#LaPalabraPrecisa

#249

15/02/2019

 

Los dedos de Perón

Jorge Fernández Díaz

 

 

Era un meñique amarillento sin huellas dactilares; venía en sobre de papel madera y lo acompañaba una carta manuscrita con letra infantil. La carta decía: “Ésta es la primera pieza de un rompecabezas de diez, pertenece al Movimiento Nacional Justicialista y para recuperarlo debe publicarse un aviso en el diario La Prensa con elogios a Hermes IAI y los 13. El ilustre prócer, de lo contrario, yacerá incompleto para toda la eternidad”.

Les di mi opinión: “Hermes IAI y los 13” era la nominación que se daba a sí mismo aquel grupo que trató de cobrar un rescate de ocho millones de dólares por las manos de Perón. Saadi, Grosso y Ubaldini recibieron en 1987 cartas idénticas firmadas por Hermes, y los servicios de Inteligencia, luego de analizar el texto y las fechas, estaban convencidos de que sus autores tuvieron forzosamente que ver con la mutilación. Pero Hermes nunca volvió a comunicarse y el ilustre prócer yacía provisoriamente incompleto para toda la eternidad en el cementerio de la Chacarita. Lo más probable es que se tratara ahora de un simple estafador con ánimo de hacerse su agosto. Algunos detalles, sin embargo, llamaban la atención. El primer Hermes escribía a máquina; el segundo lo hacía a mano, con pluma fuente y con esmerada caligrafía. Las letras, inclinadas hacia la derecha, desplegaban aquel trazo pomposo que la escuela pública de tintero y secante inculcó a nuestros padres y abuelos. La firma era majestuosa, pero principalmente era gigantesca: la vida me enseñó que sólo los hombres diminutos estampan garabatos descomunales. Un anciano pequeño, solitario y pobre que simulaba tener, creía tener o efectivamente tenía en su poder el souvenir necrofílico más misterioso y codiciado del siglo XX. Me lavé las manos:

—Si el Movimiento Nacional Justicialista quiere gastarse unos pesos, no veo razón para no seguirle el juego.

Lo seguimos. Publicamos en el vespertino un aviso escueto, lancé dos días después algunas conjeturas en una nota sin firma, y entonces el presidente del partido recibió treinta y siete llamados de la radio y la televisión. Inventamos una broma partidaria de muy mal gusto, y el globo se fue desinflando. Al tercer día, nadie recordaba ni a Perón. Al séptimo, Hermes envió un pulgar.

La esquela ordenaba olvidar a la policía y esperar a las once de la noche de ese mismo viernes en una fuente de Plaza de Mayo. No exigía dinero, ni ponía condiciones. Era una cita peronista, y yo no iba a ser impuntual. El calor de diciembre demoraba a las parejas y desmayaba a las palomas. Un vigilante aburrido salió del bochorno, se tocó la gorra y me pidió fuego. Yo iba por el segundo cigarrillo y él por el décimo.

—Disculpe si la pifio —dijo de pronto. Las luces de la Casa Rosada le azulaban la mirada.

—Pifie nomás.

—Usted buscaba a un viejito —probó.

Saqué la mano del agua y comencé a sacudirla.

—¿Usted es el sobrino de don Hermes? —se lanzó de nuevo.

Parecía un concurso de adivinanzas. Asentí, me sequé con un pañuelo. Sonreí como si hubiera acertado a la quiniela. Se relajó, largó una montaña de humo.

—Tipo macanudo: estuvimos un buen rato dale que dale hablando del 17 de octubre. A mi viejo también lo subieron a un camión y lo trajeron para acá. Él aplaudía y qué se yo, pero nunca se bancó a los peronistas. El peronismo, me decía, es una virgen que sueña ser virtuosa, teme ser frígida, trabaja de monja y termina de puta.

—Y adónde se fue mi tío.

