amamos. Vos y yo nos espiamos siempre cuando el otro va a la plaza. Ahora a mí me toca verte volver. Fuiste a buscar a nuestro hijo. Viene sucio de tanto jugar a la pelota, cansado, pero con ganas de quedarse un poco más con sus amigos. Vos y él caminan cada uno a su ritmo, pero inseparablemente juntos. Él no sabe lo que le espera. Nosotros tampoco, solo queremos que crezca. Esta noche nuestro hijo conocerá su primer perro. A la muerte la conocerá después. Y también conocerá el amor, si tiene suerte. Te miro a vos, ahora. Por ese hijo nuestro y por tantas otras cosas sé que te debo mucho. Más de lo que puedo entender. Ahora, en este instante, que los veo caminar, juntos, del otro lado de la plaza, entiendo por qué escribo esto, por qué no puedo dejar esta hoja en blanco ni puedo quedarme con las ganas de escribirte este cuento sin punto final.

 

 

 

Sebastián Chilano nació en 1976 y vive en Mar del Plata. Es autor de las novelas “Riña de Gallos”, “Las reglas de Burroughs” ganadora del premio Laura Palmer no ha muerto. “Tan lejos que es mentira” y “Méndez”. Participó en varias antologías de cuentos: Poca cosa de Letra Sudaca, Osario Común de Muerde Muertos y en 2016 en Mal bicho de Pelos de Punta. Escribe en su blog Falansterio. Su última novela se llama “En tres noches la eternidad” fue editada en 2015 por Editorial Vestales. Ganó el premio Alfonsina a la trayectoría literaria y participa del grupo literario “La Bruma”. Desde hace 2 años tiene una columna literaria semanal en el programa de radio “Pongan otra canción” los viernes a las 20 hs en FM 95.3 de Mar del Plata.

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