#LaPalabraPrecisa

#187

08/12/2017

Mi Navidad china en Nueva York

Gustavo Ng

 

 

El lugar de mi viejo

Mi viejo tiene un local en el Chinatown de Manhattan. Antes era una casa de regalos, uno de esos bazares de los chinos en que se abigarra una variedad infinita de adornos, artefactos, cacharros, herramientas, alhajas, trastos, juguetes y una multitud de enseres misteriosos que nadie puede adivinar para qué fueron fabricados ni quién puede comprarlos. De hecho, la cantidad inextinguible de chirimbolos, su variedad inagotable y su aplicación tan enigmática, quizás expliquen por qué los bazares chinos se parecen cada vez más, mientras uno avanza hacia sus fondos, a las cuevas donde los piratas de hace siglos han dejado el caos de sus botines, hasta llegar a una zona en que casi no penetra la luz y donde brillan unas últimas joyas que perdieron una tarde, jugando, las niñas de la noche de los tiempos.

Pero con decisión moderna, mi viejo dejó atrás aquel pasado legendario y montó una agencia de lotería. Los timberos entran y se sientan a mirar una pantalla en la que van apareciendo números. Cada cuatro minutos suena un trompetazo y los números se hinchan, saltan, cambian de color indicando que ha terminado la jugada. Los timberos arrojan las boletas del fracaso al piso y unos pocos han ganado unas monedas que corren a reinvertir en la próxima jugada. La lotería arroja un nuevo resultado ¡cada cuatro minutos!

Mi viejo llega al local caminando lentamente por las calles con hielo, desde el estacionamiento donde deja su auto. Pasamos por una iglesia ortodoxa griega, por un depósito de comida y una ferretería. De la ferretería sale un amigo con el que mi viejo charla a los gritos durante un rato. Cuando han terminado mi padre me traduce: él le ha contado que soy su hijo y que he llegado desde Argentina, y el tipo le ha contado que en Argentina están saqueando los supermercados de los chinos. Finalmente llegamos a su lugar en el mundo, la agencia de lotería.

En la vereda están los paquetes de diarios que mi viejo venderá. Él abre la persiana metálica y las puertas, me pide que entre los diarios, los entro, les corta el cincho, me pide que los acomode en un exhibidor.

Tiene dos empleadas chinas, una simpática y una reservada. Llegan minutos después de mi viejo, la más simpática con cafés. Le agradezco el mío, trato de charlar un poco, pero no entiende inglés.

Luego nos ponemos a charlar un rato con mi viejo.

Me dice que no puede dejar el negocio porque no sabría qué hacer. "Me quedaría en mi casa mirando todo el día la televisión".

 

Comunidad

Estos días fui sometido al ensayo del sentido comunitario, que atribuí al síndrome de la inmigración y a la vida social de los chinos. Viendo que al llegar a su negocio encuentra los paquetes de diarios tirados en la vereda, le pregunté a mi viejo si nunca se los había robado y me contó que una vez sí, y que descubrió quién era en la grabación de las cámaras de seguridad. Había sido un chico medio retardado; mi padre le dijo a la madre del chico, y el chico, asustado, no volvió a pisar la vereda. Mi padre se reía de la anécdota.

Ya conté que los ferreteros lo recibieron una mañana con una noticia de Argentina que habían visto en el noticiero, ya que sabían que su hijo argentino estaba en Nueva York.

Cuando pasamos junto a un parque donde los chinos están practicando tai chi, algunos lo saludan de lejos.

Joaquín, el portero dominicano del edificio de al lado, va al negocio de mi viejo a charlar un rato y mi viejo me habla de una congresista portorriqueña a quien conoce muy bien. Me contó que antes de casarse con Alice era amigo de toda la familia de ella. Observo que conoce la vida de los grises personajes que se pasan las horas en su negocio jugando a la lotería. Creo que podría seguirlo durante el día y descubrir cuántos amigos tiene, en esa mezcla de comunidad y barrio.

 

 

Sobre una pila de diarios

A cada instante entran y salen del negocio de mi viejo los tipos que compran billetes de lotería. Cuando están dentro, se sientan a mirar la pantalla.

Son unos tipos que andan con ropa barata y raída, de anteojos viejos y dientes marrones, y una expresión eterna de hastío y ofuscación. Resulta desconcertante decir que están jugando; nada más alejado del juego que esta escena.

No juegan, sólo se amargan porque no ganan.

No pierden lo suficiente para irse y no volver, pero cuando ganan, el premio no les sirve más que para solventar una parte de la próxima jugada.

Una vez escuché un grito fuerte: era de uno que había ganado (más de seis mil dólares, me dijo mi viejo), pero cuando me di vuelta y lo miré, no encontré en su cara una sonrisa de felicidad, sino de revancha. Le dije algo para celebrar el momento y no me prestó atención.