—Se empezó a sentir mal —se disculpó al verme mosqueado: el azul se le volvió púrpura y se le desparramó por toda la cara—. El médico le recetó un diurético. Me pidió si era tan amable de avisarle que lo esperaba en el Tortoni. Me pareció que no llegaba, pero el baquiano dijo que sí, y para allá se marchó a paso ligero.

Nos reímos juntos. En el Tortoni no entraba un indeciso. Saludé de lejos al Canca Gullo y pasé a los baños. Me remojé el cuello y me miré a los ojos. Pensé en los malogrados métodos de Mauricio Spiegelman. Detrás de los inodoros, sobre los tanques, en el revés de las puertas. Dejé salir a un borracho con peluquín y me lancé a la requisa. Encontré el sobre porque aquel día Dios era peronista, y porque la cinta aislante con que Hermes lo amuró a un zócalo recóndito era roja como la sangre.

Saqué el Renault del estacionamiento y manejé hasta una cabina luminosa en una esquina de Avellaneda. Hermes, desconfiado, estaba utilizando el mismo sistema de postas que hacía cuatro años había utilizado G. Yo mismo, para asegurarme de que no siguieran al pagador, organicé postas similares en un secuestro extorsivo durante los primeros años setenta: sólo que nosotros no éramos entonces chantajistas ni delincuentes, sino expropiadores haciendo caja para la revolución. O al menos eso era lo que creíamos.

Me costaba dar con esas calles vacías y marginales. Antes de bajar, me puse encima una campera de tela de avión. Me traspiraban la frente y las manos. Casi no había luces, únicamente se escuchaban ladridos y tránsito lejano: era un buen lugar para morir.

Caminé despacio vigilando mi sombra, descolgué el teléfono y me lo llevé a la oreja. El cable había sido cortado de cuajo y una esvástica en aerosol negro me mandaba a la puta que me parió. Entre la espalda del aparato y la pared interna de la cabina había un sobre encintado. Hermes quería que tomara la ruta 2 y que amaneciera en un balneario abandonado de La Serena.

La bronca, como una ola de ácido sulfúrico, me subía de la boca del estómago a la frente. Le apunté con el teléfono a un farol y lo volé en cien pedazos. Agarré la 2, cargué nafta en una YPF y café caliente en un termo, y corrí cuatrocientos kilómetros sin cruzarme con ningún ser humano. Muy de vez en cuando un camionero me hacía luces, pero nadie daba señales de vida en el espejo retrovisor.

Mar del Plata dormía. La crucé como un relámpago de norte a sur. Pasé el faro y dejé que el viento marino me despejara. El balneario de Hermes era una casucha vencida, hierros oxidados y un vergonzoso pedacito de playa. Bajé a pie hasta el océano plateado y comprobé que me habían dejado de seña. Faltaban dos horas para el amanecer, la luna llena ponía en evidencia casi todo, nada se movía en ningún lado y hacía calor.

Enrollé la campera, acomodé los zapatos y las medias, me quité hasta los calzoncillos y nadé mar adentro media hora. Luego hice la plancha mirando las estrellas, completamente a salvo de cualquier pensamiento y con la mente en blanco. Cuando empezó a clarear, dado por muerto, resucité del limbo y avancé braceando a duras penas. Salí agotado y me tiré en la arena dura. El sol se iba haciendo fuerte y la playa seguía desierta, pero tuve la decencia de vestirme y la sorpresa de descubrir que nada me sorprendía: Hermes me acababa de robar las llaves del auto, pero por suerte había respetado mis cigarrillos negros. Me puse uno en los labios morados y vi cómo el ciclista surgía de los médanos y bajaba en diagonal. Frenó a cuatro metros y me miró con desprecio. Yo permanecía sentado. Él llevaba una gorra visera, una camisa de la época de la Segunda Guerra Mundial, unos pantalones de lona, unos borceguíes y un 38 largo en el cinturón, a la altura del ombligo. El cañón le hacía tanto bulto como una hernia inguinal. Era demasiado fierro para un hombre tan enclenque.

