#LaPalabraPrecisa

#210

18/05/2018

 

Las vísperas del fausto

Adolfo Bioy Casares

 

 

Esa noche de junio de 1540, en la cámara de la torre, el doctor Fausto recorría los anaqueles de su numerosa biblioteca. Se detenía aquí y allá; tomaba un volumen, lo hojeaba nerviosamente, volvía a dejarlo. Por fin escogió los Memorabilia de Jenofonte. Colocó el libro en el atril y se dispuso a leer. Miro hacia la ventana. Algo se había estremecido afuera. Fausto dijo en voz baja: ≪Un golpe de viento en el bosque≫. Se levantó, apartó bruscamente la cortina. Vió la noche, que los árboles agrandaban.

 

Debajo de la mesa dormía Señor. La inocente respiración del perro afirmaba, tranquila y persuasiva como un amanecer, la realidad del mundo. Fausto pensó en el Infierno.

 

Veinticuatro años antes, a cambio de un invencible poder mágico, había vendido su alma al Diablo. Los años habían corrido con celeridad. El plazo expiraba a medianoche. No eran, todavía, las once. Fausto oyó unos pasos en la escalera; después, tres golpes en la puerta.

Preguntó: ≪.Quién llama?≫. ≪Yo≫, contestó una voz que el monosílabo no descubría, ≪yo≫. El doctor la había reconocido, pero sintió alguna irritación y repitió la pregunta. En tono de asombro y de reproche contestó su criado: ≪Yo, Wagner≫. Fausto abrió la puerta. El criado entró con la bandeja, la copa de vino del Rin y las tajadas de pan y comentó con aprobación risueña lo adicto que era su amo a ese refrigerio. Mientras Wagner explicaba,

como tantas veces, que el lugar era muy solitario y que esas breves pláticas lo ayudaban a pasar la noche, Fausto pensó en la complaciente costumbre, que endulza y apresura la vida, tomó unos sorbos de vino, comió unos bocados de pan y, por un instante, se creyó seguro. Reflexiono: ≪Si no me alejo de Wagner y del perro no hay peligro≫.

 

Resolvió confiar a Wagner sus terrores. Luego recapacito: ≪Quien sabe los comentarios que haría≫. Era una persona supersticiosa (creía en la magia), con una plebeya afición por lo macabro, por lo truculento y por lo sentimental. El instinto le permitiría ser vivido; la necedad, atroz. Fausto juzgo que no debía exponerse a nada que pudiera turbar su ánimo o su inteligencia.

 

El reloj dio las once y media. Fausto pensó: ≪No podrán defenderme. Nada me salvará≫. Después hubo como un cambio de tono en su pensamiento; Fausto levantó la mirada y continúo: ≪Más vale estar solo cuando llegue Mefistófeles. Sin testigos, me defenderé mejor≫. Además, el incidente podía causar en la imaginación de Wagner (y acaso también en la indefensa irracionalidad del perro) una impresión demasiado espantosa.

 

Fausto dijo:

—Ya es tarde, Wagner. Vete a dormir.

Cuando el criado iba a llamar a Señor, Fausto lo detuvo y, con mucha ternura, despertó a su perro. Wagner recogió en la bandeja el plato del pan y la copa y se acercó a la puerta. El perro miró a su amo con ojos en que parecía arder, como una débil y oscura llama, todo el amor, toda la esperanza y toda la tristeza del mundo. Fausto hizo un ademán en dirección

de Wagner, y el criado y el perro salieron. Cerró la puerta y miró a su alrededor. Vio la habitación, la mesa de trabajo, los íntimos volúmenes. Se dijo que no estaba tan solo. El reloj dio las doce menos cuarto. Con alguna vivacidad, Fausto se acercó a la ventana y entreabrió la cortina. En el camino a Finsterwalde vacilaba, remota, la luz de un coche.

 

≪!Huir en ese coche!≫, murmuro Fausto y le pareció que agonizaba de esperanza. Alejarse, he ahí lo imposible. No había corcel bastante rápido ni camino bastante largo. Entonces, como si en vez de la noche encontrara el día en la ventana, concibió una huida hacia el pasado; refugiarse en el año 1440; o más atrás aún: postergar por doscientos años la ineluctable medianoche. Se imagino llegando al pasado como a una tenebrosa región

Desconocida; pero, se preguntó, si antes no estuve allí ¿cómo puedo llegar ahora? .Cómo podía el introducir en el pasado un hecho nuevo? Vagamente recordó un verso de Agatón, citado por Aristóteles: ≪Ni el mismo Zeus puede alterar lo que ya ocurrió≫. Si nada podía modificar el pasado, esa infinita llanura que se prolongaba del otro lado de su nacimiento era inalcanzable para el. Quedaba, todavía, una escapatoria: volver a nacer, llegar de nuevo a la hora terrible en que vendió su alma a Mefistófeles, venderla otra vez y cuando llegara, por fin, a esta noche, correrse una vez más al día del nacimiento.

 

Miro el reloj. Faltaba poco para la medianoche. Quien sabe desde cuando, se dijo, representaba su vida de soberbia, de perdición y de terrores; quien sabe desde cuando engañaba a Mefistófeles. Lo engañaba?. Esa interminable repetición de vidas ciegas no era su infierno?

 

Fausto se sintió muy viejo y muy cansado. Su última reflexión fue, sin embargo, de fidelidad hacia la vida; pensó que en ella, no en la muerte, se deslizaba, como un agua oculta, el descanso. Con valerosa indiferencia postergó hasta el último instante la resolución de huir o de quedarse. La campana del reloj sonó…

 

 

 

Adolfo Bioy Casares nació en Buenos Aires el 15 de septiembre de 1914. La publicación de La invención de Morel, en 1940, fue el verdadero inicio de una brillante carrera literaria que alcanzaría la excelencia en el cuento y en la novela. Le siguieron, entre otras, las novelas Plan de evasión (1945), El sueño de los héroes (1954), Diario de la guerra del cerdo (1969), Dormir al sol (1973) y La aventura de un fotógrafo en La Plata (1985). Escribió además los libros de cuentos La trama celeste (1948), Historia prodigiosa (1956), Guirnalda con amores (1959), El lado de la sombra (1962), El gran serafín (1967), El héroe de las mujeres (1978), Historias desaforadas (1986), Una muñeca rusa (1991) y Una magia modesta (1997). Entre sus ensayos, se encuentran La otra aventura (1968) y De las cosas maravillosas (1999). Con Silvina Ocampo, su esposa, escribió la novela Los que aman, odian (1946). Amigo entrañable de Jorge Luis Borges, formó con él una sociedad que cambiaría el rumbo de la literatura en castellano: juntos escribieron durante casi cuatro décadas bajo el seudónimo común de H. Bustos Domecq y dirigieron para Emecé la célebre colección de novelas policiales El Séptimo Círculo, entre muchas otras colaboraciones. En 1990 fue distinguido con el Premio Cervantes de literatura. Murió en Buenos Aires el 8 de marzo de 1999.

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