Juegan de a dos o tres dólares. No hablan entre ellos, no miran más que la pantalla y sus boletas, que al final de cada jugada arrojan al suelo. No les importa nada, hasta se han olvidado de sí mismos, de sus amigos, sus familias, su trabajo. Se han olvidado de que tienen una vida. Son tipos eternos, están en un estado de transitoriedad permanente. Dentro de 300 años se los hallará acá dentro, en este lugar parecido a una estación de tren atrapada en el tiempo. Seguirán con la misma mirada distraída e inquieta, sin disfrutar, sentados en las mismas sillas que mi viejo compró quizás en los 80 o en los 70, mirando con fijeza de alienados las pantallas donde danzan los números.

Y mi viejo estará entonces, detrás del mostrador histórico, cobrando y pagando premios, con su gorra, sus anteojos de marco de carey, callando con los callados, intercambiando con alguno dos palabras rituales —palabras en cantonés, filipino, indonesio o alguna lengua de un país desconocido para los occidentales, que creen que sus mapas son exhaustivos. El mundo tiene muchos más rincones de los que registran la televisión y las infografías, y en las tardes de la eternidad mi padre ha tenido tiempo de aprender sus insospechados idiomas.

Hacía trece años que yo no veía a mi padre. No tenía visa para entrar a los Estados Unidos, y no convencía a mi viejo de que viajara a encontrarme en un país donde podíamos entrar ambos, México, Cuba, Inglaterra. El no saldría de Nueva York, del negocio, ni se movería de su lugar detrás del mostrador.

Conseguí venir finalmente, a pasar la Navidad con él, su esposa y su nuevo hijo. Mientras espero que llegue la Navidad, estoy sentado arriba de una pila de diarios acumulados sobre un cajón, al lado de él, detrás del mostrador.

Día tras día pasan las horas detrás del mostrador.

Le pregunté qué estaba organizando para el festejo de la Nochebuena.

— Nada —me dijo. — Nosotros no festejamos.

And so this is Christmas. Esta es mi Navidad con mi viejo. Los dos sentados lado a lado detrás del mostrador. Con nuestras anchas caras de luna llena achatada en los polos, nuestras largas y erizadas cejas proyectadas como espinas y nuestra expresión de acritud eterna.

Dos días después de Navidad regresaré a Buenos Aires. Mi viejo quedará acá. Por el resto de los tiempos, parece.

 

Los inmigrantes

Para muchos inmigrantes, parte de su adaptación a los Estados Unidos es convertirse en protagonistas del consumo desenfrenado, aunque no por eso quedan integrados al nuevo país. Nunca se pierde la etiqueta de origen en la Metrópolis.

Algunos inmigrantes pueden pasarse la vida hablando el idioma nada más que lo indispensable, casi sin mezclarse con los nativos y los miembros de otras minorías y robusteciendo los lazos comunitarios con las personas de su mismo origen.

Muchos inmigrantes compran todo lo que pueden y lo atesoran. Han aprendido en sus vidas, o han heredado el aprendizaje de sus ancestros, la lección de la atrocidad del hambre. En Estados Unidos (donde nada les borra ningún trauma), las tiendas están llenas y se pueden comprar todo: es el momento y el lugar para hacerse de una reserva por si reaparece el espanto de la inanición y la miseria.

Las casas de estos inmigrantes no son territorio norteamericano, sino del país de origen. Sus casas son barcos, y allí acumulan todo lo que pueden.

Cuando un paisano llega desde su tierra natal, lo reciben con regocijo. Lo meten dentro del barco y lo empiezan a alimentar con lo más rico que tienen, en un gesto de franca generosidad, en recuerdo de la pobreza angustiante con que ellos mismos llegaron. Integran al desventurado a la comunidad alimentándolo. Alguien le arrebatará la bolsa con alimento viejo que trae, la comida que iba comiendo de a pequeñas raciones, y la tirará al agua, mientras abarrota al nuevo con el alimento que tienen acumulado en el bote. Es necesario que se le considere famélico, enfermo, lleno de pulgas, desdichado.

 

Nochebuena

No se festeja la Nochebuena en casa de mi viejo. Y no he podido descubrir en él ningún rastro de las nutridas nochebuenas que pasábamos en Argentina cuando yo era chico y él joven.

Eran festejos multitudinarios, que reunían a los doce hermanos de mi madre y sus padres, maridos y esposas, hijos, suegras, yernos, tíos, primos, novios, vecinos y amigos de todos ellos, en una cena de varios cerdos asados, fuentones de ensaladas, kilos de pan, baldes de clericó, y más tarde bolsas de 50 kilos de nueces, miles de platos de mazapán, turrones y confites, una fila de metros de pan dulces, un mundo de copas en que se derramaba la sidra, una galaxia de velas, adornos de muérdago, árboles, coronas, un Papá Noel de carne y hueso que bajaba de algún techo luego de un apagón y al que una linterna alumbraba luego de que todos escucharan su potente ¡jo, jo, jo! en la oscuridad, y seguía hasta que conseguía bajar por una escalera de pintor oportunamente apoyada sobre una pared, bañado de sudor y cargando una bolsa descomunal, y se disponía, con todo el mundo alrededor, a desplegar con paciencia el elaborado ritual de ir sacando de la bolsa, que misteriosamente se había multiplicado por cuatro o cinco, regalo por regalo, cientos de regalos, para todos, los más pequeños y los más viejos, leyendo la etiqueta e invariablemente preguntando "¿dónde está el niño Héctor?" (el dentista amigo de la tía Esthercita, a quien se sospechaba más que amigo) o "esto es para la niña Rosita, ¿dónde está?", y cuando la niña Rosita llegaba hasta Papá Noel, arrastrando sus 88 años, "¿no hiciste renegar a tus padres, Rosita? ¿Pasaste de grado?", y desaparecido Papá Noel tras un nuevo apagón, la noche de farra con los chicos agotándosele las pilas y destartalando los juguetes nuevos, los borrachines brindando todo el tiempo, unos hablando de fútbol, otros discutiendo de política, los perros felices con lo que iban rescatando del descuido y los bailarines saltando al ritmo de la tarantela. Mi padre era protagonista de todo aquello y sin embargo ahora, chino en Nueva York, en su casa la Nochebuena es tan ignorada como el día nacional de Eslovenia.

