#LaPalabraPrecisa

#108

Cuento

03/06/2016

Juan José Becerra

A ella le gustaban los negros

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A Gonzalo Mainoldi

 

Yo adoro a Milagros Bontempo. La amo. La extraño. Sueño con ella en las noches y en la siesta. Pero desde que me dijo que le gustaban los negros no hemos vuelto a vernos. Durante un tiempo traté de no pensar en ella, pero su recuerdo volvía y me lastimaba. Mi imaginación veía sus manos, tan blancas, con esos dedos delgados y esas uñas tan cuidadas con las que solía tamborilear cuando reconocía melodías sexies.

 

Bastaba que reconociera una melodía para que saliera volando hacia alguna superficie lisa y comenzara a tamborilear. Yo la seguía y la miraba y entonces ella me decía: “los negros”, “al ritmo”, “lo llevan en la sangre”. Primero decía “los negros”, después decía “al ritmo” y después hacía una pausa y agregaba: “lo llevan en la sangre”; y ahí se quedaba repitiendo el final de la frase: “lo llevan en la sangre, lo llevan en la sangre”. Eran pedacitos de frases en medio de los silencios de la música. Una maravilla. Podía ser tanto un chachachá como una rumba, pero por lo general era un mambo. Ella tamborileaba y yo la acompañaba meneando la cabeza, aunque ella se diera cuenta después, cuando ya no había música sino un silencio entre nosotros. Ahí suspiraba y me decía: “ah, estos negros sí que lo llevan en la sangre”, o “ah..., los negros”, “ah, ah, ah...”. Yo la miraba y le contestaba: “sí, qué sé yo, puede ser. No sé”.

 

En esa época comencé a renegar de mi raza, de mi cultura milenaria, de mis próceres, del numeroso ejército de mi Estado, e intenté algunas mejoras personales. Compré camisas de colores fuertes y biyuterí; compré pulseras, compré cadenas, compré anillos, y con unos ahorros compré una cupé Torino porque sabía que ella amaba la velocidad. Luego de consultarlo con mis amigos, y aunque me rogaron que no lo hiciera, entré a una peluquería y pedí un peinado diferente. Los cuatro peluqueros se dieron vuelta en línea y se quedaron mirándome con las tijeras en la mano, como si hubiera dicho una barbaridad. Yo soy medio duro para caminar, así que incorporé algunos movimientos para balancear mejor el cuerpo a cada paso. Me sentía otra persona, y para causar mejor impresión permanecí escondido durante varios días, hasta que una noche reaparecí en el pub de la Avenida Cabezón Duhalde.

 

Ella me miró y largó esa risa tan contagiosa que tiene. Yo la mire, y ella comenzó a negar con la cabeza, como si le gustara lo que estaba viendo. Entonces me dijo: “parecés un negro”. Por un momento sentí que me latía el corazón, incluso recuerdo que corrí hacia un costado las cadenas de oro y puse una mano sobre mi pecho y la miré, tipo Elvis; o sea: la miraba y no la miraba. Efectivamente: me latía el corazón. Ella negó con la cabeza, buscó con la mirada a la amiga que la acompañaba -y que yo llamo Mosquita Muerta-, me dijo “parecés”, volvió a negar con la cabeza y agregó: “un negro”. Me ilusioné, pero en verdad en ningún momento había dicho “sos”. Por otra parte, si yo hubiese tenido en cuenta el gesto que hizo, además de lo que dijo, tendría que haber reparado en que con ambas cosas me estaba diciendo: “no, no no: no sos un negro”, o “ni lo sueñes: nada que ver”.

 

Al poco tiempo viajó a una isla del Caribe. Volvió a las dos semanas y por unos días se negó a atenderme. Al descolgar el teléfono decía: “hola, hola”, y enseguida agregaba: “no se escucha nada”, como si se lo comentara a alguien. Sin embargo, cierta vez no dijo “no se escucha nada” sino “no te escucho nada”. No dijo “no escucho” o “disculpe, pero no le oigo”, como suelen gritar las ancianas argentinas en las cabinas de los locutorios; no dijo “lo”, ni “la”; dijo “te”, así que yo le dije que estaba bien, que no se preocupara. “Llamo después”, le dije, y corté. O sea.

