#LaPalabraPrecisa

#119

19/08/2016

Ese recuerdo

Agustín Marangoni

Es escritor y periodista. Nació en Mar del Plata, en 1982. Publicó textos en diarios, revistas y webs de Argentina, Colombia, España y México. Su eje de acción es el arte contemporáneo, también la música y el cine, aunque de tanto en tanto se deja llevar por textos políticos y de análisis social. En el terreno de la literatura tiene dos libros publicados, Gutiérrez (2011) y Nadie escuchó el último secreto (2015). El primero es una novela, el segundo es un tour narrativo que explora el microrrelato. También hace radio. Es co-conductor del ciclo Maldita Radio, que durante doce años estuvo en la Rock & Pop Beach, tres años en Metro Mar del Plata y comenzó recientemente su tercera etapa en Mega 90.1 mhz. En octubre publicará su tercer libro, esta vez para el mercado latinoamericano.

 

El médico entra a la habitación, carga una jeringa con un líquido transparente y lo descarga en una vena de mi brazo izquierdo. Me dice que la operación fue un éxito, que en un par de semanas voy a estar en casa. La moto impactó en mis dos rodillas, primero fue el choque con el auto, yo estaba parado al lado del semáforo. Me desperté en la cama del hospital. Tengo las dos piernas enyesadas y la cabeza cubierta con vendas. Cada tanto una enfermera me encandila con una linterna. Mi familia me vino a visitar, me dijeron, yo estaba inconsciente, o sin conciencia, o casi muerto. O dormido. Da lo mismo. Cuando tengo hambre me meten en la boca puré de zapallo y agua. Los especialistas calculan un año de rehabilitación en el mejor de los casos, puede ser año y medio. Estoy solo, enchufado a un aparato que mide mis pulsaciones, no siento el cuerpo, ni siquiera siento cuando trago el puré; me dicen que es normal y que tener hambre es una señal excelente. La enfermera me pregunta al mediodía y a la noche, yo muevo apenas la cara para decir sí, entonces llega el puré y el agua. Dicen que voy tres días de internación. Estaba en el semáforo, sentí que el teléfono celular me vibraba en el bolsillo. El médico me dice que a la tarde va a venir mi madre. Todavía no me pude ver, me gustaría que me traigan un espejo; me impresiona la capacidad que tiene el cuerpo para volver a ser el mismo cuerpo: de chico me golpeé un ojo, estaba negro y el párpado parecía a punto de estallar, el tiempo lo devolvió a su estado original. No sé si esta vez sucederá lo mismo. Entra la enfermera, me pregunta si necesito cambiar de posición. El semáforo estaba en rojo, me detuve a leer el mensaje de texto. Se va la enfermera, se lleva la jarra de agua y los dos vasos que están enfrente de la cama. No hay ventanas, de todos modos la luz es agradable, las paredes están pintadas de blanco, la mayoría del tiempo estoy mirando el techo, por suerte no hay nada colgando, ni lámparas ni ventilador, sería demencial ver a la fuerza el mismo objeto días enteros, prefiero el blanco, blanco como los delantales del médico y de la enfermera que entran a cada rato para meterme líquidos en el suero y preguntarme si tengo hambre. Dónde compro la lámpara, decía el mensaje. La enfermera me anuncia que tal vez mañana me lleven a una habitación común, depende el resultado de los estudios; me gustaría hacerle preguntas, saber sobre esos estudios, pero no puedo mover la boca, siento que se me va a partir el cuerpo, a duras penas puedo respirar, el aire que logro meterme en los pulmones parece tener la misma densidad que el puré de zapallo que me traen cuando tengo hambre. Estábamos con Rocío y Valentín en casa, charlábamos sobre una película del lejano oeste que daban en la televisión cuando éramos chicos, uno de los personajes era particularmente gracioso, hacía un movimiento extraño con los brazos antes de sacar el revólver de la cartuchera; era el mejor momento de la película, el momento del duelo, uno de los dos moría después de decir El dinero está enterrado al pie del palo mayor. Ninguno de los tres sabíamos qué era el palo mayor, pero sospechábamos que era el mástil de la plaza central, donde flameaba una bandera roñosa. El personaje se llamaba Ricardo, nombre poco atinado para un vaquero. El mismo caso del palo mayor: los problemas de ver películas dobladas. El médico y la enfermera me miran, me preguntan si puedo oírlos. Muevo la cara y los miro. Esta vez me sacan sangre, veo cómo la jeringa se carga con un líquido negro. El médico hace una anotación en un fajo de papeles, dice algo que no llego a oír y se va de la habitación. Está todo bien, me dice la enfermera y apoya la mano sobre las vendas que me cruzan la frente. Rocío quiso imitar el movimiento de los brazos de Ricardo, caminó hacia atrás con las manos en los bolsillos y con el codo tiró mi lámpara de lava, el piso quedó cubierto de vidrios y líquido amarillo. Perdón, dijo, te compro otra. Ahora entran dos médicos, uno lleva una carpeta, el otro revisa la etiqueta del suero; se miran con gestos pocos amigables, vuelven a mirar la etiqueta del suero y la carpeta. Salen. Yo no era el único que estaba en el semáforo, había por lo menos diez personas, fui el único que se quedó ahí quieto; escuché el estruendo y en un segundo vi la moto encima de mis piernas, quise saltar, recuerdo que quise saltar. Me despierto. Mi madre está parada a un costado de la cama, sonríe en falso. Vas a estar bien, me dice, le dijeron, lo inventó. También está Rocío en la habitación, tiene los ojos húmedos. No puedo parar de pensar en el movimiento de los brazos de Ricardo, tengo una imagen de mí mismo mirando esa película, tengo seis o siete años, estoy en la cocina de mi casa, merendando pan con dulce y té con leche. En mi cabeza se repite una y otra vez la imagen de Ricardo moviendo los brazos antes de sacar el revólver de la cartuchera. Me dicen que aparecí en los diarios y en televisión: Accidente en pleno centro, un herido grave. Rocío y mi madre hacen algún chiste sobre eso que tuve mis cinco minutos de fama. Me gustaría poder hablar y decirles que se vayan todos -Rocío, mi madre, los médicos y la enfermera- a la reconcha de su madre. Por lo pronto, mañana tal vez me lleven a una habitación común. Eso me dice el médico.

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