#LaPalabraPrecisa

#211

25/05/2018

 

El solar

Adolfo Bioy Casares

 

 

La Casa del Bosque, abril…

CARTA.

 

Señor:

Si estas líneas le enturbian, como un mal sueño, instantes de un día cualquiera, perdóneme. Escribo para entender mi situación, para aquilatar los peligros y para que el miedo no me paralice. Cuando le haya explicado todo —bastaran muy pocas palabras— acaso yo recupere la calma que tanto necesito: sin ella no he de escapar. Pienso en vidas afortunadas, la suya entre otras, como quien entrevé la luz del sol desde un sótano oscuro. Es de noche y largas horas faltan para el amanecer.

 

Empezaré por hablarle de mi hermano. ¿Usted lo recuerda? Si pregunta por él, probablemente oiga la frase fue siempre un luchador, que yo completaría con el adjetivo cansado. La actividad política en nuestro país desgasta y agobia. No ignoramos que poderes la animan: los más desacreditados prejuicios. En esa lucha un hombre íntegro soporta el asedio continuo de infinidad de seres pequeños, obstinados, débiles y torpes. Aunque superior a sus enemigos, tarde o temprano mi hermano caería bajo el peso de la muchedumbre.

 

—Estoy cansado —me dijo—. Por lo menos no me negaran el derecho al descanso. Me retirare a la Casa del Bosque. Nunca la he olvidado y nunca desespere de volver allá. Te escribiré, cuando llegue, para contarte si es hoy tan hospitalaria como parecía en nuestra juventud y si el bosque es tan misterioso.

 

Partió. Ya no supe mas de el. Por reiteradas cartas infructuosamente reclame noticias. Que mi hermano no cumpliera una promesa era inconcebible. Esta mañana, para averiguar lo ocurrido, emprendí a mi vez el viaje a la Casa del Bosque. Me corroía la inquietud, pero las circunstancias —el tren, idéntico al de los recuerdos, el trayecto tan familiar, el destino, poco menos que sagrado— me infundían fe. Adiviné entonces que para mi hermano el viaje no había sido una derrota, sino el solemne regreso al origen. Con un poco de suerte, quizá podría yo esperar…

 

Baje en la pequeña estación. Entrañablemente dije: ≪ Esta más chica y desolada que nunca≫. Vi un resignado tordillo con su carricoche, a la espera en el palenque, y tierra blanca hasta el infinito, donde el bosque se extendía como una chata serranía azul. Un grisáceo hombre viejo vino a mi encuentro. Pudo salir de la estación; pero aparentemente el vacío lo produjo. ≪ Uno de los Millas≫, pensé. El hombre no me reconoció. ≪ Estos

Millas≫, me dije y moví la cabeza. Le pedí que me llevara. En el camino apenas hablamos.

 

—¿Hay alguien en la Casa del Bosque?

—Tiempo atrás lleve a un hombre.

—¿Sigue allá?

—Quien sabe.

—No parece muy seguro.

—Queda lejos.

El sendero penetró bajo los árboles. Levantando los ojos a la profundidad verde que nos cubría, exclame:

—Está lindo el bosque.

El cochero objeto:

—Mucha comadreja.

—Vi alguna en la zanja. Son dañinas —concedí.

—Y hacen frente.

Admire la sólida ignorancia de los rústicos, que abarca los hechos inmediatos, la práctica de todos los días.

—Las comadrejas coloradas —explique— no se mueven, porque el miedo las paraliza.

—Están las coloradas y están las negras —respondió.

En un abra divise la casa. Por algún fortuito juego de luces aquella cabaña de madera resplandecía en la tarde. !Cuantas memorias evocaba!

Al pagar el viaje, ordene:

—Espere. Voy a ver si hay alguien.

Llame. Trate de abrir la puerta, los postigos. La casa estaba herméticamente cerrada. La recorría por fuera, en busca de un sitio por donde entrar, cuando resonaron los cascos de un caballo. Volví al frente. El cochecito se alejaba. ≪ Todavía voy a pasar la noche al ras≫, me dije. Con un estremecimiento me acordé de las comadrejas. En una pared descubrí un

tablón quebrado; lo rompí del todo y, por el hueco, arrastrándome, penetre en el dormitorio de mis padres. La oscuridad era absoluta. Tuve miedo, no solo de lo que allí encontraría, sino de lo que podía ocurrirme. ≪ Que vergüenza≫, me dije. Había un pesado olor a encierro, a humedad, tal vez a podredumbre. Oí leves ruidos, como si algo se moviera. Pensé: ≪ Es la imaginación≫. De nuevo oí aquello, me eché de bruces y, topando contra los tablones, arrastrándome, salí como pude. Afuera entendí que no me

quedaba mas alternativa que serenarme y volver adentro. Así lo hice y, precipitadamente, gire hacia la derecha —conocía de memoria la casa—, estire el brazo, palpe el pasador de la ventana, lo empuñe, la abrí de par en par. En el dorado esplendor de aquel atardecer en el bosque, apareció ante mis ojos el dormitorio de mis padres como un cadáver en descomposición. Jamás creí que los objetos conocieran decadencia tan repelente. Me sobrepuse. Cruce el dormitorio, abrí una puerta, casi corriendo cruce el cuarto grande, evite la mesa (colocada en el centro, tal como yo recordaba), llegue a la puerta principal. Solo por determinación desesperada vencí la resistencia del herrumbrado herraje y pude abrir.