 

Una tarde tomamos un café en un bar, y no en su casa donde en un tiempo nos reuníamos en forma habitual. Ella estaba distraída, mirando algunos puntos fijos del salón. Cada tanto, yo trataba de seguir una línea que uniera su mirada con esos puntos. Así comprobé que primero iba hacia el estante de bebidas y luego se detenía en, por ejemplo, una etiqueta de ron en el que había un dibujo de un caimán con barba y gorra. Después miraba la vajilla, hasta quedar suspendida en el blanco de un pocillo. Cuanto más diminuto fuese el punto, tanto más parecía alejarse de mí. Para atraerla, yo cambiaba de tema en medio de una frase, con la intención de provocarle un shock. Le decía, un suponer: “Acá los vecinos te extrañaron, por lo que yo sé; pero vos sabías que se mató el Ministro de Economía”; y si no reaccionaba le decía: “iba con el amante”, “un hombre, digo”, “estaban drogados”, “para mí que suben otra vez los militares”. Recién ahí reaccionaba. Me decía: “Disculpame”, “¿qué me dijiste?”, “no te escuché”, y yo me daba cuenta que lo decía de compromiso, porque si de verdad le hubiera interesado hubiese dicho simplemente: “no te escuché”, o “disculpame”, o “¿qué me dijiste?”.

 

Antes de irnos, cuando el mozo me cobró y me dijo “cinco con cincuenta: poca plata” y yo le contesté “qué va a ser”, y él entendió “¿qué va a hacer?” porque me contestó “cierro la caja y me voy”, ella, casi interrumpiendo la conversación, me dijo que el Caribe era algo que yo no me imaginaba. “Ay, ay, ay, por Dios”, me dijo, “el Caribe: no te imaginás”. Yo, pensando que podíamos continuar la charla, le dije que más o menos tenía una idea; y que aparte tenía folletos. Pero ella me miró fijo, a los ojos, de la misma manera con que había mirado esos puntos en el bar y me dijo: “No: no te imaginás. ¡Por favor! Qué te vas a imaginar”. Yo le contesté: “sí, sí, me imagino, de verdad te digo”, y sonreí. Ahí fue cuando escuché: “pero qué vas a saber vos, chino de mierda”, pero como luego me miró y a mí me pareció que me estaba buscando para contarme algún secreto, la tomé despacito de un brazo, como si la sacara a bailar un vals, y le pregunté “¿qué me decías?”. Le dije eso porque si le hubiera preguntado “¿qué decís?” ella lo habría tomado mal. Las mujeres argentinas son muy delicadas; una palabra mal empleada puede hacerlas llorar varios minutos: son muy sensibles.

 

Cuando le dije “¿qué me decías?”, ella de inmediato me contestó: “ya te lo dije”, y como lo dijo con timidez me di cuenta enseguida. “Ahora sí”, pensé, “menos mal”. O sea. Ella no dijo “chino de mierda” sino “cochino de mierda”. Así era la cosa nomás: la intimidad iba creciendo entre nosotros, cada minuto que pasaba éramos más compinches. Si me hubiera dicho: “vos sos uno”, o “sos terrible”, hubiera sido igual, porque en el fondo lo más importante fue que ella me hablaba en un tono especial, en voz baja, para que el mozo no se enterara de lo que decía pero, al mismo tiempo, adivinara, así, muy en general, el tema de nuestra charla. Es algo que Mosquita Muerta hace muy bien. Por ejemplo: se encuentra con dos amigos, y le comenta a uno algo en voz baja mientras mira al otro. Por esa razón el mozo parecía preocupado cuando nos fuimos: porque le dieron celos. Ella no dijo “¿qué sabés vos?”. Dijo “¿vos, qué sabés?”. Porque si ella dice: “¿qué sabés vos?”, está dándole más importancia a lo que yo pueda saber que a mí; en cambio, si dice “¿vos qué sabés?”, es a la persona, al ser humano, al que le da más importancia. En realidad, dijo: “vos, ¿qué sabés?: cochino”. Pronunció así: “vos: ¿qué sabés?... cochino”. “Cochino” o “chanchito”, ahora no estoy seguro. Pero lo que sí estaba claro era su invitación a que me jugara, a que “me tirara a la pileta”, como dicen los argentinos. Quería que la conquistara, como si me dijera: “bueno”, “a ver que pasa”, o “vamos”, “¿qué esperás?”, “ya está”, “la mesa está servida”. Una cosa así.

