#LaPalabraPrecisa

#184

17/11/2017

 

Técnicas de escape por tirante

Esteban Prado

 

 

Les decía, le conseguí la absolución a un conocido. El acusado, totalmente culpable, era Galimportti. Lo conocí hace mucho, en una comisaría, yo recién empezaba. Era un garca, un estafador, daba vuelta a cualquiera, te distraías y te vaciaba los bolsillos, mirabas para otro lado y te robaba un sello, un documento, lo que fuera que necesitase. No hace falta decir mucho para caracterizar a un caco de estos, siempre fueron parecidos, basta aclarar que éste era im-pre-sio-nan-te. El zángano tenía una capacidad bárbara para el afano. Siempre estaba metido en algo y siempre salía bien parado, daba envidia ver cómo se escapaba de todas, cómo terminaba siendo el mejor amigo de los pobres tipos a los que un día antes o unas horas antes había estafado. El demandante y juez, y el verdugo, era el Bonito. Un señor delincuente, de clase y con estilo, además de un excelente tirador. Era apasionante hablar con él, claro que había que saber disimular las discrepancias, no las soportaba. Néstor se ríe, le gusta reírse, palmea a Cristian y sigue. Bueno, voy a ir al grano. La cosa es que un día el Bonito le ofreció un laburo a Galimportti, un laburo por derecha. Parece que estaba cansado de no dormir y quiso dedicarse a algo legal. En fin, puso una talabartería en una galería de la calle Viamonte y lo metió a Galimportti para que atendiera. Les iba bien, al principio pero a los tres meses, un día llegó al local y había un cartelito que decía vuelvo en 5. Se quedó esperando mientras se fumaba un faso. Cuando se cansó de esperar, le dio al picaporte y entró, el local estaba vacío. Nada que valiera más de veinte pesos, de los de ahora. Con la frialdad de siempre, dictó la sentencia. Acá es donde entro yo. Como siempre, tuve que interceder para defender a los más débiles, aunque fuesen lacras horribles. Galimportti se arrepintió en cuanto se le acabó la guita y vino de rodillas. Quería que lo ayudara, que le prestara unos pesos o que hablara con el otro. Como todavía no lo terminaba de odiar, le dije que no tenía plata pero que iba a improvisar algo. Una noche fui a cenar con el Bonito y después de unas copas tenía la garganta lista para hacerle el pedido. Habíamos hablado largo, por lo general teníamos charlas apasionadas, sagaces, eran verdaderas dialécticas y los dos salíamos sabiendo más, de lo que fuese, de fútbol, de minas, de tal o cual político, de los pibes, de qué colegio es mejor, lo que fuese. Ese día él se dio cuenta que estaba actuando, que no era una cena como cualquier otra y se adelantó, que le dijera lo que tenía para decirle así podíamos empezar a hablar en serio. Cuando por fin le pregunté, él respondió así, todavía me acuerdo, dijo: Sabés, lo voy a hacer por vos, porque vos me lo pedís. Pero decile que si me ve, que se haga el boludo, que cruce la calle y no me salude, que ni siquiera me mire. Pasaron algunos años, los dejé de ver. Un conocido me contó que en el velorio de una de las viejas que mantenían a Galimporti, había aparecido el Bonito. Según contaba, apareció dado vuelta. Dónde está, dónde está que lo mato. El Bonito había hecho laburos para los milicos hasta que le soltaron la mano y había caído en la mala y lo culpaba, con razón, de haber hecho naufragar su barco la única vez que había buscado puertos seguros. Lo mato, lo mato. Dicen que gritaba, revólver en mano. No lo creí. En fin, no pasó nada. Como ya les dije, los dejé de ver. Mi negociación lo mantuvo vivo hasta el ochenta y uno, hasta que se cruzaron en Mar del Plata. Galimportti caminaba con la gorda Gómez-Duret y no lo reconoció. Ja. Excitado golpea la mano contra la mesa y los hace saltar. Imagínense, en el medio de la peatonal o en la rambla, no me acuerdo, pero imagínense Mar del Plata en aquella época, millones de turistas haciéndose los boludos y los locales tratando de salvarse, plena fiesta de la ciudad, agotado todo, no entra un alfiler, las calles explotan, los autos son un caos. Imagínense al hijo de puta de Galimportti caminando de la mano de una gorda a la que no llega a odiar, a la que la sigue a todas partes y le sonríe y le hace el juego de los novios, de la parejita feliz. Así van, los dos, felices, sonrientes, cargados de bolsas de cosas para regalar. Imagínense si Galimportti podía llegar a pensar en algo malo, tenía todo lo que quería, una mina con guita, pase libre en todos los boliches, fichas para gastar en el casino, lo que quisiera, a ustedes se les ocurre que el pobre infeliz podía llegar a pensar que el Bonito iba a estar dando vueltas por ahí, en el mismo lugar que él. Pasó rozándolo y no lo reconoció. Ingenuo, nunca se imaginó que tantos años después el Bonito todavía guardaba una bala para él. La cosa es que dio unos pasos más y escuchó su nombre. Ni bien se dio vuelta y pudo reconocerlo, ya estaba seco. Bum. Le estalló el pecho. Imagínense a la gorda quejándose por las manchas de sangre.

 

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Esteban Prado (Mar del Plata, 1985): Escritor. En 2015 publicó Ana, la niña austral (Letra Sudaca) primera parte de una trilogía que continúa este año con Ema, la Partysana. En 2017 cerró diez años de lectura de Héctor Libertella, obteniendo el título de Dr. en Letras en la UNMdP. Ha escrito guiones para cine (Parabellum, 2015) y dirigido cortometrajes (Lara and the dead dolls, 2013). Desde 2013 lleva adelante la editorial Puente Aéreo. Acaba de terminar la novela juvenil: Mrs. Tplinok. Música del bosque.

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