—¡A quién mierda me mandaron! —resoplaba, y se podría decir que su voz hacía juego con su estatura. Lo pensó un poco mejor, y se tocó la culata de cachas marrones.

—¿Por qué se dejó madrugar?

—Al que madruga Dios lo ayuda —dije, y me acaricié los riñones—. Si le seguía el tren terminábamos en la Patagonia.

—¿Entiende que si trata de manotearme le levanto la tapa de los sesos? —quiso saber, y levantó el mentón—. Aprendí en la resistencia. Hace más de cuarenta años que no agarro un bufoso, pero esto de matar es como andar en bicicleta: uno no se olvida nunca.

Era difícil calcularle la edad. No tenía demasiadas arrugas, pero le asomaban en las manos huesudas varias pecas geriátricas. Estaba visiblemente irritado por el cambio de planes, yo lo había hundido en el desconcierto y ahora no sabía si invitarme a desayunar o meterme bala.

—No me tomaron en serio —se lamentaba: chasqueó la lengua, sacudió la cabeza—. Era un mensaje muy importante, pero veo que me agarraron para la joda —suspiró, tomó fuerzas de algún lado, se volvió grave—. Vamos a tener que empezar de vuelta, cagatintas. Lo que se va a llevar de acá es un tiro en la panza. ¿Le parece que me darán bola si le hago un agujero, cagatintas?

—Quiero contar su historia.

Arrugó la frente y se le cayó la mandíbula. Nadie pasaba cerca: tiró de la culata y me apuntó a la panza con el revólver amartillado. Gritó echando saliva por la boca. A sus gritos se los barría el viento y la inmensidad. Yo, sin embargo, saqué algunas oraciones en limpio:

—Ofrezco las manos de Perón, y me mandan a un periodista. ¡Así de jodidos estamos!

Le temblaban el dedo y el mentón. Yo no creía que fuera a disparar, pero temía que se le escapara un disparo. Le tiré arena, me levanté de un salto, me lancé de cabeza y lo derribé. Sonó una detonación. Le apreté con el antebrazo el cuello y le apliqué los tres golpes rápidos y cortos en el hígado que me había enseñado el Perro Yudica. El pobre quedó boqueando, flojo como una gaviota muerta. Le arranqué el 38 y le busqué la herida: el proyectil le había rozado un muslo. No era nada, pero sangraba bastante. Miré hacia la derecha y luego hacia la izquierda. Busqué algún testigo ocular, pero no había más que brisa, sol, agua y salitre. Aparté de un manotazo la bicicleta y le revisé los bolsillos. Encontré las llaves de mi auto, un carrete de cinta aislante roja y un dedo anular. Despabilé a Hermes a los cachetazos y le puse el cañón en la oreja; estaba terriblemente pálido.

—Deme una dirección o lo dejo desangrarse hasta el mediodía.

El resuello no le permitía contestar. Guardé el revólver y le fabriqué un torniquete con la cinta roja y mi pañuelo.

—El bosque Peralta Ramos —me sorprendió; tenía la vista baja y la voz aflautada por el miedo. La altura de su voz le llegaba esta vez a las rodillas-. Entre al bosque, que yo lo guío.

Era, en el fondo, un gran optimista. Se desmayó de inmediato. Lo cargué hasta el Renault, y até su bicicleta al techo. Volví al asfalto, me desvié en la entrada del Alfar y rodé varias cuadras descampadas hasta una tranquera abierta. Hermes, que iba recostado contra la ventanilla, se quitó la gorra y me pidió, sin abrir los ojos, goteando sudor frío y vergüenza, que buscara a trescientos metros una casa de té, y por detrás, un camino transversal que terminaba en una vieja cabaña de piedra.