 

Esa misma noche llamé a la puerta de su casa con el propósito de declararle lo que sentía. Como quien dice: “de frente mar” o “de frente al mar”, que es una frase argentina que significa decisión en los emprendimientos personales. Ella asomó la cabeza por el espacio que quedaba entre el marco y el borde de la puerta y me dijo: “sí: ¿qué querés?”. Abrió, pasó la cabeza, y me atendió así, sin problemas, como es ella. Yo escuché: “sí: ¿qué querés?”, y pensé que el gran momento había llegado. Enseguida le dije: “acá estoy”, como diciéndole “bueno: ya está”, “no hay nada que decir”, “así son las cosas”, “llenaste la pileta y ahora me tiro”; o “esta imagen vale más que mil palabras”, como decimos en mis pagos. Pero ella me contestó: “¿por qué mejor no pasás mañana?”, o “mejor mañana, ahora andá”.

 

Al principio me molestó, pero más tarde entendí lo que insinuaba. Era un plan. En ningún momento dijo “andate”, o “no vuelvas más”, o “andate a la colcha de tu hermana”, que es lo que los argentinos le dicen a las personas que no quieren que vuelvan más; tampoco le escuché decir “¿qué hacés acá?”. A eso no lo escuché yo ni lo escucharon los vecinos. Ella dijo bien clarito: “¿qué querés?”, lo que quiere decir que me estaba desafiando, como si me dijera: “animate tontito”, o "animate tontín". Si no le pedí nada fue porque así podíamos mantener la intriga y continuar el juego que ella me propuso cuando aquel día me dijo “¿qué querés?”, un modo indirecto de decir “¿qué querés que te dé?” y que equivale a “te doy todo lo que tengo”. Además, me dijo que si yo pasaba al día siguiente iba a ser “mejor”. Creo que dijo “aire, aire, mejor mañana”. No. Dijo: “aire: mejor mañana”. Sí, así fue: “aire mejor mañana”; aire de libertad, de respirar hondo y correr por la playa de la mano y hacer lo que se nos antoje. Aire libre para amarnos. Cómo no me iba a ir contento. Después cerré la puerta y escuché una risa, como si me diera a entender que el juego había comenzado, como si hubiésemos dicho a coro: “se largó, nomás”.

 

Me di cuenta de inmediato porque todo era bastante evidente, así que yo también solté una risa. Aproveché y le devolví el mensaje. Cuando ella se rió, escuché una cosa así: “ja, ja, ja, ja”, a lo que contesté: “je, je, je, je..., jé”. La hice un poco más larga para que se diera cuenta de que si ella me hacía veinte yo le iba a hacer veintiuna. Fue a la mañana siguiente cuando me dijo lo de los negros. La paré en la calle, entre su casa y la de Mosquita Muerta. Entramos al bar y el mozo me reconoció y me guiñó un ojo para indicarme que estaba al tanto de nuestra relación. Yo la miré, iba a decirle algo, pero antes dije: “dos cortados”, “dos vasos de soda”, y agregué: “¡maestro!”, “¡papá!”, “¡jefe!", “¡grosso!”; y también yo guiñé el ojo. El mozo se dio vuelta, volví a mirarla y le dije: “¿cómo estás?”, y después fui agregando cosas: “¿dormiste bien?”, “¿en qué estuviste pensando?”, “¿estuviste pensando en algo?”, “¿estás bien?”, “¿cómo estás?”, “¿bien?”, “¿todo bien?”. Ahí esperé un poco y le dije: “bonita”, y después le dije: “¿me extrañaste?”; hasta que ella me interrumpió y dijo: “mirá: a mí me gustan los negros”.