No se por qué. Estoy un poco azorado. Se que no son religiosos, pero establecido que la Nochebuena es algo que va más allá de la religión. Evidentemente, la familia china de mi viejo es inmune al marketing de las navidades. No entra Santa Claus en el cofre profundo de la barca.

 

Central Park vacío

Camino por un Central Park despoblado. Supongo que la mayoría de los neoyorquinos deben estar preparando la Nochebuena. Las pocas personas que encuentro están haciendo footing -una mujer corre llevando el cochecito con su bebé (los corredores son indeclinables) o son turistas.

 

La misa de Francisco

La Nochebuena, en fin, fue como cualquier noche en casa de mi viejo. La explicación de Alice me causó mucho respeto porque era frontal y honesta.

Sin embargo, seguía aquello de que todos los años que mi viejo vivió en Argentina, época en que la Nochebuena era la fiesta más importante de la familia que lo había adoptado.

El 23, cuando llegábamos a su casa en Brooklyn me prometió “mañana vamos a ir a ver las casas decoradas con luces”. Es una tradición de su barrio. Las casas enormes como barcos de fiesta, quedan tapadas bajo nubes de luces como si estuvieran adornadas de fuegos artificiales.

Alice nos sirvió la cena y charlamos asuntos del día, temas que habríamos de olvidar para siempre en algunas horas. Como todas las noches, alabé su comida, comentamos el pronóstico meteorológico, ella contó que había encontrado una oferta de una marca de ropa muy buena.

Luego mi viejo y yo fuimos a la sala de estar donde está el televisor. Mi viejo puso un canal hispano. Seguimos comentando temas cotidianos. Él miraba la tele y yo contestaba mensajes por correo electrónico, miraba algunos diarios, recorría facebook y las demás cosas que se hacen con el celular. En algún momento hablamos de que en los celulares se podían escuchar antiguas grabaciones de Los Chalchaleros. Mi viejo era seguidor de Los Chalchaleros. Yo le pregunté si le gustaba mucho Cafrune, porque recordé que había un disco de Cafrune cuando yo era muy chico y me pasaba el tiempo escuchándolo, pero nunca supe si realmente le gustaba a él. Mi viejo me habló de Hernán Figueroa Reyes. Me enteré en ese momento que lo había conocido, se habían hecho amigos y se veían cada vez que Hernán Figueroa Reyes iba a San Nicolás.

En la televisión pasaban algo que era un bochorno. Me quedé dormido con el celular en la mano.

Al rato me desperté y todo seguía igual. Mi viejo sentado en el mismo sillón, en la misma posición, el hispano de la tele, macho y caballero, seguía gritando.

Le dije a mi viejo que estaba cansado, que me iba a dormir.

Me dijo que en un rato iban a dar la Misa de Gallo del Papa argentino.

“Estos argentinos se aparecen por todos lados”, bromeé, me paré y me fui a dormir.

Mi viejo se quedó allí.

Al otro día me contó qué había dicho el Papa. Lo había dejado muy conforme. Estaba entusiasmado.

Mi viejo, en fin, había hecho lo que pudo. Y no fue poco, después de todo: había recibido la Nochebuena con un argentino, a la sazón, el tipo más importante del Cristianismo.

 

 

Gustavo Emilio Ng nació en 1962, en San Nicolás, provincia de Buenos Aires. Descendiente de chinos, vascos, gallegos e italianos, trabajó como periodista en Argentina, Brasil, Perú y Cuba. Es padre de cuatro hijos. Coordinó talleres de redacción de cuentos para personas sin hogar. Es coautor de "El otro bicentenario, 200 hechos que no hicieron Patria" (Ed. Norma, 2010) y de "Todo lo que necesitás saber sobre China" (Ed. Paidós, 2015). En 2010 inició con Camilo Sánchez y Néstor Restivo el proyecto Dang Dai, dirigido al intercambio cultural con China. El año pasado publicó “Horóscopo Chino 2017. El año del Gallo de Fuego” (Editorial Atlántida). A los 52 años conoció Taishan, el lugar de la provincia de Guangdong donde nació su padre.

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