No sé si volvió a desmayarse. Sé que su cabeza calva y pecosa golpeaba el vidrio al son de los baches y los bandazos de la travesía. La cabaña estaba en los prolegómenos de su derrumbe. Una ranchera, con el motor todavía caliente, dormía el sueño de los justos bajo un alero. Tomé prestado el llavero de Hermes y abrí las dos cerraduras de la entrada. Un pájaro lanzó una advertencia, las copas de los cipreses se movían como plumas. Se había levantado un viento raro y de repente había nubes pesadas en el cielo y sombras nuevas en el bosque. A lo lejos, un carpintero ponía en marcha su sierra eléctrica. Cargué a Hermes en brazos y lo deposité en el sofá. Prendí las luces para no abrir las ventanas, rasgué el pantalón de lona y le miré mejor la lastimadura. Tenía más culo que cabeza: la bala no había comprometido ninguna arteria; el torquinete no servía de mucho. En el baño me tropecé con un viejo cajón blanco de primeros auxilios. Limpié la herida con solución yodada y le armé un apósito. Le serví una Legui y le juré por los santos evangelios que de esa pavada no iba a morirse. Tomó la caña de un trago, con los ojos bien abiertos, y asintió. Le acomodé unos almohadones en la nuca y en la espalda, y le mostré el dedo anular. Volvió a cerrar los ojos y se quedó dormido.

Puse el anular en el congelador y un bife en la plancha. La cocina era reducida pero confortable. Sobre la mesada, Hermes había abandonado su lapicera y su resma de papel anónimo. El dormitorio principal olía a naftalina y era dominado desde las alturas por un monumental Cristo crucificado. Sobre la mesita de luz había un ejemplar de La razón de mi vida y dentro del cajón una libreta de enrolamiento. Hermes tenía setenta y dos años y se llamaba Ortiz, y esas simples revelaciones me deprimieron por el resto de la mañana. Ortiz (noble anciano) roncaba boca arriba, así que bajé la bicicleta y revisé los fondos: parrilla, herramientas, latas y botellas. El segundo dormitorio, sin embargo, almacenaba trescientos libros de historia. El living y el comedor eran despojados y tristes. Corté dos tomates al medio, dejé el revólver al alcance de un gesto y almorcé releyendo a Pepe Rosa y sorbiendo un vino rancio.

Luego me senté en una mecedora, junto a la estufa de leños, y dormí despierto una pequeña siesta. Ortiz me despertó al despertarse: se estaba mirando el vendaje con asombro. Levantó la vista, se palpó el hígado como si le hubiese estallado, y ensayó su vocecita en versión lenta y pastosa:

—Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista.

—No cuente conmigo. Dejé de ser peronista en 1974.

—Sea bueno y sírvame otra Legui —dijo con una sonrisa y un gesto de dolor.

Esta vez lo acompañé en el sentimiento. La risa se le había transformado en catarro, y la caña le bajó el incendio de la garganta al pecho. Levanté mi copa, por la mitad, y lo miré a través de ella. Todo es según el cristal con que se mire.

—¿Cuándo conoció a Evita?

—En 1946 —respondió, enronquecido y vidrioso—. Me la presentó mi primo hermano, que en paz descanse. Era subsecretario de Estado: llegó a coronel de la Nación. Ella, recuerdo, me caló en seguida. “Este muchacho va a ser mejor peronista que vos, ya vas a ver”, le dijo. Trabajé en la Fundación hasta el golpe. La señora me probó, me presionó y me adoptó. Cuando ella adoptaba a alguien, querido, era para siempre. Y uno tenía que acostumbrarse por igual a las bendiciones más luminosas y a los enemigos más encarnizados.

Pasadas la ira y las quejas monosilábicas, venía esta ensoñación, esta verba inflamada, este radioteatro de las seis de la tarde. Por primera vez me puse nervioso. Perder el tiempo es más peligroso que recibir un tiro. Dejé la copa, apagué las luces y abrí las ventanas.

—Todo hombre tiene su momento culminante —estaba diciendo. La mirada vacía, la cabeza hecha un videoclip de los años de euforia—. Cuando ella me tocó, viví esa rara epifanía.