 

Dijo “mirá”, y ahí se detuvo un instante. Yo la conozco. Significaba qua algo no iba bien, que había cosas que no podía decir porque algo la amenazaba. Como si en realidad dijera: “mirá: entendeme”, “por favor, ayudame”, o simplemente, “Dios mío; por Dios”, o “Virgencita Santa”. Salimos del bar, afligidos, destrozados, y desde entonces no hemos vuelto a vernos. Cada vez que el mozo me cruzaba en algún punto de la ciudad se detenía y exclamaba: “¿y?”. Yo seguía mi camino, y apenas levantaba una mano para informarle que todo seguía igual, como si le dijera: “acá andamos”, “nada de nada”, o como le había dicho el día que me cobró cinco con cincuenta: “qué va a ser”, y no “¿qué va a hacer?”, porque si no él me iba a decir: “caminar, ¿qué voy a hacer?”.

 

Ella se fue del barrio y al poco tiempo, por esas vueltas de la vida, di con su teléfono. Comencé a llamarla: llamaba, ella atendía y yo le cortaba; llamaba, atendía y le cortaba. Las primeras veces decía “hola”, y como yo no contestaba cortaba ella: “hola”, y cortaba. Pero después, con el tiempo, no decía “hola”, agregaba cosas. Decía: “hola”, “¿sí?”, “hola”, “¿quién habla?”, “hola”. Yo no contestaba, me quedaba en silencio; entonces ella se animaba y me decía: “pero, ¿quién es?”, “¿te conozco?”, “decime si te conozco”, “¿cómo te llamás?”, “¿de qué color sos?”. Pero yo cortaba, porque si le decía algo iba a descubrirme. Pero creo que ella se daba cuenta, por eso cuando preguntaba si me conocía yo no le hablaba. Era para que se diera cuenta de que era yo; porque con mi silencio yo le decía clarito: “sí, soy yo”, “claro que me conocés”, o “¿cómo quién es?”, “soy yo”, “si vos me conocés”.

 

De tanto llamarla establecimos un vínculo. En un momento dado ella dijo: “¿otra vez vos?”, “¿qué querés ahora?”. Lo dijo en confianza, como quien mantiene una charla con un amigo o alguien que quiere mucho. Preguntó “¿otra vez vos?”, pero lo que en realidad estaba diciendo era “ya sé que sos vos, amor”, porque así como uno puede hacerse conocer haciendo un chiste o pronunciando una palabra, también puede hacerse entender con silencios, igual que con señas. Eso va con la expresividad de cada uno. Son cosas que aprendí en la Facultad. Por eso ella me preguntó qué era lo que yo quería “ahora”. Me dijo “¿qué querés ahora?”. Esto es sencillo: si yo había querido algo de ella “antes”, lo que necesitaba era que se lo confirmara “ya”, “al toque”. Lo que me preguntaba, en verdad, era si lo que yo quería “ahora” era lo mismo que había querido “antes”; y “si es así”, me estaba diciendo ella mentalmente, “entonces pedímelo ya, porque el tren pasa una sola vez en la vida y hay que subirse”. A qué mujer no le gusta que le pidan, pero la ansiedad me nubló la vista y corté.

