#LaPalabraPrecisa

#117

05/08/2016

Historia de un hilo

Agustín Marangoni

Es escritor y periodista. Nació en Mar del Plata, en 1982. Publicó textos en diarios, revistas y webs de Argentina, Colombia, España y México. Su eje de acción es el arte contemporáneo, también la música y el cine, aunque de tanto en tanto se deja llevar por textos políticos y de análisis social. En el terreno de la literatura tiene dos libros publicados, Gutiérrez (2011) y Nadie escuchó el último secreto (2015). El primero es una novela, el segundo es un tour narrativo que explora el microrrelato. También hace radio. Es co-conductor del ciclo Maldita Radio, que durante doce años estuvo en la Rock & Pop Beach, tres años en Metro Mar del Plata y comenzó recientemente su tercera etapa en Mega 90.1 mhz. En octubre publicará su tercer libro, esta vez para el mercado latinoamericano.

 

Sus padres, Pedro y Fátima, alentaron su carrera artística, pero el pequeño Domingo Rueda (1912 – 1979) inclinó sus intereses hacia la ingeniería industrial, a los diez años prefería leer manuales sobre motores antes que dedicarle tiempo al óleo o a dominar un instrumento musical. Domingo pasaba las tardes caminando por los pasillos de una fábrica de fósforos que funcionaba a pocas cuadras de su casa. Su obsesión eran los materiales. De joven se planteó como objetivo sacudir el mercado con la creación de una aleación ultra resistente. Dedicó más de quince años y casi todo su dinero —incluida la venta de una propiedad que heredó— a pruebas y errores. Montó un laboratorio con tecnología precaria en un depósito. Los experimentos sucedían en paralelo con su formación en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Buenos Aires (Matrícula 34577/41). El resultado fue un éxito: el Metallinum era absolutamente indestructible. El 9 de diciembre de 1943 hizo una demostración pública para exponer las virtudes de su creación. Fabricó un hilo finísimo de Metallinum de más de 13 mil kilómetros de largo y anunció que uniría el Obelisco de Buenos Aires con la Torre Eiffel. Al pie del Obelisco, frente a una multitud de curiosos, instaló un carretel gigante de más de noventa metros de diámetro; una avioneta despegó desde ahí mismo directo hacia la capital francesa. Fueron casi dos días de viaje. La mañana del 11 de diciembre, telegráficamente, se anunció desde Francia el éxito de la misión. El mundo entero habló del episodio. Aun así, la ciencia no mostró interés por el Metallinum, los especialistas consideraron que un material indestructible era poco funcional al mercado.

 

Las crónicas periodísticas narran que Rueda se entrevistó ese año con Franklin Roosvelt, el entonces presidente de los Estados Unidos; la Segunda Guerra Mundial ingresaba en su etapa más cruda y la existencia de un material de estas características sonaba atractivo para la milicia norteamericana. Nunca se supo bien qué hablaron, se dijo que Roosvelt simplemente lo felicitó, otros aseguraron que Rueda intentó venderle la fórmula del Metallinum pero la falta de pericia del traductor que lo acompañaba aniquiló toda posibilidad de negociación, incluso se dijo que Roosvelt no quiso recibirlo, que sólo le hizo llegar una amenaza para que no entablara contacto con la Unión Soviética. El proyecto, en fin, no prosperó. Quienes sí se detuvieron en el Metallinum fueron los críticos de arte, consideraron que unir dos grandes capitales con un hilo era una obra absoluta, conceptualmente de avanzada. El nombre de Domingo Rueda comenzó a aparecer en ensayos y enciclopedias. Fue considerado el padre del Conectivismo, una escuela artística cuyo concepto era unir objetos monumentales. Durante décadas recibió invitaciones para participar en bienales y exposiciones colectivas, también quisieron premiarlo. Nada. Rueda rechazó toda distinción como artista contemporáneo. Hasta el día de su fallecimiento, el 13 de marzo de 1979, siguió sosteniendo que era uno de los ingenieros más destacados del siglo XX, aunque nadie se lo reconociera.

 

El hilo de Metallinum, se sabe, sigue uniendo el Obelisco con la Torre Eiffel. En 2011 el gobierno de Francia invirtió en vano más de diez millones de euros en investigaciones para quitarlo, a pesar de los esfuerzos todavía no se pudo fabricar una herramienta ni una emulsión química capaz de cortarlo. A lo largo del mundo la gente lo utiliza para colgar ropa o banderas, los equilibristas de Portugal lo aprovechan para entrenar su habilidad y los almaceneros de Madrid ponen a secar jamones. Hay quienes, por ejemplo al oeste de Marruecos, en pleno desierto, lo utilizan como refugio: le cuelgan camas de tela para pasar la noche resguardados de las tormenta de arena.

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