La palabra “epifanía” lo hizo tropezar, se ruborizó hasta las raíces del cuero cabelludo y trató de bajar el tono. Las imágenes de su pasado se evaporaban en un segundo, y me di cuenta de dos cosas: era homosexual y posiblemente no lo sabía.

—Nunca fuimos tan felices como en aquellos tiempos. Hacíamos el bien, participábamos de las galas. Ella me llevó en su viaje a Europa. La asistí en su enfermedad, estuve a su lado en su agonía, ayudé a prepararla para su muerte, seguí con su obra y perseguí a los que robaron su cadáver. Los perseguí con llamadas anónimas, amenazas y flores, los ayudé a caer en sus desgracias.

—La maldición —dije, momentáneamente interesado. La ensoñación había virado hacia el odio: Ortiz odiaba como nadie.

—Ayúdate y te ayudaré —recitaba, poniéndose bíblico. Volvió a toser—. A veces a las maldiciones, como a los milagros, hay que darles un empujoncito para que se cumplan, compañero.

—¿De quiénes son esos dedos que mandó?

—Eso no tiene la más mínima importancia —dijo espantando con una mano la idea. De inmediato se dio cuenta, sonrió—. El doctor Ara nos enseñó los secretos de la taxidermia. Mi primo perdió poder pero nunca perdió las ínfulas: ahora él también yace incompleto para toda la eternidad. ¿Sabía que Perón no fue embalsamado y que sin embargo sus profanadores, trece años después, encontraron su cuerpo inexplicablemente intacto?

—Le aplicaron a último momento una inyección con sustancias especiales, y pudo haber pasado que los profanadores hubiesen embalsamado luego las manos robadas —me defendí de una acusación que nadie me hacía—. Pero, para serle sincero, no me tomé demasiado trabajo: siempre creí que lo suyo era un fraude.

Se encogió de hombros.

—Mi primo hermano era el verdadero fraude —dijo, alumbrado por la melancolía—. Eva, como siempre, tenía razón: yo fui mucho mejor peronista que mi primo. Venga, déme una mano.

—Usted tiene cuatro —dije, y miré el revólver. El hombrecito se puso de pie sin hacerme caso, dio tres saltitos para no apoyar la pierna lastimada y empujó el sofá. Guardé el 38 y lo imité.

Ortiz levantó la alfombra y descubrió una trampa: tomó la manija dorada y la alzó a pulso. Tenía mucha práctica: se agachó para prender una lamparita interior, apoyó sus brazos en los bordes, se balanceó hacia adentro y bajó los primeros escalones con ayuda de un solo talón. Por las dudas, saqué de nuevo el revólver y lo amartillé. La escalera me hundió en un sótano húmedo pero bien iluminado. Me quedé con la boca abierta. El pequeño monstruo me apoyó la punta de un florete en un orificio de la nariz.

—Si estornuda, se lo clava hasta el cerebro, querido —me explicó, y empezó a reírse. Luego retiró la espada, y dijo—: Déjese de macanas, que somos grandes.

—Grandes boludos —suspiré. Abandoné el 38 y me rasqué la nariz.

Ortiz me mostró la empuñadura del florete. Tenía grabado el nombre de su dueño: Juan Domingo Perón.

—Voy a reconstruir el peronismo —aseguró, muy serio.

—No es una idea original.

Con amor descarado devolvió la hoja de acero a su funda. Mi boca seguía abierta: el sótano entero era un museo peronista.

—El verdadero peronismo se murió con Evita —dijo.

—“Si Evita viviera sería montonera”.

—El peronismo vivió de prestado hasta la muerte del General. Todo lo demás fue un gran malentendido. Una farsa.