 

Volví a llamar. Ella dijo: “¿si?” y yo se lo confirmé: “sí”, le dije, “me descubriste: soy yo”. Para conservar el suspenso hizo como si no me conociera, pero yo le dije: “yo, mi amor: el chino”. Qué desgracia: en la Argentina no andan bien los teléfonos, siempre falla el satélite, así que en ese momento se cortó la comunicación. Es verdad que tendría que haberle dicho: “tu chino”, porque decirle “el chino” era lo mismo que decirle “un chino”. Está bien que yo le hablaba en castellano, por lo tanto si ella pensaba que la llamaba “un” chino, ese chino era uno de los que vivíamos en la Argentina, no en la China. Incluso creo que le dije: “che, mi amor: soy el chino”. O sea.

 

Ahora que hace tiempo que no nos vemos y los recuerdos vuelven y me lastiman, no puedo dejar de pensar en el día que la conocí. Yo llegué al pub de la Avenida Cabezón Duhalde y escuché desde la vereda algunos comentarios. Uno de los muchachos dijo: “tiene la lengua más larga que esperanza de pobre”. Otro dijo: “si te la enrosca en el tronco, te la arranca”. Yo entré justo ahí y escuché a alguien que decía: “no te puedo creer”. Enseguida me senté y pregunté de qué hablaban. Dije “¿de qué hablan?”; aunque en realidad no quise decir “de qué” sino “de quién”. Es bastante común querer decir una cosa y decir otra. “¿De quién hablan?”, quise decir, pero me salió “¿de qué?”, y uno de mis amigos me dijo: “de la osa hormiguera”. Todos se rieron porque, es cierto, yo tengo la mala costumbre de querer saber cosas del barrio. Entonces, si están hablando de una cosa, ellos me dicen que hablan de otra. Para divertirnos. Es un chiste que hacemos. Esa vez hablaban de ella, y cuando pregunté de quién hablaban me dijeron “de la osa hormiguera”, como diciendo: “no ves que estamos hablando de otra cosa”. Al rato ella entró al bar; era de noche pero andaba con anteojos de sol, de lo elegante que es. Entró, tomó un trago rojo, se levantó, y cuando se estaba yendo pasó por delante de nosotros y dijo: “hasta luego”.

 

Los muchachos le contestaron, pero como eran varios, en vez de escucharse “hasta luego”, se escuchó “hasta luevos”, algo así: “hasta loue vos”, “hastalouevos”, algo como de corrido, muy bien, muy correcto, como se dice un piropo a coro. Y después: “que te vaya bien adentro”, un modo de decir que no salga de la casa por todo este tema de la inseguridad. Yo no saludé porque quedé con la boca abierta, así me quedé, mudo, viendo cómo se alejaba. Recién después de un minuto pregunté: “¿quién es?”, y uno de los muchachos contestó: “agujero de martillo”. “¿Por qué le dicen esa cosa?”, pregunté yo, y entonces me dijo: “porque vive agarrada al mango”. Y ahí largaron la carcajada; “jojojo”, “juajua”, “jijiji”. Yo soy muy bueno, pero cuando me enojo, me enojo. Le contesté: “¿y vos?”. Y agregué: “que siempre decís”, “que siempre llorás”: “no tengo un mango”, “hay que ganarse el mango”, “prestame cien mangos”. “¿Y vos?”, “que siempre cantás ese tango: ‘dónde hay un mango viejo Gómez, que piedras comes’”. “¿Y vos?”, le dije: “mejor no hablés”.

 