 

Sobre la mesa encontré los libros de mi hermano, sus anteojos. El hallazgo me conmovió; suscitó una viva esperanza, que muy pronto se convirtió en desoladas premoniciones. De nuevo oí el ruido aquel, de algo que se movía. Entonces, con extraordinaria repugnancia, repare en una comadreja. El animal se detuvo entre la mesa y la pared, justamente donde yo había pasado. Nos enfrentamos. Tarde bastante en recordar lo que sabía: la comadreja estaba paralizada por el miedo. Me miraba fijamente, entreabría la boca, mostraba colmillos filosos. Yo también estaba paralizado ante esa máscara expresiva de crueldad salvaje. Por fin pude apartarme y la bestia camino hacia afuera. Para que entrara luz abrí las ventanas; cerré la puerta, para que no entraran comadrejas. Diligentemente registre la casa. Ahora solo faltaba el sótano. Así la argolla de hierro, levanté las pesadas tablas; con algún recelo me asome. Salía de allí un olor atroz. En la oscuridad de abajo brillaron ojos. Deje caer la tapa. Para descender al sótano necesitaba una escalera de mano (si quería volver arriba) y una luz. Yo no traje linterna. Si no encontraba velas en la casa, no bajaría hoy. Seguí pensando: ≪ Si no encuentro velas, tengo por delante una noche desagradable. Ante todo —me dije— buscar las velas y no dejar que me agarre la noche sin haber tapado la abertura en los tablones, para que las comadrejas no invadan los cuartos≫. Inexplicablemente les había tomado aprensión a estos animales. Bastaron dos decisiones adoptadas con firmeza para que la situación mejorara; sobre todo el ánimo, que es tan importante. En la alacena de la cocina encontré una vela. Bien administrada, alcanzaría para toda la noche. Pasada esta noche tendré el coraje que se requiera. También encontré herramientas, en el roperito de carpintería de mi padre. Me afané con premura, de modo de tapar el hueco antes de la caída de la noche. Concluí a tiempo el trabajo. De nuevo recorrí la casa. Con un palo de escoba empuje afuera una comadreja que se metía por la ventana del cuarto del frente. Cerré las ventanas, pero ya no estuve tranquilo: temía que alguna inmunda comadreja hubiera entrado. Deje los postigos abiertos, para aprovechar hasta el fin la luz. En seguida llegó la oscuridad. Descubrí entonces que por todas las ventanas me miraban ojos de comadrejas amontonadas detrás de los vidrios. No sé porque mis nervios flaquean. Al principio esos racimos de ojos me asustaron. Recapacite luego que no debía perder la calma. Abrí las ventanas, una por una, y reprimiendo el asco desprendí a los animales. Caían afuera como pesadas frutas. Ahora cerré también los postigos, medida providencial, porque a la larga los vidrios habrían estallado por la presión de tanta comadreja. Dispongo, por fortuna, de una vela y de una caja de fósforos. En realidad, la lumbre de una vela, en las circunstancias presentes, resulta poco satisfactoria. ¿Será posible que cruja la casa, oprimida por los animales?. Entre los libros apilados en la mesa encontré una hoja de papel, con un mensaje de mi hermano. Después de leerlo, para que los nervios no me dominaran, me puse a escribir esta carta, cuya redacción me deparó alguna íntima complacencia, probablemente malsana. Acabo de oír un ruido, como de madera que se raja. Tal vez las comadrejas rompieron otro tablón. Veré que ocurre. Si irrumpen, abro la tapa del sótano y salto abajo. A la comadreja que allá me espera, estas dos manos la estrangularan. Con asco pero con odio. Agregó a continuación el mensaje de mi hermano.

 

Mensaje.

Las defensas por sucumbir, cercada la casa, me pregunto si no estaré enfermo, si todo no sucederá únicamente dentro de mí. Desde luego, en la situación actual, ilusiones como esta son locura. No queda salida, el sueño es demasiado profundo.

 

Nota del comisario.

Estimado Señor: Tengo el agrado de comunicarle que en el paraje conocido por Casa del Bosque, en un sótano allí abierto, en la fecha se halló restos humanos de dos personas, a cuya pronta identificación están abocados elementos a mis órdenes. Recabando los datos que estime usted aportar con respecto a los probables autores de la carta y mensaje adjuntos en copia, cumplo en saludarlo……

 

 

Adolfo Bioy Casares nació en Buenos Aires el 15 de septiembre de 1914. La publicación de La invención de Morel, en 1940, fue el verdadero inicio de una brillante carrera literaria que alcanzaría la excelencia en el cuento y en la novela. Le siguieron, entre otras, las novelas Plan de evasión (1945), El sueño de los héroes (1954), Diario de la guerra del cerdo (1969), Dormir al sol (1973) y La aventura de un fotógrafo en La Plata (1985). Escribió además los libros de cuentos La trama celeste (1948), Historia prodigiosa (1956), Guirnalda con amores (1959), El lado de la sombra (1962), El gran serafín (1967), El héroe de las mujeres (1978), Historias desaforadas (1986), Una muñeca rusa (1991) y Una magia modesta (1997). Entre sus ensayos, se encuentran La otra aventura (1968) y De las cosas maravillosas (1999). Con Silvina Ocampo, su esposa, escribió la novela Los que aman, odian (1946). Amigo entrañable de Jorge Luis Borges, formó con él una sociedad que cambiaría el rumbo de la literatura en castellano: juntos escribieron durante casi cuatro décadas bajo el seudónimo común de H. Bustos Domecq y dirigieron para Emecé la célebre colección de novelas policiales El Séptimo Círculo, entre muchas otras colaboraciones. En 1990 fue distinguido con el Premio Cervantes de literatura. Murió en Buenos Aires el 8 de marzo de 1999.

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