Había, por todos lados, carteles escritos con pluma fuente y trazo pomposo y esmerado, inclinado levemente hacia la derecha. Era imposible perderse: vestidos de la señora, zapatos del señor, uniformes, sombreros, pelucas, muñecas de marfil, soldados de porcelana, discos de pasta, cientos de placas recordatorias, diplomas añejos y álbumes sepia, documentos lacrados, armas antiguas. Contra una pared descansaban dos motocicletas silenciosas, y una gran caja fuerte custodiaba la cripta. En el centro de ella, el diminuto mesías abría sus brazos como un tenor:

—¡Aquí tiene mi verdadero tesoro, cagatintas! Pase y vea. Me llevó años rescatarlo de los impíos, de los cobardes y de los traidores.

Una nueva y peligrosa locura le brillaba en los ojos. Se me erizaron hasta los pelos del culo. Ortiz podía ser muchos personajes en uno solo: era el anciano inofensivo, el joven viejo, el hombre razonable, el homosexual larvado, el asesino histérico. Volví a tocarme la nariz, sentí una punzada en la corteza cerebral.

—La Libertadora repartió sus cosas como si fuera un botín y luego Isabel se quedó con una parte —Ortiz se había vuelto y había rengueado hasta la caja de hierro. Había comenzado a mover el tambor y ahora yo no podía verle la cara—. Nunca pude tragar a Isabel. Nunca. Eva, un día en sueños, me contó quién era realmente esa mujer, y lo que le estaba haciendo al general Perón. Dicho y hecho.

Hubo un ruido metálico y el maestro de ceremonias tiró de la pesada puerta. Vi los cajones y los compartimentos llenos de algunas de las 650 alhajas y de las 766 piezas de platería que la dictadura les incautó en 1955. También vi un gran frasco de aceitunas con las manos del pobre coronel Ortiz: flotaban en un líquido turbio; a la izquierda le faltaban tres dedos.

—Es un acto simbólico: a los ladrones se les cortan las manos —dijo irónicamente su primo hermano, y me acerqué para comprobar si no se trataba de un espejismo. Imaginé que el coronel, como tantos, traicionó en el último minuto, y que había flotado como un corcho durante décadas y océanos de gorilismo institucional y corrupción burocrática. Escuché que Ortiz manipulaba unos papeles y que pensaba en voz alta—: Los profanadores de Chacarita pudieron haberse ahorrado tiempo y esfuerzo. Si querían presionar al gobierno de Alfonsín o extorsionar al peronismo, ¿no era más fácil y contundente robarse el cadáver con cajón y todo? No, compañero, no. Lo que querían lo consiguieron: querían mandar el mensaje.

—¿Y qué mensaje quería mandar usted, amigo?

Los papeles eran recortes periodísticos de la profanación. “Su rostro estaba intacto. El pelo negro, tirante, y la piel muy blanca, como si le hubieran aplicado maquillaje. Sus muñecas mostraban signos de haber sido seccionadas con una sierra quirúrgica. No parecía que la piel hubiese sido arrancada. Restos de polvillo quedaron al lado de las muñecas. Se cree que la operación, por su eficacia e impunidad, exigió zona liberada, un número importante de hombres, y gran despliegue logístico”. Una nota analizaba las seis hipótesis y se apoyaba en la última: las manos abren —a través de sofisticados sensores— una caja de seguridad en Suiza. Y un informe especial muy posterior contaba cómo los testigos y el juez de la causa fueron muriendo en “sospechosas circunstancias”. Se comentaba, en una crítica de libros, las reeditadas memorias póstumas del luctuoso doctor Ara, y se citaba una anotación de 1952 en su cuaderno: “Finis coronat opus. El cadáver de Eva Duarte es ya absoluta y definitivamente incorruptible”. Las fotocopias eran múltiples, desordenadas, atemporales y desvaídas. La frase anónima sobre el ilustre prócer y la eternidad, estaba resaltada una y otra vez en amarillo. Le quité de la mano una carta de la Massonería Universale del Rito Scorzzese, que se dirige a Perón mencionándolo con el “grado 33”.