Después de ese juego que establecimos por teléfono decidí que las cosas entre nosotros debían cambiar. Lo decidí porque recordé la noche en que ella me dijo “nunca va a pasar nada”. Dijo “nunca va a pasar nada”, y agregó: “entre nosotros”. Nos entendíamos a la perfección: con las miradas, con los gestos. En ese instante comprendí lo que quería decirme. Con ese “nunca va a pasar nada entre nosotros” estaba reconociendo que “entre nosotros” no iba a pasar “nadie”. “Nadie” nos iba a poder sacar “nada”. “Nunca”. Así que cuando aquella vez ella escuchó “yo, mi amor: el chino”, debió haber pensado en el momento en que me dijo que “nada”, como quien dice “nadie”, iba a pasar entre nosotros. Algo parecido sentí cuando ella atendió y me dijo “¿sí?”, en ese tono que parecía que se desmayaba. Ahí me decidí y empecé a dejar mensajes en el baño del bar. Escribía el teléfono de ella y abajo ponía “busco negros” o “quiero negros”. Si me quedaba lugar agregaba algo más. Ponía “grandes”, ponía “gordos”. Yo escribía el teléfono de ella y me sentaba a esperar que llegara un negro al bar. Mandaba de gentileza un sifón de soda a las mesas y los negros, a la larga, pasaban al baño. Cuando salían yo me les ponía adelante, con los cospeles de teléfono público en la mano, y les decía: “¿perdón?”. No les decía “negro”, les decía “¿perdón?”, y cuando se daban vuelta les decía otra vez: “perdón”. No les decía “perdón, perdón, qué grande sos”, como en esa marcha que cantan los argentinos sino que los llamaba una vez y después de una pausa volvía a llamarlos. La primera vez que esto ocurrió yo me levanté de la silla y dije: “¿perdón?”. El negro se dio vuelta y me dijo: “¿qué te pasa a vos?”. Yo lo miré como diciendo “¿qué?, si yo no te dije ‘negro’”, y luego insistí. El me miró, miró a mi alrededor y me dijo: “sí”, y luego agregó: “¿qué te pasa?”. “Perdón”, dije yo, y añadí: “pero usted fuiste al baño”, como si le hubiese dicho “usted leíste un número” y luego hubiese agregado: “¿no es cierto?”. El se dio cuenta y para ganarse mi confianza dijo: “¿qué te pasa, chino?”. Yo le dije que si había decidido llamar, yo me ofrecía a pagarle buen dinero si él me contaba algo de ella: cómo vivía, si estaba sola, si me extrañaba. Quedamos en eso. Yo dije “macanudo” y él dijo “macanudo”; yo dije “de acuerdo” y él dijo “de acuerdo”. Odio que me imiten. Es una falta de respeto. Así que me vi obligado a decirle: “de acuerdo”, como si dijese: “sí, te dije que sí”, o “¿qué te dije?”, o “sí, de acuerdo es de acuerdo. ¿O hablo en chino?”. Entonces él agregó: “macanudo”. “Macanudo” o “al pelo”, y se fue.

Volví a verlo al día siguiente, por la tarde, en al bar. Llegó, se sentó y comenzó a mirar y a mirar de aquí para allá; miraba y miraba en silencio. Yo le dije como mi cuñado argentino le dice al hijo cuando se levanta a la mañana. Le dije: “¿qué?”, y después le pregunté: “¿dormimos juntos?”. El negro me contestó “no sé” y después dijo: “qué se yo”. Estuvimos unos minutos en silencio, hasta que me animé a preguntarle. “¿Cómo te fue?”, le dije, “¿te fue bien?”, “¿todo viento?”, “¿la viste?”, “¿la conociste?”, “¿era como yo te decía?”. Le pregunté si era como yo le decía porque el día anterior le había dicho cómo era. Yo le había dicho que era “suave” y también “dura” cuando tenía que serlo.

 

“Guante de seda y mano de hierro”, le había dicho el día anterior, porque lo había leído en la puerta del baño mientras escribía el número de teléfono. Así que volví a decirle: “¿y?”, “¿qué tal?”, “¿guante de seda y mano de hierro?”; pero el negro no me miraba, apenas si pronunciaba algunas palabras sueltas. Parecía tener la cabeza en otro lado. Sólo repetía lo que yo le había dicho; decía: “qué a guante”, “qué mano”, “qué fierro”. Al rato dijo “qué suave”, “qué dura”. Primero pensé: “¿en qué quedamos?”. Enseguida me di cuenta: la “mano” vino “dura”. Yo ya lo sabía: “lo echó”, pensé. Me extrañó y lo echó.

