#LaPalabraPrecisa

#231

12/10/2018

 

Los sentados

Gonzalo Gentil

 

 

Desde el parapeto que separa la calle de la playa, los vio. El mar estaba verde claro, sus olas muy suaves, pequeñas, inofensivas. La calma de esa mañana de domingo permitía escucharlas romper contra los caracoles de la arena. Una brisa del este traía consigo aire puro. Pensó de dónde vendría ese aire. Quizás del océano. Allá, desde donde no se ve la costa, ni aun en una noche despejada con la ciudad llena de luces. Cerró los ojos, levantó suavemente el mentón, y se imaginó en uno de esos barcos inmensos, indestructibles, tomando un trago inclinado sobre la baranda de la popa, mirando la blanca estela que el indestructible dejara al pasar. Imaginó un cielo aturdido de estrellas y una luna que tiña de azul la cubierta de madera. Sonrió. Volvió a abrir los ojos, y el sol hizo que los entrecierre unos segundos. Recuperó completamente la visión y los vio.

 

 Las dos cabezas peludas mirando el mar, las dos reposeras de metal a cuadros naranjas y blancos, la mesa en medio de ellas, los dos vasos, uno vacío, otro por la mitad, la botella. La arena clara se abría a sus alrededores. Había llovido y nadie la había vuelto a pisar. Quince metros a la izquierda, una escollera. Unos treinta hacia la derecha, la otra. Nada más. Nadie más. Desde el parapeto, los pechos de los sentados coincidían con la línea en la que rompían las olas.

 

 Se levantó. Tomó su cámara con ambas manos y sacó una primera foto. No quedó contento. Se movió unos metros hacia adelante, ya del otro lado del parapeto, ya pisando arena. Apoyó una sola de sus rodillas en el suelo y probó una segunda. Asintió con la cabeza al verla en la pantalla. Intentó una tercera. Esta vez, más cerca del suelo. Luego se paró. La miró y pensó que era una hermosa fotografía. Alzó su cabeza nuevamente y miró a los sentados. Quiso por un momento no molestarlos, pero sintió que debía agradecerles. Había sacado, quizás, la mejor foto de su vida.

 

 Caminó lentamente, debatiéndose entre la vergüenza y la felicidad, hacia las dos reposeras. La arena que entraba en sus alpargatas a cada paso que daba, estaba caliente. Mientras avanzaba guardó la cámara dentro de su mochila, sin dejar de caminar. Pensó alguna frase con la que empezar el diálogo. Buenos días, disculpen que los moleste, pero me tomé el atrevimiento de sacarles una foto y quisiera mostrárselas.

 

 Llegó y se paró entre ellos y el mar. Los vio: sus lenguas secas salidas de las bocas. Los ojos abiertos, demasiado abiertos, llenos de sangre, a punto de escaparse de la cara. Él de chomba verde clara y nada más. Ella sin siquiera corpiño, pero con jean. Los brazos les colgaban a los costados. Las venas del cuello estaban hinchadas, como a punto de explotar. Notó que él había defecado sobre la reposera. Ella tenía la entrepierna mojada. Los dos con sus cabezas inclinadas hacia la derecha y la mirada puesta en el horizonte. Había moscas dentro del vaso a vacío.

 

 Sacó una última foto y volvió a la calle, pisando su propia huella.

 

 

Gonzalo Emilio Gentil nació el 25 de Agosto de 1994, en Mar del Plata. Encontró a la literatura a los trece años, en una habitación del barrio Los Pinares sin televisor. Cursa los talleres de narrativa que dictan Mariano Taborda y Emilio Teno en la ciudad..

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