—¿Cómo puede ser que a nadie le importe? —ahora Ortiz parecía infinitamente cansado. Se apoyó en mi hombro, tragó saliva—. ¿Puede imaginárselo ahora mismo, allá abajo en la oscuridad de la bóveda, con los ojos cerrados y los muñones expuestos? ¿Puede imaginárselo, querido? Eva me lo mostró una noche, y es muy difícil para mí dormir desde entonces. Muy difícil.

—¿Qué había al final de las postas?

Pareció darle un acceso de risa, pero fue una falsa alarma. El histrionismo teatral se desmoronaba, el personaje cambiaba de ropa. Comenzó a negar una y otra vez con la cabeza. Era un enano con una sombra inmensa. La sombra subía por la pared del sótano y se perdía en el techo negruzco.

—Lo único que pretendía era reflotar el expediente, que el ilustre prócer no cayera en el olvido —un rayo de furia pareció despejarlo, pero fue otra falsa alarma. De todas formas, sus ojos se volvieron dos ranuras. Me soltó el hombro, me dio un puñetazo suave y cariñoso—. Pero usted fue tan chambón, querido. Tan chambón que me di cuenta en seguida de que me subestimaban. Hasta pensé que se había ahogado.

—Sintió curiosidad.

—Y además sentí curiosidad. Estoy viejo y, de todos modos, ésta era solamente una partecita del plan, compañero.

—¿Reconstruir al peronismo?

—Nunca es tarde cuando la dicha es buena.

—¿Fue también Pedro Ara el que le enseñó cómo borronear las huellas dactilares?

—Eso tampoco tiene la más mínima importancia. Soy el último peronista.

—Le creo —dije, mirando en redondo: tenía la imagen del capitán Nemo hundiéndose en la tumba del Nautilus bajo las cavernas acuáticas de la isla misteriosa—. Pero para reconstruir la ilusión no alcanzan ni todas las alhajas de Evita.

—Eso es lo que usted piensa.

Ahora me tocaba a mí encogerme de hombros:

—Hace rato que dejé de pensar.

Escuchamos cómo el agua de un sorpresivo chaparrón corría por las canaletas exteriores. Le di por primera vez la espalda, caminé hasta la escalera sin ser acuchillado, subí hasta el Renault y salí hasta el mar. Ahora diluviaba sobre Mar del Plata. Me puse a reír como un loco, luego tuve un llanto abortado dándome vueltas por el garguero; al final viajé muerto y congelado cuatrocientos kilómetros de regreso a la realidad.

 

 

 

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Jorge Fernández Díaz es escritor y periodista. Durante treinta y cinco años fue alternativamente cronista policial, periodista de investigación, analista político, jefe de redacción de diarios y director de revistas. Es actualmente uno de los principales columnistas políticos del diario La Nación. Publicó, entre otros libros, El dilema de los próceres, Mamá, Fernández, Corazones desatados, La segunda vida de las flores, La logia de Cádiz (Planeta, 2008), La hermandad del honor (Planeta, 2010), Alguien quiere ver muerto a Emilio Malbrán y Las mujeres más solas del mundo. Su última novela El puñal (Planeta, 2014) lleva más de un año en la lista de best sellers, se publicó en España y en América Latina, y será filmada en breve por el director Marcelo Piñeyro. Dijo de esta obra Arturo Pérez-Reverte: “Dura, negra, violenta, desencantada y apasionante novela. Tan argentina que estremece”. Fernández Díaz recibió la Medalla de la Hispanidad, otorgada por el gobierno español y la comunidad española en la Argentina; el Konex de Platino como el mejor redactor de la década; el premio Atlántida con el que los editores de Cataluña celebraron su labor a favor de los libros, y la Medalla del Bicentenario por su obra periodística y literaria. En 2012 fue condecorado por el rey de España con la Cruz de la Orden de Isabel la Católica, y en 2017 ingresó en la Academia Argentina de Letras, donde ocupa el sillón Juan Bautista Alberdi.

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