 

Como algunos negros se iban sin entrar al baño, puse carteles en la vidriera; y como no quería que hubiera errores puse bien grande, con fibra, “Sólo para negros grandes o gordos”. También puse “soy blanca”; en sentido figurado, porque en realidad yo blanca no soy. Soy chino. Pero otros salían corriendo hacia la calle, repitiendo el número del teléfono que habían leído, para no olvidarse. Varias veces ocurrió que entraban al baño con paso lento, después de bajarse un sifón de soda, tranquilos, porque ellos se piensan que son todos basquetbolistas, mandándose la parte de que podían aguantar, hasta que leían y salían corriendo sin hacer, haciéndose pichí encima, eso que acá llaman “lo primero”. Me hizo recordar a mi cuñado cuando le dice al hijo: “no te vayas a la cama sin hacer”. Siempre le pregunta antes de que se duerma: “¿hiciste?”, “¿no hiciste?”. A veces escucho que le dice a mi hermana: “¿te la hiciste?”, o le dice despacio: “hacetelá, chinita”; y después preparan el desayuno para la mañana siguiente porque escucho que él le dice: “dame el arroz que te pongo la leche”.

 

Una vez salió uno, me le paré en el medio y le dije: “¿perdón?”, y el negro me contestó: “tres, dos, cinco, cuatro, siete, uno...”. Para no olvidarse hacía eso. Yo insistí: “disculpe”, y el negro siguió: “tres, dos, cinco, cuatro, siete, uno, cuatro, ocho... ”. Fue como si yo le hubiera dicho, todo junto: “¿perdón?, disculpe” y él me hubiera contestado “tresdoscincosieteunocuatroocho”. El negro fue hasta el teléfono público, y ahí llamó. Escuché que decía: “toda para vos”, y después: “soy gordo”. Ella, seguro, porque la conozco, le debe haber dicho: “dejame tranquila”, o “necesito paz”. Le debe haber dicho: “mirá, extraño mucho a una persona de origen asiático y necesito tranquilidad”. Ahí fue cuando él, haciéndose el simpático, le dijo que a esa tranquilidad se la daba “toda”: “Toda te la doy”. Lo de que era “gordo” se lo dijo para que a ella le diera lástima; ella debió haber escuchado “soy gordo” y le dijo: “está bien”, “me das lástima”, como diciendo: “sos gordo; está bien: venís, saludás y te vas”. Seguro que le dijo eso porque el negro colgó y salió corriendo. Yo lo seguí hasta que llamó por un portero eléctrico y entró a un edificio: ahí me colé. Subimos tres pisos por escalera, pero el negro no escuchaba mis pasos, porque como era gordo hacía ruido para respirar. Golpeó una puerta y lo hicieron pasar. En ese momento escuché la voz de ella que dijo: “¿sí?”, y el negro pasó. Durante un rato no se escuchó nada, pero después de una hora en la que se escuchó un ruido raro y monótono, como si estuvieran serruchando algo, el negro le dijo “tomala”, y agregó: “te la doy toda”. Yo no pienso que los negros sean inferiores, pero este negro parecía que no se daba cuenta que si quería darle tranquilidad tenía que irse. “En cualquier momento se lo dice”, pensé yo; le dice: “ya está: sos gordo, viniste, saludaste y te fuiste”.

Yo me acerqué a la puerta y escuché la respiración agitada del negro. “Hay una cinta”, pensé; “hay una cinta y el negro está corriendo haciéndose el flaco, pero como es gordo se agita”. Ella, al ver que el negro no se iba, empezó a humillarlo. Le decía: “qué gorda”, “qué grande” o “qué pesado”. Le decía: “cepillame”, con ironía, como confundiéndolo con una peluquera negra. Pobre, lo intentó de todas las maneras. Primero lo trató de mujer, para ver si reaccionaba; después le dijo “qué grande”, tratando de que se diera cuenta de que estaba haciendo el ridículo, como diciendo: “qué caso”, “qué bárbaro”, “no tenés remedio”; y cuando vio que el negro no se daba por aludido volvió a agredirlo. A ella se le mezclaron las cosas al ver que él no entendía. De los nervios. Le decía: “qué negra más gorda”, o “qué gorda más negra”, o “dale, dale, ¿qué más querés?”, como diciéndole: “¿querés que llame a la policía?”. Yo quería entrar, pero no quería que me viera; y como si entraba me veía pensé que mejor no entraba.

