#LaPalabraPrecisa

#269

05/07/2019

 

Azul

Paula Fernández Vega

 

Mariana, te olvidaste una remera roja.

 

Mariana, hace dos días te escribí sobre la remera roja. Supongo que no la necesitás.

 

Hola buen día, lavé tu remera roja. Está colgada ahora, como hay sol seguro está seca para la tarde. Creo que se achicó un poco.

 

Hola Mariana, hoy fui al cine a ver una película francesa. La protagonista era pálida como vos, y muy flaca, más flaca que vos, y en una escena, en la que se pelea con el novio y tira su guitarra por la ventana, tiene puesta una remera roja muy parecida a la tuya. Después ella llora, pero la parte de la guitarra es la más importante. Creo que es lo único importante de la película, porque después el chico tiene que comprarse otra guitarra y como no tiene plata le tiene que pedir al padre, que es rico pero lo abandonó cuando tenía cinco años. Entonces después la película se trata del chico buscando a su padre por todas partes. La chica, por otro lado, entra en una crisis emocional y se empieza a drogar. La madre la echa de casa, empieza a vender cocaína en los bares y la llevan presa. Al final aparece el chico, lleno de plata, con su padre, y le pagan la fianza. En esta escena final, ella también tiene la remera roja. Salen del juzgado, caminan por un parque lleno de hojas secas y se ríen. Cuando salí del cine te imaginé criticando la película, pero yo estaba tranquilo porque me había gustado mucho. Sobre todo los paisajes de Francia, cuando viajan en tren y todo parece muy grande, parece que todo está lejos pero a la vez sólo hace falta salir a buscarlo.

 

Hola Mariana, ayer la gata durmió sobre tu remera roja. Creo que lo hizo durante todo el día, porque me fui y volví y estaba en la misma posición. Ahora está llena de pelos blancos y tiene su forma. Me da pena tocarla. La estoy viendo desde donde estoy sentado. Disculpame por haberla dejado ahí. Ayer quise guardarla pero no sabía dónde, porque no es mía ni es tuya tampoco. Es lo único que quedó de vos, en realidad, acá. O al menos lo único que te pertenece. Como sea, ya saqué a la gata y sacudí la remera. Volví a ponerla a lavar, así que se va a achicar más. Espero que no estés engordando, y que hayas empezado a hacer deportes como venías diciendo desde hacía tanto tiempo. Yo estoy saliendo a correr todos los días, una hora, después del trabajo. Me siento muy vivo.

 

 

Hace un rato hablé con tu hermana para preguntarle por qué no contestabas los mensajes. Me dijo que te fuiste de viaje. Que estuviste unos días parando en su casa y te fuiste. No llevaste ningún celular ni computadora ni nada. Creo que no voy a saber de vos en mucho tiempo. Si es así, voy a usar tu remera de trapo de piso. Intenté lavar el mío, lo puse en lavandina, pero ya está podrido. Me deprime su olor y su textura, es como una masa viscosa llena de mugre. Es fin de mes y no puedo comprarme otro.

 

 

Acabo de estrenar tu remera-trapo porque se me rompió una botella de vino. Me dio pena, porque la había guardado para un momento especial. Ahora ya está todo arruinado, y estuve pasando tu remera roja por el piso mientras la gata me arañaba los pies. No era este el plan para esta noche.

¿Te habrás ido a Bolivia? Espero que no tengas frío. Yo sé que la querías mucho a esta remera. A veces me decías: “esta remera es mi preferida, nunca lo voy a tirar” y otras que ya estaba muy vieja,, que ya era hora de deshacerse de esos objetos del pasado. Nunca te entendí, Mariana. Hace unos días estabas acá y ahora estás en un tren fantasma en cualquier país, tal vez ni siquiera hables el idioma, tal vez te robaron y estás yendo a la embajada y yo no estoy ahí para ayudarte con las calles. Mariana, tu remera roja ahora es violeta, a pesar de que intenté escurrirla de la mejor manera posible.

