#LaPalabraPrecisa

#209

11/05/2018

 

Un sueño

Adolfo Bioy Casares

 

 

A la altura de Camet, mi compañera de asiento me preguntó si su maleta me incomodaba, a la altura de Cobo comentó que el continuo pasaje de mozos que ofrecían empanadas y Bilz representaba un significativo adelanto y a la altura de Vivorata me refirió la siguiente historia:

—Cuando nos casamos, con Julio, resolvimos iniciar la nueva vida—de novios, entre nosotros, llevábamos la friolera de veinte años— convirtiendo en realidad nuestro más caro sueño de establecer domicilio en Mar del Plata. Verano tras verano, nos trasladamos hasta allá por la temporada (yo soy peinadora, y mis clientas hormiguean en el Bristol y en el Gran Hotel; Julio es enfermero, y con los cambios bruscos nunca falta el engrapado

que clama por la inyección). Verano tras verano, al sentir rebullir la salud en la sangre, nos quejábamos de que era una picardía tener que volver a Buenos Aires, a la vida triste, al frío y a la oscuridad. Así que no bien constituidos en matrimonio, pedimos a un señor de nuestra relación, rematador de oficio, que se encargara de buscar inquilino serio para nuestro departamentito y partimos a instalarnos en Mar del Plata. Era entonces el verano y alquilamos un chalet bien orientado, que resulto de lo mas fresco. Trabajamos bastante aquella temporada, menos animada, quien lo duda, que otras, aunque el empuje de la Perla del Atlántico es asunto serio, como lo prueba el Hotel Saint James, que se esta levantando frente a la Playa de los Ingleses. A propósito de ingleses, ni ellos iban quedando al promediar marzo, y para abril Mar del Plata era una desolación, por donde el viento no se detenía a componer remolinos y pasaba de largo, sin nunca pasar del todo. Yo descubrí, a costa de la bronquitis crónica y del reumatismo progresivo, que nuestro chalet, si tomábamos en cuenta el invierno, estaba orientado hacia el sur, que es lo peor. Usted no se imagina lo que varía aquello cuando usted pasa de la temporada al invierno. Por mas que recorra las calles no sorprenderá un veraneante en esas canastas de alquiler arrastradas por caballos medio muertos, que son nota de alegría y de color amarillo. La clientela, de la clase a que estoy acostumbrada, raleo en un cien por cien y, a pesar del frío y de las humedades que bajaban por la pared y se atrincheraban en el colchón de estopa, nadie llamaba a Julio para que le aplicará la más mínima inyección. El pobre consiguió, como gran cosa, que lo conchabaran en el hospital, a lo que no está acostumbrado, para trabajar medio día, una vez por semana. Nosotros tenemos nuestro amor propio y no comentábamos ni muy notoriamente sonreíamos con la mueca, pero la verdad es que fue un trago amargo. Ni leer podíamos. Tenga en cuenta que mi marido es un lector extraordinario. El pobre perdía la cabeza, manoteaba el costurero, estrujaba unos pesos, que estaban en franca disminución, desfilaba hasta el quiosco y al ratito nomas volvía con la pila por debajo del brazo. Todo era inútil: las revistas se le caían de la mano. No podía leer y fijaba en la pared una mirada rara. Esto de las miradas requiere capítulo aparte. .Que opina si le cuento que a veces nos sorprendíamos uno al otro —y vea que nos queremos— mirándonos con odio? Lo que gastamos en farmacia no está escrito. Por mi lado, la bronquitis y el reumatismo, que ahora es mi compañero hasta la tumba; por su parte, el catarro de fumador, aunque no fuma, y los dolores que le envolvían como una venda helada la redondez del cráneo. En un momento que llamare siempre de inspiración, me dije: ≪ Si nos aguantamos un poco, quien sabe a lo que hemos de llegar. Yo no soy nada, pero Julio tiene otro vuelo. O se convierte en un vulgar asesino y una noche me retuerce el pescuezo como lechuza o hace un gran invento, saca de su cabeza privilegiada una luz genial≫. Todo quedo en nada. Los hombres, ya se sabe, son menos fuertes que las mujeres. Un día no pudo más y me pregunto: ≪. ¿Qué tal, Cenobia, si nos volvemos a Buenos Aires?≫. La tentación era grande. Me le colgué del cuello, le bese la oreja, por primera vez después de muchos meses, y le conteste en susurro: ≪. ¿Qué tal, Julio, si nos volvemos?≫. Desde ese momento retomo todo la normalidad. El rematador, activo solamente con la lengua, no había alquilado todavía nuestro departamentito. Entramos en el mismo como quien entra en su casa. Para festejar la gran oportunidad prendimos el calefón, llenamos la bañera de agua que pelaba y los dos zanguangos de medio siglo por barba, como dos niños, nos bañamos juntos.

 

 

 

Adolfo Bioy Casares nació en Buenos Aires el 15 de septiembre de 1914. La publicación de La invención de Morel, en 1940, fue el verdadero inicio de una brillante carrera literaria que alcanzaría la excelencia en el cuento y en la novela. Le siguieron, entre otras, las novelas Plan de evasión (1945), El sueño de los héroes (1954), Diario de la guerra del cerdo (1969), Dormir al sol (1973) y La aventura de un fotógrafo en La Plata (1985). Escribió además los libros de cuentos La trama celeste (1948), Historia prodigiosa (1956), Guirnalda con amores (1959), El lado de la sombra (1962), El gran serafín (1967), El héroe de las mujeres (1978), Historias desaforadas (1986), Una muñeca rusa (1991) y Una magia modesta (1997). Entre sus ensayos, se encuentran La otra aventura (1968) y De las cosas maravillosas (1999). Con Silvina Ocampo, su esposa, escribió la novela Los que aman, odian (1946). Amigo entrañable de Jorge Luis Borges, formó con él una sociedad que cambiaría el rumbo de la literatura en castellano: juntos escribieron durante casi cuatro décadas bajo el seudónimo común de H. Bustos Domecq y dirigieron para Emecé la célebre colección de novelas policiales El Séptimo Círculo, entre muchas otras colaboraciones. En 1990 fue distinguido con el Premio Cervantes de literatura. Murió en Buenos Aires el 8 de marzo de 1999.

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