 

Después de otra hora de discusión, ella gritó “¿querés acabar?”, como diciendo “terminala de una vez”; hasta que en un momento dijo: “te acabo”, “te acabo todo”. Lo dijo para que el negro entendiera que si ella quería lo arruinaba, lo destruía, como si le dijera: “te denuncio”, “te demando”. Se lo decía a los gritos, “te acabo, te acabo”, “te arranco la cabezota”, “grabátelo, grabátelo”, y después de decírselo varias veces, para que el negro viera que iba en serio, y que debía grabarse la advertencia en su cerebro, si es que tenía, se quedaron callados. Yo pensé: “lo mató”, “se cansó y lo mató”; “se cansó, lo golpeó y lo mató”; “lo mató y ahora no sabe qué hacer con el cadáver”. Pero al rato escuché la voz del negro, y después la de ella que le decía: “la próxima vez no me la trago”. Lo que quería decirle era que la próxima vez no iba a engañarla. La próxima vez no iba a aceptar ni un saludo, ya no iba a darle lástima; incluso le dijo: “¿querés que la próxima vez llame a alguien?”. Cuando escuché que hablaba de mí me emocioné tanto que casi toco timbre. Ella, en realidad, le estaba queriendo decir: “¿querés que llame al chino?”; “si querés lo llamo”; “no, no, no, te lo digo en serio: lo llamo y asunto terminado”; “vas a ver si sos tan piola: lechón”, como le dicen los argentinos a los gordos. Era como si le estuviera diciendo: “ojito, ¿eh?”, “tranquilo que estás vigilado”. El negro no le dijo nada. Y yo me fui.

 

Me fui pero volví. “Al toque”. Crucé la avenida corriendo. Iba decidido a enfrentar la situación. El negro estaba en una esquina, como ausente. Hablaba solo. Decía frases sueltas: “toda la leche”, “los dos huevos”, “la toronja”, “te abro el mejillón”, “paja brava”. Como si estuviera memorizando en voz alta una receta de mariscos con un guarnición de crema. Lo pesqué al vuelo porque hace poco hice un curso de Ché. Pero este negro cometía errores, porque ¿cómo “paja brava”? No, no. O “papas bravas” o “finas hierbas”, a las que el negro confundía con la hierba “paja”. Se ve que considera las cosas en general, “matto grosso”, como dicen los argentinos que veranean en Brasil. Confundir un romero, un perifollo o un estragón con la “paja”, que es una hierba gruesa: una barbaridad.

 

Me le paré enfrente: “teta a teta”. Quizá mi raza lo asustara por el prestigio milenario que tiene en el desarrollo de las artes marciales. Me miró: “¿y a vos qué te pasa, amarillo?”. De entrada le aclaré los tantos: “nada, nada”. Discutimos en la vereda. Le dije que la próxima vez iba a saber quién era yo, y para que entendiera que iba en serio me definí como un chino muy pero muy violento. Un asesino oriental. Y le mandé fruta: “te aviso, Negra Gorda, que tu realidad está llena de chinos que te vigilan”. Y para enseñarle algo de mi filosofía, le dije: “en cada grano de arroz que tu veas, estaré esperando agazapado para darte el gong”. Entonces el negro metió la mano en el bolsillo, sacó una cámara filmadora fabricada en mi patria, me señaló el visor con su dedo negro y me dijo: “¿Vos querés realidad? Acá la tenés. Entera la tenés”. Abrí los ojos bien redondos, como nunca antes logró hacerlo ningún chino, y lo que ví me dejó sin palabras.

 

1995

 

 

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