 

 

Son las tres de la mañana y renuncié al trabajo. Te acordás que soñaba con renunciar, con lo que quería hacer. Viajar con vos, comprarme una casa en algún lado, tener una huerta y animales. Aprender oficios para vivir de cosas hechas por mis propias manos. Hoy empieza ese camino para mí.

No quiero mentirte, tampoco: creo que ese camino es distinto del que creía hasta ayer, cuando iba en el colectivo hacia el último día de mi trabajo. El abanico de posibilidades infinitas que se me presentó delante, creyendo que ya nunca más sufriría, que de ahí en más todo sería placer y libertad, hoy me aparece como un artificio, una idea vacía e ingenua que desde la infancia creí que no aparecería otra vez.

Esta posición mía sobre las cosas es la que siempre te molestó. Mariana, te veo borracha en la orilla del mar, bailando alrededor de una guitarra, sin recordarme. Te creció el pelo Mariana, y ya engordaste mucho, ya no te entra la remera roja, no vengas a buscarla.

 

Ayer tocaron el timbre y me desperté sobresaltado. Estaba demasiado seguro de que eras vos. Tal vez te estaba soñando. Pero no, era tu hermana. Me abrazó llorando. Mariana, me parece que tenés que volver. Tu hermana está sola y te extraña. Ya no importa la remera, te juro, te puedo comprar otra si todo esto te molestó. ¿Leerás mis mensajes a veces, en los cyber de los pueblos costeros o las capitales gigantes? Y tampoco importo yo, que ya te olvidé y descubrí que puedo vivir sin vos. Creo que tu hermana se está muriendo, algo le pasa. Nunca la había visto llorar tanto. Todavía no me dijo por qué, y no quiero presionarla. Se va a quedar unos días conmigo hasta que se sienta mejor. Le ofrecí tu remera roja, pero me miró raro, como si le estuviera dando un jarrón o cualquier cosa que no cumple la función de vestimenta.

 

Hace dos semanas que tu hermana está encerrada en el cuartito. Tuve que sacar todas las cosas que estaban ahí, aunque me dijo que no le molestaban. No sé cómo decirle que me voy. Ya tengo los pasajes. Elegí un país al azar en el mapa, y me cuesta mucho acordarme el nombre. Para decírtelo tendría que levantarme a buscarlo y hoy tengo un cansancio particular. Ayer te soñé. Estabas en un mar azul, muy azul, y te bañabas desnuda. Me mirabas como se mira a alguien por primera vez, con curiosidad e indiferencia al mismo tiempo. Yo sentía que era el principio de algo. Pero cuando me daba vuelta ya estabas alejándote de la orilla, saltando hacia un grupo que te esperaba ansioso. Entonces seguí nadando, Mariana, mar adentro, y desperté cuando las olas empezaron a agrandarse y ya no hacía pie.

 

Chau Mariana. Hablé con tu hermana, dijo que puede hacerse cargo de la casa. Mientras hablábamos me di cuenta de que tenía puesta tu remera roja, que ahora es violeta, está arrugada. La frase que tenía estampada ya es ilegible, parece un manchón triste, de otra época. Tu hermana también parece de otra época. Está congelada en su estado para siempre. Cuando vuelvas va a estar vestida igual, es más, va a ser vos, así que ya no va a necesitarte. Sólo puedo pensar en el mar, que debe ser así, como lo soñé ayer a la noche, tan azul como ningún azul que vi en mi vida.

 

 

Paula Fernández Vega nació el 24 de febrero de 1993 en Junín, provincia de Buenos Aires. Vivió en Mar del Plata desde los 6 hasta los 20 años. Allí participó de varias publicaciones literarias y talleres y recibió algunos premios. Después viajó un poco por el mundo y actualmente vive en la ciudad de Buenos Aires, con 26 años.

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